sábado, 1 de febrero de 2020

¿REPÚBLICA O REBATIÑA?


¿REPÚBLICA O REBATIÑA?

Por Xavier Padilla 

Me preguntan mucho si Páez, a diferencia de Bolívar, era entonces bueno… Pero por supuesto que lo era, como jinete y lancero.
    ¡Por favor! Lo que hay que entender es que todos los que participaron de la idea de «independencia» fueron unos oportunistas que querían principalmente quedarse con aquellas tierras y repartírselas. De Miranda para abajo.
    Claro que engrupían con su retórica, usaban un lenguaje ilustrado que muchos aún no reparan en lo extremadamente demagógico y fanático que era, tomado directamente de la revolución francesa, arrobado en el delirio ideológico ultra fetichista de un racionalismo al servicio de la guillotina, el igualitarismo y unos derechos del hombre que despenalizaban el robo y convertían la revolución laica en religión de Estado. Y el Estado en rebatiña.
    En lo que respecta a Hispanoamérica, el problema hoy no es para nosotros discernir entre la crueldad de uno de estos «próceres» y la bondad de otro, sino comprender que todos estaban básicamente en lo mismo. España no representaba ningún yugo ni despotismo. El despotismo lo tenían estos caudillos (piratas de tierra) contra sus esclavos y subordinados, el cual pusieron sin vacilación a la primera de cambios al servicio de sus intereses. En vez de defender a España de Napoleón, conspiraron contra ella en su peor momento. Algo sumamente bajo como «gesta».
    Ya es hora de que redescubramos la verdadera historia, la escrita por ellos la conocemos demasiado y no cuadra. Primero hubo un enorme complot internacional en forma de propaganda contra España, que por supuesto continuó después de la «independencia» como política educativa. Pero todo comenzó desde Gran Bretaña, Holanda, Francia, Alemania y el protestantismo. Una conflagración, en suma, geopolítica y variopinta, tan universal como la masonería en el auspicio de estos cipayos locales que hablaban de belleza y piedad en sus cartas, mientras perpetraban genocidios fraticidas y parricidas; los vencedores que se auto glorificaron más rápido que inmediatamente con títulos militares inventados como «Generalísimo» y «Libertador». Pero lo que no se debe perder de vista es que todo el movimiento independentista es una farsa, no éste o aquél personaje.
    Hay que entender que esta república nació por violación, y que somos por tanto un país bastardo (e inventado) al cual le borraron la memoria y le fabricaron otra. Por eso no sabemos quienes somos. Ignoramos haber sido una provincia española y lo importante que ello era en el mundo. Cada provincia era España, la nación múltiple, diversa, novedosa y más próspera del planeta. Había más novedad por definición en el Nuevo Mundo que en el viejo, y la parte peninsular del reino estaba también más interesada en el desarrollo de esta novedad que en el revanchismo europeo, sobre todo el decimonónico de los auto iluminados. Eso no le interesaba a la Corona, llevaba tres siglos construyéndose otro universo aparte.
    Nuestro continente quedó arrasado y desmembrado tras las guerras; Venezuela perdió un tercio de su población y los «patriotas» saquearon hasta las iglesias. Bolívar mismo asesinó a un montón de curas en Angostura; y sus tropas quemaron iglesias con gente dentro. Es apenas un detalle anecdótico entre muchos, muchos más. Había importado para ello no sólo a casi la totalidad de sus tropas, sino al terror de Marat, al genocidio de la Vendée. El salvajismo de Boves no es gratuito.
    En fin, en Hispanoamérica había triunfado la leyenda negra anti española, y a la «independencia» lógicamente sólo pudieron seguirle cien años de guerras intestinas por el poder. Y otros cien de corrupción.
    Henos aquí, pues, estando como estamos...
    ¿Qué más queríamos?

X. P.

jueves, 30 de enero de 2020

IMPONER LA «INDEPENDENCIA» EN UNA PROVINCIA SOBERANA SÓLO APORTABA UNA LIBERTAD ESCLAVA


IMPONER LA «INDEPENDENCIA» EN UNA PROVINCIA SOBERANA SÓLO PODÍA APORTAR UNA LIBERTAD ESCLAVA

Por Xavier Padilla 

Bolívar impuso su mando por el chantaje, su liderazgo por el terror, su propia «figura» por el pánico que infundió. Era el objetivo de sus frecuentes y alegres fusilamientos, individuales y masivos. Logró un síndrome de Estocolmo colectivo, de esos que acaban con la memoria y te implantan una nueva identidad, a la cual darle las gracias.
    Eso que hoy conocemos como Venezuela, una república fallida en vez de una provincia española, es por supuesto el resultado del triunfo de la independencia. Porque hay que decirlo: la independencia no era entonces, ni lo es siempre, un bien en sí mismo. A veces es todo lo contrario.
    El país conocido hoy como «República de Venezuela» no es realmente un triunfo, porque la independencia de la cual proviene no era, por su contexto, un bien.
    En 1810 la solución a los problemas de nuestra nación, que era España, no era escindirnos y balcanizarnos en múltiples países, sino unirnos y resistir a la invasión napoleónica y a las taras circunstanciales de nuestra corte borbónica, para continuar siendo la potencia global que veníamos siendo, y mantener el nivel superior de vida que resultaba de dicha condición. La independencia sólo constituía un bien relativo a la ambición exclusiva de una minoría privilegiada, esclavajista, contrabandista y codiciosa, a la que no le bastó la reciente prosperidad que venía de experimentar a finales del siglo XVIII, que triplicó tanto su población como su economía.
    Si coincidimos con Ortega y Gasset en que «la solución de un problema falso es un error absoluto», el triunfo de dicha independencia fue un error total. Y, como a todo error sólo le sobreviven sus nefastas consecuencias, a tal independencia le sucedieron inevitablemente las décadas más atroces jamás vividas por ninguna de las regiones americanas de la era provincial (mal llamada colonial).
    Se dice, erróneamente también, que al menos al cabo de un siglo la joven república finalmente logró su estabilidad republicana con Juan Vicente Gómez, cuyo capatazgo del país fue suerte de puesta de «orden en la pea» (borrachera), la cual un siglo antes difícilmente hubiera sido considerada —incluso por cualquier desaforado independentista— como una opción: osar la independencia al costo de 100 años de guerras y atraso. Pero ello fue exactamente lo que se emprendió y lo único que inexorablemente podía ocurrir tras la independencia: la muy tardía semi pacificación del caudillismo por un —también— caudillo como Gómez, que al cabo de su longevo reinado diese paso, con su muerte natural un tercio de siglo más tarde, a unas escasas pre-condiciones favorables para la eventual configuración de un Estado republicano. En total, ciento treinta años para apenas comenzar…
    Si esto no muestra que detrás del proyecto independentista sólo había un vulgar oportunismo secesionista y una hipocresía libertaria secular, entonces sentémonos a esperar que nuestra historia republicana consiga mejores excusas que las ofrecidas hasta ahora desde el poder y la oficialidad para convencernos del triunfo, gesta y heroísmo de nuestros supuestos «próceres».
    Lo cierto es que España era, contrariamente a lo que la ignorancia enseñada en nuestras escuelas logró injertarnos en el tallo de nuestro cerebelo, un imperio sui generis, anticolonial, el más grande y próspero durante tres siglos; el mismo cuya magna obra no obstante despertó dentro de sí, aunque sólo fuese en una minoría, la codicia y la traición.
    Pero también la codicia fuera de sí, la inconfundible de sus rivales. La monarquía española sucumbió a una red de traiciones locales auspiciada por potencias concurrentes, a las cuales bastaba con dicha infiltración grupuscular de sus élites criollas para que los estragos terminaran alcanzando a todas las regiones, incluida la peninsular metropolitana.
    Nada tan nocivo como la traición, por eso el séptimo círculo del infierno Dante se lo reservó a ella. Se nos vendió, para inaugurar la rapiña, las ideas de independencia y libertad como bienes absolutos, y con ellas, después de la quasi total destrucción del Nuevo Mundo por aquella revolución malandro-ilustrada, se nos recompuso el imaginario de un triunfo, una conquista, una epopeya, aun en la miseria y devastación más absolutas. Triste ver que hoy volvamos, frente a la desgracia chavista, a cantar el mismo himno al «bravo pueblo» con que se adornó nuestra primera desgracia.
    Llevamos doscientos años siendo los mismos chavistas pobres enseñados a venerar su pobreza. La ilustración de Bolívar, su cultura iluminista, la fineza de su labia, su determinación y perseverancia no lo redimen ni separan de la desgracia ocasionada, antes bien agravan su responsabilidad. Tanto Bolívar como Chávez encarnan el mismo numen que reescribe nuestra realidad y nos hace persistir en una historia equivocada, probadamente errónea. La independencia no fue un bien ni Bolívar nos liberó de ninguna «escoria», como sus hijos (todos los venezolanos) acostumbramos a pensar desde nuestro inconsciente postizo acerca de España.
    La independencia sólo logró nuestro patético extravío histórico y adiestrarnos en el curioso ejercicio de repudiar nuestros orígenes, como unos acomplejados de por vida que, oh casualidad, idealizan —y lamentan— no haber sido colonizados por otros imperios, aun jamás habiendo sido colonizados por ninguno.
    Pero si Ud es venezolano, y por tanto hispanoamericano, hoy sólo tiene dos opciones: o desecha su propia, virtual y prestada hispanofobia, y reivindica su hispanidad pidiendo cuentas históricas al falso triunfo paradigmático de Bolívar y su legado, o continúa chavistamente reverenciando la gloria fabulada de doscientos años de anti historia. No ambas cosas.

X. P.

jueves, 16 de enero de 2020

¿PARAGUAS O CASCO?


¿PARAGUAS O CASCO?

Por Xavier Padilla 


Un lector indignado por mi hilo me pregunta: «¿De dónde sacaste tanta basura y tantas falacias acerca de Simón Bolívar? Porque si tú vives en Francia, sólo vas a encontrar puras bestialidades escritas por los españoles allá».

Muy Señor No Mío, todo está documentado desde la época... Simplemente, todos hemos sido embaucados con este semi-dios de Bolívar; nuestra bastarda republiquita de 200 años, su independencia y su parafernalia de plazas y próceres es una gran farsa. Ud puede creer lo que quiera, pero no importa hoy en día dónde vivamos paraenterarnos. Busque Ud mismo, y llévese un paraguas porque le lloverán los datos. O mejor un casco, porque la paja esa que lleva en la mollera, de una cruel España (la del yugo y del sanguinario imperio), no amortiguará el peso. Usted, como el resto de la población venezolana, pero también más o menos la de cualquier latitud (incluso la española actualmente), porta la leyenda negra anti española como un chip en el hipotálamo, aquel triunfo de la propaganda con que lograron justificarlo todo, lo indecible, la barbarie contra el Nuevo Mundo; la de aquellos traidores que Ud, el ciudadano común, el peatón lamda, venera y perpetúa en la más inconsciente, inocente, desinformada y contradictoria arrogancia. Revise sus orígenes en vez de negarlos (que tiene bastante de español, por la foto, pero de español lobotomizado, como prácticamente cualquier —repito— venezolano). Descendemos de un exterminio del cual ni tenemos memoria. Cuando le hablen de Boves y Monteverde, vaya a ver cómo comenzó la monstruosidad, y por qué los ejércitos realistas y anti revolucionarios estaban compuestos casi en su totalidad por criollos de todas las clases sociales. Vaya a ver por cuáles intereses sólo una minoría mantuana «insurgió» contra nuestro Reino (que así lo llamábamos con orgullo los venezolanos, excepto un criollo afrancesado, aspirante al tropical trono). Hoy es facilísimo encontrar las verdaderas razones detrás de todo, si se aventura Ud fuera de las fuentes escolares y oficialistas del mito que ha formateado a un país durante 200 años, administrado por todas las élites subsidiarias del poder gracias al triunfo de Bolívar, gracias a la victoria de ese burdo secesionismo que llamaron independencia. Vaya a ver lo que éramos como nación española, abarcando lo comprendido entre la península ibérica, la Patagonia, el Canadá y las Filipinas: ciudadanos de la primera economía mundial y de la moneda internacional (el Real de a Ocho); y vea lo que es el continente americano desde entonces: un territorio desmembrado en países y comunidades enfrentadas, que jamás se recuperaron ni volvieron a alcanzar su nivel de vida ni de integración (descrito en detalle por Humboldt en 1800 —lo cual convierte el proyecto de la Gran Colombia en un chiste— ), entre otras cosas porque fue gracias a la caída del imperio español, precisamente propiciada por la revolución cipayo-británica de Bolívar, que Estados Unidos se pudo (ayudado por la propia España en respuesta a Gran Bretaña), expandir sobre lo que habían sido tierras españolas, y devenir el enorme país que eventualmente devino. Y luego, como lo que heredamos de dicha oportunista revolución mantuana fue la traición, el pillaje y la componenda, nunca hemos superado la «gracia» que cometimos con la bendita «independencia». De todas maneras, de aquella «tierra arrasada», con más de un tercio de la población exterminada (en una guerra que fue la más larga del continente, sangrienta de 15 años), no era probable que surgiésemos y no pudimos, de hecho, surgir, ni remotamente alcanzar lo que éramos, hundidos en el atraso como quedamos. Ni siquiera el petróleo nos salvó de la cultura de rapiña patriota que de nuestra flamante casta libertadora heredamos. Sepultados, sobre todo en el falso discurso independentista de una narrativa anti histórica, deformante, anti española que aspira a echar por tierra nuestro verdadero acervo: la colosal epopeya inter-civilizadora que fue el Nuevo Mundo. Claro, muy violenta al comienzo, porque así son todos los comienzos, y todos los comienzos son conquistas; pero también porque la región ya era muy violenta ella misma. ¿Por qué tanto alarde indigenista en el discurso secesionista, sino para ocultar un deseo de convertir lo obvio en un secreto a voces: que fue sólo con la alianza masiva de las poblaciones locales que se logró bajar dicha violencia? Muchas poblaciones, dicen los cálculos, se habrían extinguido de haber llegado los españoles algunas décadas más tarde, habrían desaparecido exterminadas por las industrias de sacrificio y canibalismo religioso de las prerrogativas imperiales incaica y azteca. Esto no es hacer leyenda rosa a la inversa. Sus víctimas eran etnias virtualmente en vía de extinción, que se unieron a los españoles en lo que terminó siendo el establecimiento y desarrollo de una nueva sociedad jamas vista, en la cual, 300 años más tarde, había más de 25 universidades y un nivel superior de vida (por ejemplo en los Virreinatos de Nueva España, Nueva Granada, Perú y Río de la Plata) al británico, alemán, holandés (en ciertos casos incluso al español peninsular). Lea en cambio cómo todo cambió con los susodichos «patriotas». No necesita leer a españoles, por cierto, lea a colombianos, argentinos, ecuatorianos, peruanos, mejicanos. Y a también ingleses y estadounidenses. En todo caso, historiadores hispanoamericanos no faltan. Solamente en Venezuela faltan —aunque los hay agazapados—, por haber sido el país más devastado por la guerra y el genocidio bolivariano, y por ser el país donde la tesis bolivarista ha dominado más, hasta volverse cultura (pues la nuestra es una historia también escrita por vencedores). Venezuela, en su actual crisis humanitaria, tiene también escasez de historiadores que puedan desprenderse del mito y hablar con libertad. Y el principal grillete es cultural. El país adoptó para seguir su camino a una figura referencial que castró con una revolución injustificada su destino; una que representa en realidad una épica históricamente errada, hoy por hoy sedimentada en un romanticismo marmóreo, que es imperativo romper. Aquí le dejo, para que luche su propia batalla de desintoxicación, una conferencia dictada por un colombiano, llena de estadísticas y fuentes históricas, que le cambiará la ingrata y errática idea que Ud tiene de España: el Reino imperial atípico, generador en vez de depredador, que fue nuestro verdadero país, como oriundos hijos legítimos que fuimos de la antiguamente digna y feliz Provincia de Venezuela; y en cambio, desde hace 200 años, como hijos bastardos, que ahora somos, ilegítimos de la triste República venezolana.

No olvide el casco: youtu.be/daxOqREcTz8

X. P.

miércoles, 15 de enero de 2020

CRIMINAL UNIVERSAL


CRIMINAL UNIVERSAL
Por Xavier Padilla

¡Cojan palco! Vean a Bolívar MENTIR por escrito, negando jamás haberse cometido bajo su mando crímenes como los que le son reclamados el 28 de noviembre 1814, y por los cuales, en su respuesta firmada, encima protesta. Pero no contaba con la inteligencia de José Domingo Díaz, quien obtiene las pruebas y publica todo, 6 meses más tarde, en la Gaceta de Caracas:

GACETA DE CARACAS (N° 14) DEL MIERCOLES 2 DE MAYO DE 1815.
VENEZUELA. CARACAS

[Redactada por José Domingo Díaz, a quien leemos a continuación:]

Es muy digno de ponerse a la consideración del público el oficio siguiente: [escrito por Simón Bolívar en respuesta a un oficio recibido el mismo día, enviado a él por el Ciudadano Secretario de la guerra del Gobierno General, en reclamo por los hechos aludidos]

«Tengo el honor de contestar [escribe Bolívar] el oficio de V. S. de esta fecha en que me participa el suceso de los desgraciados españoles que han sido sacrificados ilegal e injustamente por el oficial encargado de conducirlos a la presencia del general Urdaneta. Este acontecimiento es único en la historia de nuestra milicia, y más extraordinario por su esencia, que por los resultados que de él puedan derivarse. Jamás en Venezuela se ha cometido un acto tan chocante y tan reprehensible... y yo protesto a V. S. que será el último como es el primero. La gloria de la república se ha fundado siempre en la gloria de nuestras armas, y éstas nunca habrían brillado, si los que las llevan no hubiesen sido un raro exemplo de sumisión al Gobierno. Estoy poseído de la más alta indignación por este hecho, que a mis ojos es más escandaloso que cuantos han precedido en nuestra espantosa revolución.
    Las órdenes que V. S. reclama serán mejor cumplidas que dadas. Dios, c. Cuartel general de Tunja 28 de noviembre de 1814. -Simón Bolivar.-C. secretario de la guerra del
Gobierno general.»

[Y ahora comenta José Domingo Díaz]

Venezolanos: en muestro idioma no hay una palabra capaz de expresar suficienfemente esta especie de descaro. Vosotros que fuisteis testigos de sus bárbaras atrocidades, juzgadle.
    Cuando toda la superficie de Venezuela está manchada con la sangre de hombres inocentes y pacíficos sacrificados a su insensata y desmesurada ambición; cuando centenares de familias lloran en la horfandad y la miseria la muerte injusta de sus padres, o de sus esposos; cuando todavía se oyen con lágrimas los nombres de Iparraguirre, Sánchez, Arizurrieta, Madariaga y otros muchos que merecieron el aprecio universal por la bondad y dulzura de sus costumbres, ¿te atreves, Inhumano, a decir a la faz del mundo que: jamás en Venezuela se ha cometido un acto tan chocante y reprehensible, ni sido sacrificados los españoles ilegal e injustamente?
    ¿Te has olvidado acaso de la inmensa y horrible serie de crímenes con que llenaste los once meses de tu usurpacion, e hiciste desaparecer a tantos hombres dignos de mejor suerte? ¿No eres tú mismo aquel a quien dije desde la isla de Curazao en 30 de sep-
tiembre de 1813 “Sí: has cumplido con exactitud ese convenio insolente. Desde vuestras pobres y ensangrentadas sepulturas en que ya descansáis, hablad vosotras cenizas raspetables de más de cuatrocientas víctimas que habéis sido sacrificadas a la ambicion más desenfrenada, en medio de los insultos más atrevidos. Hablad vosotros innumerables españoles que gemís en las bóvedas de La-Guayra, después de haber sido públicamente robados por el depositario de vuestra libertad. Y vosotros que ya descansáis para siempre de vuestros males, después de la agonía de una muerte pérfida conducidos al hospital de aquel puerlo, cuya santidad e inmunidad jamás vio pueblo alguno, hablad también y publicad cuáles fueron vuestras últimas agonías.”?
    ¿No eres tú mismo a quien dije en 24 de diciembre del mismo año: ”Tú sí, hombre cruel, que en el furor de tu desenfrenada ambición has ejercido por medio de tus más crueles ministros cuantos actos de inhumanidad han podido inventar la rabia, el temor y la venganza. Vuelve los ojos a esas estrechas prisiones de La-Guayra, en donde tienes sepultados todos los europeos y canarios que se libertaron del asesinato con que señalaste tu entrada, y todas las tropas que entregaron las armas bajo la salvaguardia de un tratado. Mira a cada dos con un par de grillos: con ese nuevo e inaudito género de tormento, en donde las incomodidades del uno se hacen comunes al otro, y en donde se ha visto ya tener un cadáver por compañero inseparable de muchas horas. Mira esa multitud de hombres venerables, cuyas costumbres y beneficencia han honrado a nuestra patria, desnudos, desollados por el calor, respirando una atmósfera ya pestilencial, traspasados de hambre, cubiertos de miseria. Mira ese alimento que les franqueas: ese groserísimo alimento de pocas onzas de legumbres, y otras pocas de plátanos. Mira comerlo mezclado con sus elocuentes lágrimas a esos mismos que en otro tiempo franquearon sus caudales para que vuestros colegas fuesen tratados con abundancia en esas propias prisiones. Mira esa multitud de honrados, cuyas espaldas has despedazado con azotes, bañados en llanto, más por esta ingratitud que por sus dolores. Mira, en fin, ese crecido número de cadáveres que diariamente salen de las mazmorras, llevando en sus negros y desfigurados semblantes la verdadera imagen del criminal que los ha sacrifcado. ¡0h compatriotas, cuya probidad y rubor todavía existen a pesar de tan funestos ejemplos, volved también vuestros ojos para
compadecer a las víctimas, y maldecir al tirano!”?
¿Qué respondiste entonces? ¿Qué respondieron tus bajísimos aduladores? Dí. Ni tú hiciste, ni ellos hiciéron otra cosa que llenar tu miserable gaceta con calunnias e injurias las más atroces e indecentes. Se dirigieron a mi persona, y se desentendieron aun de poner en duda los crímenes que para que fuesen tú y ellos conocidos, yo presentaba a todo el mundo. Los confesaste con tu silencio; aunque no podías negarlos delante de un pueblo que los miraba.
    ¿Qué ejecutaste cuando las victoriosas tropas de Boves hicieron desaparecer por la primera vez en La-Puerta las que mandaba Campo Elías? ¿Qué hiciste? Dí. ¿Te has olvidado acaso de tu famosa orden de 8 de febrero? ¿De aquel rasgo de cobarde ferocidad a que no igualaron Tiberio ni Calígula? ¿Vives tranquilo, o a todas horas no se presenta a tu memoria esa orden del asesinato universal?
    Inhumano, que ahora lleno de una grosera hipocresía te presentas entre los pueblos de Santafé negando las maldades con que desolaste nuestra patria: tú fuiste quien presentó al universo las sangrientísimas escenas de febrero. Tú fuiste, tú que ahora ło niegas, quien hizo morir de los modos más inauditos y escandalosos tantos centenares de hombres inocentes: a nuestros amigos, a nuestros conocidos, nuestros más apreciados. Tú quien dejaste tantas viudas y huérfanos miserables y desconsolados. Tú quien hizo a
Venezuela el objeto de abominación de todos los hombres.
    Bárbaro: yo he nacido como tú en este suelo desgraciado: siento todos sus males como quien más puede sentirlos: y siendo tu conocimiento uno de sus principales remedios, no descansaré mientras no te conozcan todos.
    Pueblos sencillos de Santafé, que abrigáis el más cruel de todos los hombres, leed en los siguientes documentos su corazón, la verdad que merecen sus palabras, y la suerte que os espera.

[A continuación José Domingo Díaz pública los partes de guerra enviados a Bolívar por su subordinado, Leandro Palacio, comandante general de la Provincia. Dichos partes corresponden a esta orden de Bolívar: «Señor Comandante de La Guaira, ciudadano José Leandro Palacios. Por el oficio de US. de 4 del actual, que acabo de recibir, me impongo de las críticas circunstancias en que se encuentra esa plaza con poca guarnición y un crecido número de presos. En su consecuencia, ordeno a US. que inmediatamente se pasen por las armas todos los españoles presos en esas bóvedas y en el hospital, sin excepción alguna.
Cuartel General Libertador en Valencia, 8 de febrero de 1814. 2°, a las ocho de la noche.
SIMÓN BOLÍVAR.”]

[LOS PARTES]

No 116. — En obedecimiento a orden expresa del Excmo. Sr. General-Libertador para que sean decapitados todos los presos españoles y canarios reclusos en las bóvedas de este puerto, se ha comenzado la ejecución pasándose por las armas esta noche ciento de ellos. Y lo comunico a V. S. para su inteligencia. Dios, &c. Guayra 13 de febrero de 1814. 4.° y 2.° -Leandro Palacio. —C. comandante general de la provincia.

N.° 119. — Ayer tarde fueron decapitados ciento cincuenta hombres de los españoles y canarios encerrados en las bovedas de este puerto, y entre hoy y mañana lo será el resto de ellos. Lo participo a V. S. para su inteligencia. Dios, &c. Guayra febrero 14 de 1814, 4.° y 2.° -Leandro Palacio. C. comandante general de la provincia.

N.123. — Ayer tarde fueron decapitados doscientos quarenta y siete españoles y canarios, y sólo quedan en el hospital veintiún enfermos, y en las bóvedas ciento y ocho criollos. Lo participo a V. S. para su inteligencia. Dios, &c. Guayra 15 de febrero de 1814, 4.° y 2.° -Leandro Palacio.-C. comandante general de la provincia.

N° 126. — Hoy se han decapitado los españoles y canarios que estaban por enfermos en el hospital, último resto de
los comprehendidos en la orden de S. E. Lo que participo V. S. para su inteligencia. Dios, &c. Guayra febrero 16 de 1814, 4. y2.° -Leandro Palacio.-C. comandante general de la provincia.
    Se servirá V. S. elevar la consideracion del Excmo. general en gefe, que la orden comunicada por V. S. con fecha del 18 de este mes se halla cumplida, habiéndose pasado por las armas, tanto aquí como en La-Guayra, todos los españoles y canarios que se hallaban presos en número de más de ochocientos, contando los que se han podido recoger de los que se hallaban ocultos. Pero habiéndose presentado a este gobierno y al político un número de ciudadanos beneméritos garantizando la conducta de varios de los individuos, que según la citada orden de 8 de febrero debían ser decapitados, he creído deber condescender para evitar qualquiera entorpecimiento en el cumplimiento de la dicha órden, esperando las ulteriores
disposiciones de S. E.
    Incluyo à V. S. copia del oficio que he pasado sobre este particular al C. gobernador político, y la lista que me ha remitido a fin de que determine S. E. lo que tenga por conveniente. —Dios, &c. Caracas 25 de febrero de 1814, 4.° y 2.°
(*) -C. secretario de la guerra.
(* Este oficio está sin firma. Al margen tiene lo siguiente: S. Mateo, marzo 3: Enterado: al C. secretario de gracia y Justicia. ≈Montilla. ≈Fue un olvido la falta de firma, y debe ser de Arismendi, entonces gobernador militar de
esta ciudad.)

[Prosigue a comentar José Domingo Díaz]

Cruel, esta es tu obra, estas tus hazañas, tus glorias militares. Huyes en el campo entregando tus soldados al arbitrio de tus vencedores, y asesinas fríamente en los pueblos a los hombres indefensos y pacíficos. Allí sacrificas a tu ambición tus sencillos compatriotas, y aquí a tu temor y a tu codicia los que por tantos años han sido tus conciudadanos. Esta es tu obra: la obra de tu
brutal y detestable política.
Jamás en Venezuela, dices, se ha visto, &c. Impudente: responde. ¿A qué fin publicó por tu orden tu ministro Muñoz Tébar su manifiesto de febrero de 1814? ¿Qué contenía? ¿Qué procuraba justificar con sus pueriles, falsas e insignificantes razones? ¿Te has olvidado acaso de este escrito que pubicaste, y que todo el mundo ha visto? Acuérdate. Pensaste con él dar algún colorido de racionalidad a tus bárbaras atrocidades.
    ¿Qué fin tuvieron los infelices enfermos y heridos, que a su retirada de Bocachico dejó el valiente Boves en los hospitales de la villa de Cura? Acuérdate. Un oficial tuyo los asesinó en sus mismas camas, sin que su situación fuese bastante a detener el brazo de aquel digno compañero de tus maldades.
    ¿Dónde están los desgraciados que después de muchos meses de las más horribles prisiones, sufridas contra tus palabras y juramentos, y en desprecio de solemnes tratados y promesas mandaste que fuesen conducidos a la plaza de Puerto Cabello para ser allí cangeados? ¿Qué se hicieron? ¿Cuántos se cangeáron? Acuérdate: veintidos: los demás, o fueron asesinados en los caminos, o perecieron de hambre, de insultos y fatigas.
    ¿Qué se hicieron 200 enfermos que se hallaban el 28 de enero último en los hospitales de Guasdualito, cuando tus agentes estuvieron pocas horas apoderados de aquel pueblo? Acuérdate: sus cabezas fueron conducidas a Pore. Por ellas hubo regocijos y fiestas públicas: y aquel nefando asesinato que solo tú y tus viles aduladores pudieron aprobar, fue celebrado como el triunfo del valor.
    Has desolado nuestra patria: has hecho degollar, o degollado la juventud de Venezuela: se han destruido sus pueblos, quemado sus campos, y aniquilado su comercio. Esta es tu obra. Ve aquí tus proezas: no lo niegas : tú mismo la llamas ‘nuestra espantosa revolución.’ Sí: tuya es; glóriate de ver los caminos públicos cubiertos de esqueletos, y familias enteras desaparecidas, o en la indigencia. Algún día cuando la eterna sabiduría que te conserva para castigo de los pueblos haya llenado sus incomprehensibles designios, entonces cayendo sobre ti todo el peso de su justicia expiaras tus horribles crímenes, como han expiado los suyos muchos de tus cólegas. Tiembla: ese día terrible ya se acerca: e ¡infeliz de ti si entre tanto vives tranquilo sin que la sombra de tus innumerables víctimas no te persiga a todas horas!
    Esos desgraciados pueblos de Santafé que Dios ciega para que no te comozcan, ni recuerden tu primitiva conducta hacia ellos, digna por lo menos de su desprecio; esos pueblos comienzan a ser la presa de tu ambición. Les das ya en recompensa de su credulidad los males que te son inseparables, y muy en breve toda la superficie de su territorio presentaría el mismo espectáculo a que has reducido nuestra patria, si el mejor de todos los reyes no hubiese dado una ojeada de compasion sobre ellos, y nosotros. Doce mil hombres de los que vencieron a Napoleón Bonaparte en tantas batallas, y de quienes cuando los desprecias, tiemblas, y algunos otros miles de aquellos cuya ferocidad ya conoces, van a arrancar de tus manos parricidas esa incauta presa que devoras, y con cuya sangre te saboreas. Se ha pasado ya el tiempo de tus imposturas: poco importa tu hipocresía, menos tu descaro, aun menos tu desesperación. Sabes que la sangre inocente que derramaste, va a ser vengada dignamente. Sábelo; y cuando veas los leones que despedazaron las águilas de Bonaparte: cruel, tiembla.

Caracas abril 30 de 1815. —José Domingo Díaz.
———

A continuación, las fotos de la Gaceta original.

X. P.









lunes, 5 de agosto de 2019

JOSÉ DOMINGO DÍAZ LO VIÓ, NO SE LO CONTARON


JOSÉ DOMINGO DÍAZ LO VIÓ, NO SE LO CONTARON 

Por Xavier Padilla 


El relato de este testigo* de lo acaecido en Caracas a comienzos del siglo XIX es extraordinario y debería bastar para producir, él solo, una contra-revolución anti-bolivariana y una refundación de Venezuela. Es el libro tabú de nuestra historia, 350 páginas explosivas a difundir sin moderación, sin duda las más apócrifas para la muy bolivariana Academia Nacional de la Historia de Venezuela. Puede bajarse aquí: https://ia800804.us.archive.org/7/items/A037122/A037122.pdf

Extracto:

“Aquella provincia, la más feliz de todo el universo, había caminado en prosperidad desde su descubrimiento, cuando el comercio libre con los puertos habilitados de estos reinos, concedido por S.M. en 1778, aceleró su hermosa carrera. Cada año se hacía notable por sus asombrosos aumentos, los pueblos existentes veían crecer su población; en los campos establecerse otras nuevas; cubrir la activa mano del labrador la superficie de aquellas montañas hasta entonces cubiertas con las plantas que en ellas había puesto la Creación; reinar la abundancia; no conocerse sino la paz, y formar todos los habitantes de aquel dichoso país una familia unida entre sí con lazos que parecían y debían ser eternos: los de la religión, de la sangre, de las costumbres, del idioma y de la felicidad que gozaban. Yo fui encargado en 1805 por aquel gobierno e Intendencia de formar la estadística de la provincia, y a mi disposición estuvieron para ello todos los archivos de un siglo. En 1778 la población de la capital consistía en dieciocho mil habitantes, y en 1805 en treinta y cinco mil; en este período la agricultura, el comercio y las rentas habían triplicado. Por desgracia, estos mismos bienes trajeron consigo males de unas consecuencias incalculables. Se olvidó por los gobernantes el severo cumplimiento de una de las leyes fundamentales de aquellos dominios, prohibitiva de la introducción de extranjeros, y se encontró en la concurrencia mercantil el medio de relajar el de la de los libros prohibidos. La ignorancia, la  imprecaución, la malicia o la novelería hacían ver entonces como llenas de sabiduría las producciones de aquella gavilla de sediciosos llamados filósofos, que, abrigados en París como en su principal residencia, había medio siglo que trabajaban sin cesar en llevar al cabo su funesta conjuración: la anarquía del g énero humano. El mundo entero estaba anegado con estos pestilentes escritos, y ellos también penetraron en Caracas, y en la casa de una de sus principales familias. Allí fue en donde se oyeron por la primera vez los funestos derechos del hombre, y de donde cundieron sordamente por todos los jóvenes de las numerosas ramas de aquella familia. Encantados con el hermoso lenguaje de los conjurados creyeron que la sabiduría era una propiedad exclusiva para ellos. Allí fue y en aquella época cuando se comenzó a preparar, sin prever los resultados, el campo en que algún día había de desarrollar tan funestamente la semilla que sembraban; y entonces fue también cuando las costumbres y la moral de aquella joven generación comenzó a diferir tan esencialmente de las costumbres y la moral de sus padres. Yo era entonces muy niño, condiscípulo y amigo de muchos de ellos, los vi, los oí, y fui testigo de estas verdades. La Revolución Francesa, sucedida por entonces, fue el triunfo de la conjuración, y el resultado de cien años de maquinaciones. Las escandalosas escenas de aquella época llevaron el asombro y el espanto a todos los pueblos del mundo, aterraron a los hombres de bien con la imagen de un porvenir inconcebible, y exaltaron las cabezas del necio, del presumido ignorante y del hombre perdido, que creía llegado el momento, o de representar en la sociedad un papel que no le pertenecía por sus vicios o su incapacidad, o de adquirir una fortuna a costa de los demás.”

José Domingo Díaz, “Recuerdos de la Rebelión de Caracas,” 1829

* “Testigo ocular de la revolución de Venezuela en casi todos sus acontecimientos: condiscípulo, amigo o conocido de sus execrables autores y de sus principales agentes; y el solo colocado en una posición capaz de haber penetrado sus fines y sus más ocultos designios, debo a mi Soberano, al honor de la nación española, al bien estar del género humano, al interés de mi patria y al de mí mismo, recordar, reunir y publicar sucesos que comprueban la injusticia, el escándalo, la bajeza y la insensatez de aquella funesta rebelión, y que deberán servir algún día para su historia.”

X. P.

LASTRE TRASCENDENTAL


LASTRE TRASCENDENTAL 

Por Xavier Padilla


¿Verdad que al oír la palabra «independencia» suponemos instantáneamente la existencia de un imperio cruel? Usarla en vez de «secesión» era triunfar en el plano de la propaganda (fraudulenta). Independencia, libertad, son palabras que comportan valores positivos, perfectas para mentir.

Bueno, el venezolano está tan embaucado con esa propaganda que cree inconscientemente que su país ES la «cuna de la libertad». Y que Bolívar le dio pedigrí de cuna. Se siente superior. Además, su exuberante naturaleza encima le dio el petróleo. Y ahí tenemos, con el presente desastre, cómo terminan todos los fiascos.

Esto es realmente el fin de la supuesta República, si es que alguna vez la hubo.

La mentada «superioridad» es tan fuerte que brota patéticamente en el éxodo actual con banderitas, gorras y demás pueril parafernalia; pero también en canciones y toda la sensiblería simbólica de una patraña inicial ignorada por todos, de la cual somos vehículo ideal, aun en la miseria. 

Muchos incluso han hecho un comercio de dicho infortunio, transformándolo en campañas plañideras, en apelación a la lástima. Otros en auto promoción artística y los residentes con antigüedad en servicios nacionales al emigrante. La viveza criolla trasciende siglos y diásporas.

Es la misma viveza criolla de los criollos separatistas de 1810, con la cual se fundó Venezuela en República por la fuerza y por traición. Una viveza que luego se hizo oficial a través de mitologías libertarias y de una educación adulterada.

El tamaño de la farsa se mide por el presente.

La farsa comenzó en el XIX, con el oportunismo de una minoría megalómana y resentida. Un antiimperialismo de cartón, tan excusatorio como el chavista. Las mismas causas produciendo los mismos efectos, y ninguna verdadera novedad.

X. P.


domingo, 4 de agosto de 2019

EL ATILA DE AMÉRICA


EL ATILA DE AMÉRICA

Por Xavier Padilla 


Bolívar en carta a Santander el 7 de enero de 1824: «...me suelen dar, de cuando en cuando, unos ataques de demencia aun cuando estoy bueno, que pierdo enteramente la razón, sin sufrir el más pequeño ataque de enfermedad y de dolor». Ante tales confidencias, difícil luego no establecer una relación de causa-efecto entre estos extraños padecimientos y el hecho de que el sujeto era en realidad un verdadero azote.
Nos cuenta Pablo Victoria que en agosto de 1813 Bolívar arrasó pueblos enteros, pasando por las armas a todos los españoles y canarios que en ellos habitaban. En septiembre decretó reclutamiento y ejecutó a todos los que se negaron. Ejecutó a 69 españoles sin juicio. En diciembre derrotó al ejército realista en Acarigua y ejecutó a 600 prisioneros. El 8 de febrero de 1814 ordenó ejecutar a aproximadamente 1200 prisioneros civiles de La Guaira, Caracas y Valencia.

Y así fue, año tras año, desangrando a su paso a una nueva civilización. También asesinó a los náufragos de un barco español en Margarita. Saqueó y asesinó en Santa Fe. Mató a los prisioneros de la batalla de Boyacá, otra en la que la totalidad del ejército realista estaba compuesta por americanos exclusivamente. El Che Guevara es un niño de pecho.

Pero para redondearnos la falsa imagen que tenemos de este Atila de América, nos han contado que debido a su gran humanidad no sólo murió de tristeza, sino pobre, sin siquiera una camisa que ponerse. No es precisamente, sin embargo, lo que deducimos a la lectura del inventario levantado por su sobrino, Fernando Bolívar, y su mayordomo, José Palacio: «el “Libertador” tenía consigo al momento de su muerte 677 onzas de oro, una vajilla de oro macizo con 95 piezas, otra de platino con 38 y una tercera de plata martillada con 200 piezas. También tenía 36 baúles con ropa de uso personal, docenas de camisas, un baúl con 35 medallas de oro y 471 de plata, 95 cuchillos y tenedores de oro, joyas con piedras preciosas y varias espadas de oro con brillantes, amén de una pensión vitalicia de 30.000 pesos anuales (3 millones de euros aprox.) que le concedió y entregó el Congreso Constituyente de Colombia cuando partió para Cartagena en 1830, en vísperas de su muerte».

Al parecer con esta sola pensión «le habría alcanzado para vivir decorosamente en Europa, adonde se disponía a marchar». Así que ni tan pobre, pues, ni con dos corazones. Nuestro ídolo de nacimiento, infancia y madurez, nuestro símbolo encarnado de libertad, venimos a descubrir que primero nos asesinó, nos saqueó y nos expropió, para que luego fuésemos tan felices que ni pudiésemos recordar lo triste que fuimos como provincia envidiablemente próspera y apacible del país más grande y rico del planeta. Esas son memorias ciertamente muy pero muy duras de recordar, eh? En ello no se equivocó nuestro genocida republicanizador.

Todos los gobiernos subsiguientes (TODOS sin excepción) se encargaron, como buenos subsidiarios del mito, de protegerse su poder con nuestra memoria postiza: que los ojitos del bárbaro nos bendijesen para siempre desde el centro de nuestras plazas, que Carabobo fuese un arcano altar masón a nuestro genocidio, que el aeropuerto principal, las torres del centro y todo lo preponderante, grande y trascendental en el país llevase siempre el nombre del Libertador. Porque nada, nada debemos recordar, ni mucho menos tratar de recuperar...

Pero hete aquí que la gloria de tres siglos puede más que los saraos de dos. Afortunadamente, la era de internet llegó para acceder a la información histórica y difundirla. Esa otra parte jamás contada. Los documentos del transe, de las intenciones de entregar a Gran Bretaña zonas enteras del continente, a cambio de apoyo para llegar él mismo al trono. Estamos hablando del antiimperialista por excelencia, cuya meta no era otra que coronarse Rey de las Américas. Y por tanto Emperador.

Pero los testimonios últimos, de un descaro sin igual, en los que pide a otros —habiendo perdido ya toda posibilidad al trono— que comuniquen a España su voluntad de ponerla nuevamente al mando de las Américas, es como mucho con demasiado. Habría que ser a posteriori bien bajo de alma —o no poseer una del todo— para pasar del orgulloso Libertador, del adalid antiimperialista, al felón que expresa «que la restauración del dominio de España, por despótico y tiránico que fuera, sería una bendición para Sudamérica puesto que aseguraría su tranquilidad» (William Turner, ministro británico en carta del 27/4/1830 relatando a su gobierno palabras dichas a él por Bolívar).

Todo esto lo dice en el contexto de un proyecto personal fallido de emperador «a la Bonaparte», que en el ocaso de un desastre genocida vendido de punta a punta como libertario no encuentra mejor postrera patada de ahogado que chantajear a Europa, 4 meses antes, con la perla siguiente reportada a Gran Bretaña por Mr. Bresson (agente nombrado por el gobierno francés para proponer un plan de monarquía para las Américas), según su conversación del 25/1/1830 con Bolívar, en la que éste le espeta: «que si Europa no estaba dispuesta a hacer un esfuerzo, sería mejor que ayudara a España a reconquistarlos y volverlos a colocar en la clase de sus colonias».

Allí mismo también confiesa que él, «si Europa lo hubiese ayudado y no fuera por sus primeros compromisos de liberalismo, habría establecido en todos los países gobiernos que SO MÁSCARA REPUBLICANA se hubieran acercado al poder Real». Un proyecto republicano para esconder uno monárquico, uno antiimperialista para tapar uno imperialista.

Estaba a la orden del día, pues, el gigantesco doble rasero de este señor, descrito por el cura José Torre y Peña como «Con aspecto feroz y amulatado. De pelo negro y muy castaño el bozo. Inquieto siempre y muy afeminado. Delgado el cuerpo y de aire fastidioso. Torpe de lengua, el tono muy grosero; y de mirar turbado y altanero». Y por José Domingo Díaz como  «joven ya conocido por un orgullo insoportable, por una ambición sin término y por un aturdimiento inexplicable».

La bandera de los Derechos del Hombre a disposición del conjurador del Monte Sacro para perpetrar genocidios, empalar civilizaciones. He ahí las bases de nuestra historia republicana, un bárbaro refrito de la guillotina francesa. Una población descabezada, sin memoria, atrapada en una farsa que la aparición del petróleo consiguió postergar (y casi validar), pero que la misma rapiña congénita del abolengo bolivarista también redujo a ese mismo negocio que desde 1810 se quiso llamar Patria. Eso es Venezuela, una hispanidad decapitada.

X. P.