viernes, 18 de septiembre de 2026

EL ROMANTICISMO DE LAS IZQUIERDAS HISPANOAMERICANAS


Por Xavier Padilla 



El marxismo proporcionó a la izquierda hispanoamericana un vocabulario moderno para interpretar la historia. Pero debajo de «clases», «estructuras», «explotación» y «relaciones de producción» sobrevivió una imaginación mucho más antigua.

    La doctrina podía ser marxista, pero la imaginación política siguió siendo romántica.

    Ese romanticismo excede el sentimentalismo. Organiza la historia alrededor de personajes morales: el héroe excepcional frente al poder, el rebelde frente al orden establecido, el mártir que confirma con su sacrificio la autenticidad de la causa. Frente a ellos están el imperio, la oligarquía y el traidor; en medio, un pueblo inocente que espera ser liberado. La política adopta así la forma de un drama cuyo desenlace promete redención. Bolívar, Martí, Sandino, el Che, Fidel o Allende ocupan lugares distintos dentro de ese repertorio, pero su fuerza simbólica puede desbordar el balance de sus actos y sus resultados. El Che fracasa militarmente y aumenta su potencia como símbolo. La derrota de Allende consolida una épica. El sacrificio puede confirmar la grandeza de una causa y el fracaso incluso protegerla del examen al que estaría sometida si hubiese triunfado.

    El héroe derrotado disfruta de una ventaja: el mundo que prometió y nunca existió permanece disponible para la imaginación. Una revolución que gobierna afronta una prueba distinta: puede producir miseria y represión y conservar su pureza mientras la responsabilidad encuentre un destino exterior: el bloqueo, el imperialismo, la oligarquía, la traición o la desviación. El ideal permanece inocente mientras la realidad carga con la culpa.

    Pero la izquierda hispanoamericana no inventó esa imaginación romántica de la política. Había crecido dentro de repúblicas que llevaban generaciones narrando su propio nacimiento mediante una dramaturgia semejante. La Independencia había organizado ese relato alrededor de libertadores, mártires, sacrificio, sangre, un pueblo oprimido, una tiranía extranjera, una redención y finalmente el nacimiento de la patria. La izquierda del siglo XX cambió los personajes sin alterar la dramaturgia. España cedió su lugar a EEUU; el Imperio español, al imperialismo yanqui; el libertador, al guerrillero; la Independencia, a la revolución; los realistas, a la oligarquía; la patria liberada, a la sociedad socialista. El revolucionarismo del siglo XX heredó, pues, la gramática emocional de la religión independentista que la cultura republicana llevaba generaciones transmitiendo mediante la escuela, el culto cívico, los monumentos y el relato nacional. Lo que sobrevive es una forma de ordenar moralmente la historia: quién oprime, quién libera, quién traiciona y qué acontecimiento promete la redención.

    Dentro de ese relato, el enemigo es derrotado, la ruptura se consuma y la patria queda fundada; el relato, sin embargo, puede sobrevivir incluso después de haber alcanzado su desenlace. Para comprender esa supervivencia hay que observar qué lugar puede ocupar el relato en la identidad de quienes aprendieron a reconocerse dentro de él. El relato no perdura únicamente como una explicación del pasado: puede perdurar como una explicación de uno mismo.

    El individuo, al reconocerse como heredero de los oprimidos o de quienes los liberaron, no sólo adopta una interpretación histórica: ocupa él mismo un lugar moral dentro de ella. Una causa puede formar parte de la respuesta que una persona da a la pregunta de quién es. El perseguido, el resistente, el liberador, el hombre que lucha contra una injusticia no describen sólo conductas. Pueden definir al personaje en el que uno se reconoce. La desaparición de la causa amenaza entonces algo más que una convicción: sin el conflicto que daba sentido a ese personaje, queda en peligro también una parte de la propia identidad. Frente a esa amenaza opera una necesidad bastante humana: preservar cierta continuidad entre quien uno fue y quien cree ser. Cuando la realidad contradice una identidad importante, aceptar esa contradicción exige a veces revisar convicciones, decisiones y hasta la imagen moral que uno tenía de sí mismo. Otra posibilidad consiste en conservar la propia posición dentro del relato y sustituir al adversario. Cambia el enemigo; el individuo permanece en el mismo lugar moral.

    Pero una identidad individual no basta para explicar la persistencia histórica de una cultura política. Esa identidad necesita también pasar de una generación a otra. El paso del individuo a la sociedad no exige atribuir una mente a la nación; basta con que numerosos individuos aprendan una narración semejante acerca de su pertenencia. La familia, la escuela, los libros, los monumentos, las conmemoraciones y los discursos transmiten personajes, agravios y episodios mediante los cuales cada generación aprende también quiénes fueron «los nuestros». Si la patria nace cuando rompe sus cadenas, pertenecer a ella puede significar reconocerse como heredero de quienes fueron oprimidos y se liberaron.

    En Venezuela, una vez transmitida esa posición dentro del relato, su continuidad ya no dependía de la permanencia del enemigo original. España podía desaparecer como enemigo sin que desapareciera la posición del liberado. EEUU, el capitalismo, las multinacionales, la oligarquía o el neoliberalismo no eran equivalentes históricos a la Monarquía española, pero podían ocupar dentro del relato el lugar necesario para que la liberación continuara siendo una tarea pendiente. Dentro de esa lectura, la revolución prolongaba una Independencia inconclusa. Bolívar había iniciado una tarea que otros debían terminar y cada generación recibía nuevamente una patria todavía por liberar.

    Toda identidad contiene también una idea de procedencia. En esa identidad, España ocupaba el lugar del enemigo original del que había nacido la patria emancipada. Esa relación conflictiva con la filiación española dejó también su huella en el lenguaje. El término «Hispanoamérica» conserva esa filiación en el propio nombre; «Latinoamérica», cualesquiera que fueran las razones históricas de su difusión, la diluye dentro de otra más amplia.

    La izquierda revolucionaria hizo de «Latinoamérica» una de sus grandes denominaciones identitarias. «Revolución latinoamericana», «liberación latinoamericana» y «unidad latinoamericana» pertenecen a un vocabulario político cargado de resonancias revolucionarias y antiimperialistas. España quedó como el imperio del que nos liberamos; EEUU, como aquel del que todavía debemos liberarnos.

    El lenguaje expresaba así una identidad y una filiación. También conservaba palabras capaces de vincular la acción presente con el gesto fundador. Una de ellas era «romper». Asociado desde el ethos republicano con liberar, el verbo conservaba el prestigio moral de aquel gesto fundador. La escuela, el culto a Bolívar y el relato nacional habían transmitido generación tras generación esa asociación entre ruptura y liberación. Romper nuevamente era, en cierto sentido, volver a hacer lo que había hecho el Libertador. Aquello con lo que había que romper podía cambiar —España, el orden establecido, el capitalismo, el imperialismo, la oligarquía— mientras el gesto conservaba su valor emancipador.

    En la segunda mitad del siglo XX, «ruptura» alcanzó en la izquierda revolucionaria venezolana una resonancia que condensa todo ese imaginario; Ruptura se llamó incluso el movimiento político vinculado al PRV de Douglas Bravo.

    Casi podría imaginarse aquel imaginario político como un juguete de pilas que repetía: ruptura, ruptura, ruptura.

    En los años sesenta, aquella cultura de la ruptura encontró en la revolución cubana una encarnación contemporánea. Para una parte de la izquierda venezolana, Cuba daba forma visible a un imaginario organizado alrededor de emancipación, heroísmo y ruptura. El PCV y el MIR participaron en la lucha armada contra una democracia recién establecida.

    La vida guerrillera tenía además un poderoso atractivo romántico: la montaña, la clandestinidad, la causa. Unos hombres jóvenes habían bajado de la Sierra con barba, uniforme verde olivo y fusiles al hombro. Habían dormido en el monte, usado nombres falsos y resistido hasta imponerse. Después entraron en las ciudades sin quitarse el uniforme ni abandonar los fusiles. Seguían teniendo aspecto de guerrilleros y ahora los fotógrafos los perseguían. La política podía tener ese rostro.

    Después vendrían otras fotografías. Un hombre tendido sobre una mesa, los ojos abiertos, el torso desnudo, rodeado por quienes habían ido a comprobar su muerte. El Che había fracasado en Bolivia. La imagen, sin embargo, se resistía a parecer una derrota. Tenía treinta y nueve años. Ya no envejecería. Tampoco gobernaría, negociaría mayorías, firmaría presupuestos ni tendría que explicar veinte años después por qué su revolución había producido algo distinto de lo prometido.

    La muerte había dejado intacto al personaje.

    Pero las armas muestran apenas una parte del fenómeno. La guerrilla constituía sólo uno de los hábitats de aquella izquierda. La universidad proporcionaba otro. En la UCV el marxismo circulaba también como filosofía, crítica cultural y discusión intelectual, fuera de los límites de la disciplina partidista. Ludovico Silva, poeta, filósofo y estudioso heterodoxo de Marx, enseñaba en la Escuela de Filosofía de la UCV y repensaba desde Venezuela conceptos como ideología, alienación y explotación. Su «plusvalía ideológica» extendía al territorio de la conciencia el lenguaje marxiano de la producción. Marx habitaba el partido y la guerrilla, pero también el aula, el ensayo, la crítica literaria y la conversación intelectual.

    El estudiante podía salir de una clase donde había oído hablar de alienación, plusvalía o imperialismo y encontrarse afuera con un mundo en el que aquellas palabras parecían tener cuerpo. Vietnam estaba en los periódicos. El Che miraba desde una fotografía. Cuba estaba al otro lado del Caribe. Una canción nombraba al mismo imperialismo que un profesor acababa de explicar en clase. El libro, la imagen y la música podían conducir hacia el mismo lugar.

    También el intelectual encontraba un personaje para sí mismo. La biblioteca no tenía por qué separarlo de la Historia. Podía denunciar, comprometerse, acompañar al pueblo, prestar palabras a quienes combatían y entender su propio oficio como participación en una lucha. Un poema, un manifiesto y un fusil implicaban riesgos incomparablemente distintos, pero el imaginario revolucionario podía situarlos dentro de una misma geografía moral.

    La Historia estaba ocurriendo y parecía posible entrar en ella.

    La seducción de aquel mundo revolucionario sobrevivió ampliamente a los años de la guerrilla y desbordó las fronteras del marxismo militante. Todavía en 1989, la visita de Fidel Castro a Venezuela fue saludada mediante un manifiesto público firmado por una representación extraordinariamente amplia de la intelectualidad venezolana: profesores y autoridades universitarias, escritores, artistas, periodistas, científicos, músicos y figuras políticas. Tres décadas después de la revolución cubana, el propio manifiesto seguía situando a Fidel dentro de la historia de la «liberación de nuestros pueblos» y lo presentaba como referencia para una América Latina «justa, independiente y solidaria». Fidel cultivó deliberadamente esa dimensión cultural de la revolución. Cuba proyectó hacia el continente mucho más que una doctrina: proyectó una épica. El guerrillero, la Sierra Maestra, el pequeño país enfrentado a EEUU, el intelectual comprometido y la revolución como acto de dignidad penetraban ambientes a los que el comunismo partidista difícilmente habría llegado.

    Y aquel mundo sonaba. Una guitarra podía bastar. Carlos Puebla había rodeado al comandante de bravura, primavera, banderas, luz y un «brazo libertario». Nicolás Guillén hizo que su nombre herido iluminara «la noche americana». Mario Benedetti llevó la escena a otro lugar. Mientras el Che moría en Bolivia, miró la comida, la estufa, los muebles, escuchó a Mozart y convirtió la normalidad de quienes seguían vivos en una experiencia casi vergonzosa: el muerto era «nuestra conciencia acribillada». Silvio Rodríguez llevó al héroe revolucionario hasta el territorio fabuloso de «Canción del elegido». El Che regresaba en poemas, discos, recitales, paredes y fotografías. El hombre había muerto; el personaje podía crecer.

    No hacía falta haber abierto El capital. Podía bastar con tener veinte años, escuchar una canción y saber que en algún lugar otros jóvenes estaban arriesgándolo todo por algo que llamaban liberación. Tenían camaradas, nombres de guerra, persecuciones y grandes causas.

    La vida corriente seguía esperando al día siguiente. La revolución ofrecía una montaña.

    Todo aquello podía seducir antes de explicar. El marxismo proporcionaba algo distinto: una explicación. Explotación, alienación, imperialismo e ideología podían explicar por qué aquel mundo estaba dividido entre opresores y oprimidos y por qué el rebelde ocupaba dentro de él una posición moral privilegiada.

    Nadie necesitaba empezar por Marx. Se podía empezar por el Che.

    Incluso la resistencia a esa interpretación encontraba un lugar dentro del propio sistema: quien no reconocía su dominación podía estar alienado; quien defendía el orden existente podía reproducir su ideología. La universidad daba a esas categorías elaboración intelectual; la revolución cubana les proporcionaba héroes, imágenes y una experiencia histórica que parecía confirmarlas. Teoría y épica podían reforzarse mutuamente. La doctrina explicaba el mundo mientras el romanticismo decía al individuo quién podía ser dentro de él.

    Esa distinción entre doctrina e imaginación política importa cuando la lucha armada fracasa. La derrota de la guerrilla no produjo una trayectoria política única entre quienes habían participado de aquella sensibilidad. Pompeyo Márquez y Teodoro Petkoff abandonaron la lucha armada y participaron después en la fundación del Movimiento al Socialismo. Petkoff llevó más lejos la revisión: tras la invasión soviética de Checoslovaquia en 1968 rompió con el modelo soviético, defendió un socialismo compatible con la democracia y terminó siendo uno de los adversarios intelectuales más persistentes de Hugo Chávez. Douglas Bravo siguió la dirección contraria: prolongó la lucha revolucionaria, dirigió el PRV y mantuvo vínculos con sectores militares insurreccionales. También rompió después con Chávez.

    Las diferencias impiden trazar una genealogía recta desde la guerrilla hasta el chavismo. Algunos antiguos revolucionarios terminaron defendiendo la democracia; otros conservaron una concepción insurreccional de la política y rechazaron igualmente a Chávez.

    Pero abandonar una doctrina no implicaba abandonar necesariamente la imaginación política formada alrededor de la revolución. Era posible abandonar el fusil y conservar la fascinación por la rebeldía; aceptar la democracia y continuar leyendo la historia como una sucesión de emancipaciones; combatir a Chávez y conservar una parte del universo simbólico del que Chávez se alimentó.

    El romanticismo revolucionario venezolano no desembocó entero en el chavismo. Hugo Chávez encontró en él, sí, una de las condiciones de su éxito. No necesitó inventar una mitología nacional. La encontró preparada.

    Ya no estaba la Sierra. Había una boina roja, un balcón, uniformes militares, multitudes, himnos, horas de televisión y un retrato de Bolívar presidiendo la escena. El pasado entraba por la pantalla. Independencia, revolución y presente cabían en un mismo discurso. El hombre ante el micrófono hablaba como si dos siglos de historia hubieran desembocado en aquella plaza. Bolívar estaba en las paredes, en los discursos, en el nombre de la República y finalmente hasta bajo una cámara cuando abrieron su sarcófago. El héroe fundador podía ser llamado como antepasado, testigo y compañero de una revolución que se proclamaba continuación de la suya. La vieja dramaturgia tenía ahora cámaras, satélites y televisión en directo.

    Chávez tomó al héroe máximo de la Independencia y se proclamó continuador de su obra. Estaban los personajes y estaba el argumento. El Libertador regresaba simbólicamente para completar su misión; el pueblo volvía a ser víctima de una oligarquía que lo había traicionado; EEUU ocupaba el lugar del imperio; los adversarios eran enemigos de la patria; la revolución prometía una segunda Independencia. Chávez habló como quien protagonizaba una epopeya y no como quien ejercía temporalmente un cargo público. Cada elección era una batalla; cada adversario podía ser un traidor; cada dificultad, un sabotaje; cada intervención suya, otro episodio de una emancipación bicentenaria.

    Pero la representación tropezó con aquello que ningún relato consigue abolir: la realidad. Esta vez el héroe gobernó. Dispuso de poder, tiempo y una riqueza petrolera extraordinaria. La revolución tuvo la oportunidad de construir el mundo que prometía.

    Construyó otro.

    El fracaso alcanzaba ahora algo más profundo que una doctrina. Quien se había reconocido dentro de aquella epopeya como defensor del pueblo, adversario del imperio y compañero de una causa emancipadora debía admitir que el héroe podía ser responsable, que una revolución podía arruinar al pueblo en cuyo nombre hablaba y que otra emancipación podía producir otra tiranía. La realidad no contradecía únicamente aquello que había creído. Amenazaba al personaje que había creído ser.

    Salvar la inocencia de la revolución permitía también salvar a ese personaje. El imperio, las sanciones, el sabotaje, los traidores o quienes desviaron el proyecto después de la muerte del caudillo podían explicar el desastre sin sacrificar la causa. Separar a Chávez del chavismo que dejó detrás podía cumplir una función semejante. El leitmotiv «la revolución fue traicionada» preservaba simultáneamente la pureza del proyecto y la posición moral del protagonista que había creído en él.

    «Nos equivocamos y contribuimos a producir la catástrofe» exigía, en cambio, algo mucho más costoso: revisar una parte de la propia biografía. Quien creyó participar en una epopeya difícilmente acepta descubrirse figurante de una catástrofe. El romanticismo había servido primero para entrar en la historia. Ahora podía servir para permanecer dentro de ella: el adversario cambiaba otra vez; quedaban los traidores, los herederos indignos.

    Reducir el problema al chavismo permitiría una tranquilidad inmerecida. Chávez no agotó el romanticismo político venezolano. Demostró hasta dónde podía llevarlo alguien capaz de apropiarse de sus símbolos, sus agravios y su promesa de redención. El chavismo puede desaparecer sin llevarse consigo la sensibilidad que lo hizo posible. También fuera del chavismo sobrevive la tentación del redentor. Un antichavista puede esperar al héroe providencial, hacer de la intransigencia una virtud, confundir radicalidad con lucidez, preferir una derrota épica a una reforma modesta y admirar al hombre que desafía las instituciones. Rechazar a Chávez no implica haber rechazado aquello que hizo posible a Chávez. Los partidos mueren, los sistemas fracasan y los dirigentes son sustituidos. Una manera de sentir la política puede sobrevivirlos.

    Mientras la libertad necesite un Libertador; mientras una patria necesite ser salvada en vez de gobernada; mientras el adversario pueda ocupar el lugar del traidor necesario; mientras una derrota heroica conserve más prestigio moral que el modesto éxito de una institución, el escenario seguirá montado. Si el romanticismo político ha resistido tantas derrotas es porque no depende de que sus héroes venzan ni de que sus revoluciones triunfen. Su épica sólo necesita conservar el lugar del liberador para que siempre haya algo nuevo de lo cual liberarnos.

    Llevado hasta sus últimas consecuencias, ese mecanismo permite reconocer finalmente un personaje: el revolucionario perpetuo.

    Aunque proclame el futuro, necesita conservar el instante fundador. Promete un mundo nuevo, pero su identidad depende de repetir el acto antiguo que le dio sentido: liberar, romper, refundar. El futuro queda subordinado así a la reproducción del origen. Por eso cada generación recibe otra vez una patria pendiente, otra Independencia, otra liberación, otra ruptura. La revolución perpetua no avanza hacia su consumación: regresa una y otra vez al punto desde el cual puede volver a proclamarse necesaria. Vista desde esa relación con el tiempo, la obsesión por la ruptura muestra una contradicción. Cada ruptura proclama una nueva separación del pasado y al mismo tiempo reproduce el gesto fundador. Cambian las cadenas y los enemigos; permanece el acto que distribuye los papeles y devuelve a cada generación la posibilidad de representar nuevamente al liberador. Cada nuevo rompimiento confirma así la identidad de quien lo ejecuta.

    Pero aquel momento fundador no ocurrió necesariamente como la memoria política lo conserva. La cultura que procura regresar desde hace dos siglos al instante en que aprendió a imaginarse liberadora conoce aquel instante a través del relato que hizo de la Independencia la emancipación de un pueblo oprimido por una potencia extranjera. La guerra civil, la resistencia de sectores de la población, la pluralidad de lealtades y la violencia empleada para imponer la nueva soberanía complican radicalmente esa imagen.

    El origen al cual se pretende regresar puede ser, pues, en buena medida una construcción de la misma narración que enseñó a regresar a él. El relato produce al liberado; el liberado encuentra después en ese mismo relato la prueba de que siempre lo fue.

    Pero ningún liberador existe sin aquello de lo cual libera. La reproducción indefinida del personaje depende también de conservar una determinada lectura del enemigo original. No basta con encontrar nuevos enemigos. Si España ya no representa únicamente al opresor; si el realista puede pertenecer también a «los nuestros»; si la patria no aguardaba unánimemente que sus libertadores rompieran las cadenas, el escenario fundador pierde la claridad moral que permitía reproducirlo.

    La revisión histórica toca entonces algo más delicado que una interpretación historiográfica: toca la biografía imaginaria de una identidad. Si el origen deja de ser el instante puro de liberación que el relato necesitaba, también cambia la relación posible con él. Ya no es necesario regresar para repetirlo.

    Una relación distinta con la historia exige aceptar que ninguna generación ocupa un punto cero. Quien así lo entiende puede recibir instituciones que no fundó, corregirlas sin destruirlas, aceptar límites, negociar, perder, obedecer procedimientos y entregar a otros un orden que seguirá existiendo sin él. La identidad del revolucionario perpetuo, por el contrario, tiene dificultades para reconocerse como heredera de una historia: necesita protagonizar otra vez su fundación. En un caso dominan fundar y refundar; en el otro, recibir, modificar y transmitir.

    Recibir una herencia no significa aceptarla intacta. Cada generación encuentra instituciones, lenguas, conflictos, afectos, errores, deudas y logros que no escogió. Puede abolir unas cosas, preservar otras y crear algunas nuevas. Puede ejercer su libertad sobre lo recibido sin presentar todo lo anterior como una servidumbre de la cual necesita liberarse. Transformar la herencia no requiere inventar un punto cero desde el cual inaugurar nuevamente la historia.

    Frente a la necesidad de regresar al instante fundador queda otra posibilidad: aceptar una historia que no elegimos, actuar dentro de ella y transmitirla sin atribuirnos el privilegio de protagonizar su comienzo ni su desenlace. Esa posición obliga a aceptar algo que la épica redentora difícilmente tolera: ninguna generación resolverá definitivamente la historia. Recibimos un mundo anterior a nosotros y entregaremos otro que continuará sin nosotros.

    La obsesión por la ruptura encierra una última paradoja. Aquello que se presenta como una búsqueda incesante de futuro puede esconder una fidelidad extraordinaria al pasado. Una cultura puede pasar dos siglos regresando al instante en que aprendió a imaginarse liberadora, aunque ese instante no haya ocurrido exactamente como se lo contaron. Cada regreso podrá llamarse nueva Independencia, nueva liberación o nueva revolución.

    Pero mientras necesite volver al origen para saber quién es, seguirá buscando en el futuro la oportunidad de repetir su pasado.


X. P.

sábado, 27 de septiembre de 2025

LA MÁSCARA HUMANISTA DEL BOLIVARISMO




Por Xavier Padilla 


Absolver a Bolívar por ser humano es la coartada que mantiene vivo su mito. Decir que Bolívar era humano no lo desmonta, lo consagra. Es la humanidad como excusa. Es el último truco del culto a Bolívar. Sí, el argumento del «ser humano» es la trampa más eficaz de un bolivarismo acomplejado, ya incapaz de asumirse ante la creciente crítica emergente (no sólo en el medio académico, sino popular). Bolívar no se desmonta diciendo que era hombre, sino desmascarando su mito. Reducir a Bolívar a «un ser humano» es el último engaño para seguir adorándolo que postulan como tesis los guardianes del culto. La frase «Bolívar era un hombre» no desmonta nada: blinda todo aún más en torno al símbolo. Absolver a Bolívar por ser humano es como perdonar al mito por ser mito.

    Ese humanismo desmitificador de Bolívar es la nueva máscara de su culto. Hay una legión de historiadores disfrazados de desmontadores del mito. Se presentan como iconoclastas, pero no son más que bolivaristas atrincherados. No saben cómo seguir cultivando la idolatría ante las pruebas que algunos autores, desde Salvador de Madariaga hasta Pablo Victoria, han ido sacando a la luz. (Incluyendo mi modesto aporte.) Entonces recurren a un truco gastado: insistir en que Bolívar no fue un dios, sino un ser humano. Con ese gesto se exhiben como críticos audaces, cuando en realidad no han movido ni una piedra del edificio que dicen cuestionar.

    Es una jugada fácil. Nadie en su sano juicio pensó nunca que Bolívar fuese un robot venido del futuro ni un extraterrestre que descendió a libertar planetas. Decir que era un hombre es tan trivial como anunciar que tenía pulmones o que necesitaba dormir. Pero la obviedad se vende como si fuera revelación, y la operación se completa cuando se usa esa humanidad como absolución: si fue cruel, también lo somos todos; si fue contradictorio, no hay hombre que no lo sea; si fue tirano, peor sería el que jamás dudó de sí mismo. El razonamiento se cierra como un círculo perfecto: era humano, y por tanto todo se vuelve excusable.

    Lo deshonesto —la trampa— consiste en hacer pasar esta reducción por desmitificación. El resultado no es un Bolívar desmontado, sino barnizado con otra pátina: ya no es el dios marmóreo, ahora es el héroe de carne y hueso, entrañable en sus flaquezas. El culto se preserva, incluso se fortalece, porque parece más cercano, más real, más accesible. La operación se parece a uno de esos intentos de la iglesia «carismática» para recuperar a una feligresía menguante.

    No es desmontaje, sino maquillaje. El monstruo queda absuelto por la sola condición de haber sido hombre, como si a Nerón se lo absolviera por haber tenido hambre o a Calígula por haber amado alguna vez.

    Quien así escribe no arriesga nada. No ofende a los guardianes del culto, porque sigue reconociendo a Bolívar como figura central e intocable, y al mismo tiempo seduce al lector crítico con la ilusión de haber roto el hechizo. Lo que produce es un simulacro de crítica: un juego de espejos donde la idolatría se mantiene intacta, sólo disfrazada de humanismo.

    El problema nunca fue si Bolívar era humano. El problema es qué hizo con esa humanidad, cómo usó el poder, qué ruinas dejó en pie, qué heridas abrió y qué extravío sembró en las generaciones. El culto evade esas preguntas y se refugia en sentimentalismos psicológicos. Hablar de humanidad en abstracto no toca el fondo del asunto, porque lo que se erigió sobre su figura no es un recuerdo piadoso, sino un dogma político que aún paraliza a los pueblos.

    El desmontaje verdadero no consiste en descubrir arrugas en el rostro de un ídolo. Exige medir la distancia entre la imagen y las consecuencias históricas de los actos. Exige señalar que el mito no se sostiene porque haya tenido defectos humanos, sino porque su recuerdo fue convertido en dogma. Y frente a un dogma, la indulgencia no basta, se necesita una crítica radical que arranque de raíz el prestigio, no que lo disimule con sonrisas indulgentes.

    Es fútil dejarse atrapar en la obviedad de que Bolívar era un hombre. Sólo una renuncia total a estos manoseos humanizantes permitirá ver que lo que hubo en realidad fue un proceso de demolición disfrazado de independencia, y una figura erigida como máscara de esa catástrofe. Lo demás es un juego retórico para entretener incautos.


X. P.

domingo, 20 de abril de 2025

LA ENVIDIA EXTRANJERA Y SUS TONTOS ÚTILES LOCALES

LA ENVIDIA EXTRANJERA Y SUS TONTOS ÚTILES LOCALES 

Por Xavier Padilla 


ALGUNOS se preguntan por qué Hispanoamérica es tan pendeja, que teniéndolo todo sólo termina produciendo tiranillos y miseria. Y enumeran muy bien los ejemplos. Pero se quedan en la pregunta, no nos dan la respuesta.

Les diré algo, y me pueden linchar por inmodesto, pero creo saberla: Nuestra «independencia» del imperio español (del cual éramos parte y no precisamente como colonias, sino como dignísimas provincias imperiales) fue una farsa injustificable, montada por potencias rivales como Gran Bretaña, Francia, Holanda, etc.. Todo ello a partir de una propaganda anti española con la que fueron armando una leyenda negra, y captando ricos hacendados hispanoamericanos para hacer el trabajo, a quienes se les hizo ver que el continente les pertenecería tras una revolución. Hoy llamamos a dichos criollos «libertadores», y gracias a ellos el continente dejó de ser un imperio para convertirse en un territorio desmembrado, escindido en pobres republiquetas devastadas por la guerra y convertidas en rivales disputándose fronteras, nuevas hegemonías y mercados, pero sólo aptas para el dominio extranjero, sometidas a los designios de otros imperios que siguieron, como era de esperarse, dictándoles la falsa narrativa libertaria tras la susodicha «liberación», mientras los mismos realizaban nuestra primera y verdadera colonización, comercial y política y cultural.

Ahora vivimos en la era de la información y no es difícil encontrar abundante documentación testimonial que desmienta la versión a-histórica sobre el imperio español que impulsaron instigadores secesionistas como Bolívar desde la guerra y luego desde el poder. Dicha documentación deja expuestos los intereses reales de estos conjurados, su demagogia ilustrada y grandilocuente, manipuladora y victimista. Todos los gobiernos sucesivos a su «gesta» lógicamente heredaron los poderes del triunfo de la sedición mantuano-separatista inicial, cuyo oportunismo estos gobiernos disfrazaron de libertad y lo tallaron en piedra, en monumentos masónicos como Carabobo y el Paseo de los Próceres. Por su propio interés, desde hace dos siglos estos poderes subsiguientes rinden a la sedición separatista fundante el oficioso tributo auto legitimante a través de símbolos marmóreos, con toda la pomposidad y descaro de un rito tautológico. Pero toda mentira tiene patas cortas, y queda expuesta en los resultados. Iberoamérica no es tan pendeja, es sólo predeciblemente torpe desde su «independencia» hueca.

Hija de una sangrienta violación histórica en la que fue declarada por la fuerza «libre» e «independiente», sin haber sido jamás cautiva ni dependiente, ahora Hispanoamérica, y sobre todo Venezuela, está lobotomizada, entubada por una memoria postiza, llena de complejos identitarios que la llevan, una y otra vez, a repetir su producción suicida de caudillos y vengadores.

A ver si entendemos cómo todo realmente fue: En 1800, a 300 años de la conquista, el imperio español había cristalizado la obra civilizadora más grande de la historia, y su preeminencia mundial desataba la envidia de los reinos de Europa. Este odio noroccidental en su contra adquirió ribetes de frustración absolutamente singulares: se empezó a propagar la especie de que España era retrógrada y por ende indigna de tal poderío, ya que en su proceso de «colonización» de América devenía mestiza. ¡Osaba mezclarse con salvajes, fundar familias impuras! Y ello como política de Estado, por voluntad Real explícita.

Intolerable. ¡Así no se coloniza a una especie inferior, así se barbariza a una superior!

He ahí el fundamento de propaganda anti española, cuyos intereses reales eran no obstante mucho más pedestres y económicos. Y hoy, una vez hecho el trabajo, son los propios hijos de la mentada mezcla, los hispanoamericanos, quienes defienden la tesis del atraso español, y por ende de su propio supuesto atraso.

Triste ver cómo ignoran que es una idea nacida de la envidia, y una mentira que los conduce al auto desprecio eterno. Nada más patético que padecer un complejo de inferioridad aprendido, falso, y mantenerlo a través del culto a la «independencia». Vaya círculo vicioso. Vaya candado infinito.

Hoy, la leyenda negra anti española es el paradigma en vigor. Si bien sirvió para la caída del imperio español, no se detuvo en ella, más bien se afianzó a partir de ella, consiguiendo endilgar a todo lo español una supuesta inferioridad ex nihilo.

La leyenda negra anti española es una realidad invisible, el elefante blanco de nuestra idiosincrasia. Sus premisas gobiernan en silencio nuestro inconsciente colectivo. Lo anglosajón es superior. O lo galo. O lo teutón. O simplemente lo no-español.

Los hispanoamericanos son los primeros en profesarlo. Muchos lo dicen bien alto, que hubieran preferido tener por «madre patria» a alguna de esas fuentes, ignorando que entonces sus ancestros nativos habrían sido exterminados, como lo fueron los nativos de Norteamérica, y que ellos mismos no hubieran llegado a existir; o que hubiesen existido, si sus ancestros eran africanos, pero al precio de tener que esperar hasta 1964 para poder sentarse en la parte delantera de un autobús.

La «retrógrada», claro, tiene que ser España. Sólo de 98 años precede su primera universidad fundada en el Nuevo Mundo a la primera británica en Norteamérica (Harvard), y de 142 las dos segundas fundadas por España en el continente —simultáneamente— a la segunda anglosajona.

España, la «retrógrada» por antonomasia, no estaba a la moda de la ilustración, se dedicaba demasiado a perder el tiempo descifrando lenguas nativas en el Nuevo Mundo; a crearles sus alfabetos, a enseñarle el evangelio a los «salvajes» indígenas; a construir hospitales, ciudades mixtas y conexiones viales entre ellas; a erradicar los canibalismos caribe, inca, azteca; a crear leyes, códigos civiles, órdenes jurídicos; a darle una lengua (apenas la pobre lengua de Cervantes) al Nuevo Mundo; y a construir universidades (demasiadas en número, más de las existentes en el Viejo Mundo).

No, no sólo es que España explotara riquezas, que siempre generan tanta envidia (además de rabia por tanta mezcla), sino que dejaba el 80 % en aquellas tierras, en ese anti pragmático despilfarro civilizatorio…


X. P.

sábado, 5 de abril de 2025

PADRE DEL TERROR, VENGADOR AUTO INVENTADO



PADRE DEL TERROR, VENGADOR AUTO INVENTADO

Por Xavier Padilla 

¿Naciste en Venezuela? Entonces es seguro que fuiste arrullado por el mito fundador de la independencia. Durante dos siglos se nos ha enseñado, desde la más tierna infancia, a venerar a «nuestro Padre Libertador».

Tu primer desayuno: que fuiste liberado. Comienzas a tomar notas en tu cuaderno. 

Deducción subsiguiente de cualquier niño: «Entonces quiere decir que antes no éramos libres; estábamos ocupados». Pero hay más…

Según la descripción que se te da del ocupante, deduces que representaba lo peor de Europa; que era un cerdo cruel y sanguinario.

Luego, te das cuenta de que hablamos su lengua, y de que incluso llevamos su sangre…

Nueva deducción: «No sólo nos invadió físicamente, sino también biológicamente».

En resumen, nos sometió, se apoderó del país, exterminó a sus habitantes originarios (los indios) y violó a sus mujeres.

Tu siguiente descubrimiento es una consecuencia dramáticamente lógica: «Nosotros mismos debemos ser, entonces, bastardos (bastardos liberados, claro, pero bastardos al fin); hijos de una violación».

Ante tal filiación, ¿qué hacer?

Silencio sepulcral.

Con ella, lo que se hace con cualquier estigma o trauma. El niño procede a enterrarla, a esconderla en el subconsciente. La deja en el subsuelo, destino natural de todo lo incómodo.

Pero todo baúl del olvido es un futuro latente…

El joven crece en la inseguridad. Cultiva en las sombras un complejo de inferioridad.

Pero dispone de un recurso compensatorio: el héroe, el Padre Libertador. Todo un regalo providencial, más que suficiente para forjar en cualquiera alguna auto estima.

Pero esta es una de tipo paliativa. Un parche.

He aquí el problema que ignora: si esto le proporciona cierto orgullo, se trata de una estima de sí mismo basada en el resentimiento, que en sí es la fórmula misma de la arrogancia.

Este Padre Libertador no es cualquiera, no se limita a reemplazar al padre violador (el español): es además un héroe. Uno vengador y triunfal.

De hecho, este Padre ahora se escribe en el país con mayúscula. Su nombre monopoliza todo lo prestigioso. Es un nombre que debe estar presente en todas partes, para que enmascare y remiende, con orgullo y pretensión, una cicatriz. Una condición de víctima. De inferioridad. Pero de una inferioridad aprendida.

¡Epa! ¿Por qué aprendida?

Porque ese pasado repugnante nunca existió realmente.

Aquí llegamos al crucial detalle que lo cambia todo: esa condición de inferioridad nunca fue una verdad histórica, sino una invención total. Una fabricación destinada a justificar la supuesta independencia lograda.

La realidad es que no hubo invasión, cautiverio, violación, opresión; por lo tanto, no hay ninguna razón para estigmas, vergüenzas, represalias, marmóreos héroes, supuestos libertadores, ni hijos redimidos, arrogantes, prepotentes.

«Somos hijos de libertadores», así han aprendido los venezolanos a considerarse normalmente. Mientras que nada de lo que se les dijo por dos siglos —para construir un país— existió realmente.

El español violador y sanguinario nunca existió. No hubo invasor, porque ni siquiera había un país. No había un «nosotros». No había otra lengua común, otra única religión, ni nada de lo que define a una nación.

No había uniformidad continental, mucho menos coexistencia en la diversidad. Había, eso sí, guerra intensa, ínter-exterminio, supervivencia en ese «Paraíso» que los españoles conocieron al llegar.

El Nuevo Mundo que surgió de tal encuentro es nada más ni menos que una síntesis hemisférica pacificadora, lograda por los pueblos indígenas a través de España, sin la cual muchos de ellos habrían desaparecido bajo los estragos quasi maltusianos de la antropofagia común y de la industria sistemática del sacrificio religioso.

Pero una vez alcanzado, después de tres siglos, el equilibrio, el mundo exterior al imperio español se unió para desintegrarlo, y lo consiguió. Para ello recurrió a la propaganda difamatoria y a la corrupción de las clases dominantes de las provincias americanas, donde algunos jóvenes ambiciosos llevaron a cabo eficazmente esta tarea culturicida, que constituye la primera y verdadera colonización en el lugar.

Ahora sí había una lengua, una nación (extensísima), una cultura, un proyecto unitario, un imperio; en suma, un futuro que dominar, explotar, someter, «dependizar».

La primera colonización le llegó al continente con su llamada «independencia», con su «descolonización». Su amo y señor: el mundo anglosajón.

Contrariamente a las recetas historicistas en boga, no es cierto que los imperios siempre se derrumban desde dentro, también pueden ser infiltrados y envenenados. Para ello, las potencias rivales de España encontraron en Venezuela al mejor de los traidores, un joven cuya perseverancia sólo era igualada por su crueldad, dotado de tanta habilidad para maniobrar como para manipular, ávido de gloria y poder, animado por un odio sin precedentes hacia todo lo que escapaba a su control. Lo demostró así desde el poder y en su conquista de este.

¿Provenía en parte su delirio de grandeza del hecho de que sólo medía 1,62 metros y pesaba 40 kilos? ¿Del hecho de que su rica familia había fracasado varias veces en adquirir un título de nobleza? ¿O de la brevedad de su matrimonio con una marquesa española que sólo lo elevó de rango socialmente por ocho meses? La historia de su crueldad es tan amplia que nos perturba el entendimiento y nos rebaja a tener que considerar incluso tales estrecheces. Algo tendría que explicar su ejecución en tres días de 2.400 prisioneros españoles y canarios civiles; su masacre de tres docenas de sacerdotes en Angostura; su exterminio de la población indígena de Pasto; el exterminio de todos los españoles y canarios civiles de Tocuyito, Valencia, Guayos, Guacara, San Joaquín, Maracay, Turmero, San Mateo y La Victoria; y tantas otras de sus «hazañas»…

Criollo incomprensible, destructor de mundos en progreso, fue el Padre del terror y de los errores republicanos, no del verdadero venezolano, que es hispánico y no es inferior ni bastardo, contrario a lo que la república y su historia oficial bolivarista introduce en el subconsciente de un niño.

Bolívar fue un vengador auto inventado y auto invitado, su legado es un complejo psicosocial artificial, un resentimiento aprendido, falso, innecesario.

X. P.

sábado, 24 de agosto de 2024

VENEZUELA: DE ESPLENDOROSA PROVINCIA ESPAÑOLA A SUPUESTA VÍCTIMA EX-COLONIAL

Por Xavier Padilla 


Hasta comienzos del siglo XIX, Venezuela fue una provincia española próspera y decente, parte integral del vasto imperio español. Lejos de ser una colonia discriminada, explotada y oprimida —como la historiografía oficial pretende—, Venezuela tenía un estatus de provincia y había florecido bajo el amparo de las políticas desarrollistas de la Corona.

Esto no se enseña en ninguna parte. Ningún sistema educativo lo promueve.


En los años previos a la «Revolución de Independencia», el libre comercio de los puertos decretado por el rey Carlos III le había permitido a Venezuela triplicar tanto su población como su economía.


Contrariamente a la narrativa oficial, que enaltece la gesta independentista como una lucha necesaria contra la opresión colonial, la provincia de Venezuela creció y prosperó económica y culturalmente mucho más que en su período republicano ulterior.


Fue precisamente la «independencia», liderada por una élite criolla ambiciosa y oportunista, lo que significó para la mayoría la ruina de una tierra que había sido descrita por Humboldt, apenas diez años antes, en 1800, como «la región más próspera y apacible del planeta».


El movimiento independentista americano no fue un clamor popular. Fue una conspiración secesionista liderada, en distintas provincias ultramarinas, por figuras como Bolívar, O’Higgins y San Martín, quienes negociaron las riquezas del continente con potencias extranjeras rivales de España —especialmente con Gran Bretaña.


Estos caudillos criollos, ni de lejos representantes de la mayoría de la población americana, tuvieron que apoyarse enteramente en ejércitos mercenarios contratados en el extranjero para luchar contra una sociedad local que permanecía leal a la Corona.


Esta extensísima sociedad ultramarina realista, compuesta por todas las clases —incluidas la indígena y la esclava— no sólo veía en la monarquía española una representación históricamente legítima y fundacional, sino una fuente de protección y estabilidad futuras.


En aquellos tiempos, todos los habitantes de Venezuela, sin importar su origen étnico, se consideraban españoles.


No confundamos esta identidad nacional con su diferencia intrínseca de clases, que era por entonces el paradigma universal, la norma societal vigente en el mundo. En Venezuela, el sentido de pertenencia a la nación española era tan mayoritariamente común como natural.


Y esta misma expresión de pertenencia volvió a reflejarse en la participación voluntaria de todos los estratos sociales en las filas de la resistencia realista, incluyendo a negros e indígenas.


Estos grupos étnicos también se enlistaron voluntariamente en los ejércitos reales, que eran los que representaban las leyes protectoras de sus derechos sociales. Derechos bien definidos y contemplados en las Leyes de Indias. Aparte de una extensa lista de deberes de manutención asignados al «amo», cuyo incumplimiento era reprendido severamente, en la monarquía española los esclavos podían comprar su libertad y ser tratados como vasallos con plenos derechos, a condición de asumir responsablemente el estatus de autónomos (libertos).


Los indígenas, por su parte, gozaban también de una legislación proteccionista especial que les aseguraba tanto su libertad como la propiedad de sus tierras.


La independencia no trajo consigo la libertad, sino el caos. La Venezuela que emergió de las guerras independentistas salió de ellas como una tierra devastada, marcada por la violencia, la expropiación y el saqueo. Las élites, que asumieron el poder de facto, se embarcaron de inmediato —y sin interrupción— en disputas intestinas que prolongaron durante décadas el pillaje y la miseria. Muy pronto, la promesa de un nuevo comienzo incluso dejó de mencionarse.


Con la destrucción del antiguo orden —por la cual pereció un tercio de la población venezolana y otro tercio emigró por su vida— los revolucionarios se encargaron también de borrar la memoria histórica.


La propaganda anti-española, difundida simultáneamente tanto en Europa como en Hispanoamérica, sirvió para reescribir el pasado y justificar la «revolución».


En adelante, España fue presentada ante el mundo como el fracaso de una potencia atrasada, explotadora, cruel y sanguinaria, no como la autora de un emprendimiento realmente épico que había cambiado al mundo, dándole entre otras cosas su redondez escondida.


Esta manipulación posterior de la historia también sepultó la memoria de una fundamental y voluntaria participación indígena en la construcción del Nuevo Mundo.


El legado de la independencia en Venezuela es un falso decorado de figuras maquilladas. Los venezolanos no contamos con una identidad hecha de realidades históricas, sino de símbolos forjados.


No en balde las repúblicas que surgieron en América tras la disolución del imperio español fueron incapaces de replicar la prosperidad y la estabilidad de su era provincial anterior.


El continente quedó fragmentado en una serie de Estados rivales, débiles, empobrecidos y endeudados bajo la nueva hegemonía económico-cultural anglosajona, facilitada notablemente por Bolívar.


La primera entidad bancaria fundada en Venezuela después de la «independencia» fue el Banco Colonial Británico, en julio de 1839 —esto es, dos años antes que el Banco Nacional Venezolano. A buen entendedor…


Ya en el siglo XX, Venezuela pareció vislumbrar oportunidades de prosperidad, pero totalmente inconexas con su pasado «revolucionario». Entre ellas la riqueza petrolera, que prometía —cual obra providencial— redimir el pasado y construir un futuro de abundancia.


Pero dicha riqueza fácil, caída en manos de un oportunismo atávico, propio de aquella misma élite secesionista del siglo precedente, sólo consiguió exacerbar los problemas del nuevo país, perpetuando la corrupción y la desigualdad.


Los famosos «40 años de democracia», hoy celebrados ingenuamente como una época de progreso, en realidad fueron apenas un breve respiro dentro de la ya larga historia de corrupción y despilfarro republicanos.


Habida cuenta de lo detentado ahora por gracia natural, y de los sacrificios padecidos, la población no merecía que dicho período fuera tan efímero.


Pero la fuerza de los símbolos —especialmente los erigidos sobre bases históricamente falsas— no es realmente verdadera, y no da para construir nada sobre sus hombros.


La solidez de una cultura emprendedora, como la prevaleciente durante el período provincial, es irremplazable. Y con la llamada «revolución» libertadora, la perdimos un siglo y medio antes.


La historia de Venezuela, desde su «independencia» hasta el presente, es en gran medida una historia de oportunidades perdidas como país, de «viveza criolla» (oportunismo) e indolencia continuada.


Se trata de una tendencia idiosincrática a la auto depredación. Todo ello es un subproducto republicano.


La libertad es algo más profundo y complejo que un simple arrebato, que un «hacerse con el poder». Nuestra «independencia», que debía traernos libertad y prosperidad, sólo trajo división y ruina.


Así, no hay nada de qué sorprenderse ante la emergencia, dos siglos más tarde, de una brutal tiranía como la chavista.


Es esto —nada más ni menos— lo que traen todos los falsos relatos liberticidas: los que se imponen por la fuerza cuando nada de lo que reivindican realmente falta, por bellas y progresistas que parezcan las cartas históricas conservadas.


Es así como, en nuestro caso, sus autores se dieron a la tarea de inventar lo que no faltaba.


Bolívar fue, prácticamente solo, quien inventó con su retórica y sus actos que éramos una colonia en vez de una provincia. Es decir, quien decretó y quiso probar que existía lo inexistente (la colonia), y quien, para que lo existente (la provincia) no existiera, lo aniquiló.


Decidió el lanzamiento de esta guerra civil inventándola de la nada y llamándola por otro nombre.


Luego de un buen primer fracaso militar contra un orden popular eminentemente realista, que le salió al paso y lo obligó a huir por mar, regresó por occidente convertido en un Atila psicótico, poseído por la visión mental de una colonia inexistente, decidido a crearla en el acto mismo de aniquilarla.


A falta de monstruos contra quienes aplicar su terror jacobino, robesperiano, fue inventándolos a su paso.


En 1813, a su llegada a Caracas, escribió: «…marché sin detenerme por las ciudades y pueblos de Tocuyito, Valencia, Guayos, Guacara, San Joaquín, Maracay, Turmero, San Mateo y La Victoria, donde todos los europeos y canarios casi sin excepción, han sido pasados por las armas». Así lo confesó con orgullo neronino en carta al separatista Congreso de la Nueva Granada.


En términos generales, durante nuestra decente provincia española —sin ser perfecta ni idealizable— no faltaba unión, prosperidad ni libertad.


La presente tiranía, cuyo derrocamiento es inexorablemente necesario, debería servirnos como ejemplo a todos los venezolanos para entender las trágicas consecuencias que cualquier falsa historia oficial depara indistintamente en una sociedad.


Nos urge entender que esta abominación chavista surgió de una Venezuela a la que se le vendió desde su fundación republicana un relato antiimperialista, cuando ella misma había sido —en tanto que provincia— una de las mejores obras imperiales de un reino generador y emprendedor como el español.


El régimen chavista es un burdo coletazo de la tiranía bolivarista, que hace dos siglos decidió unilateralmente —sin consenso social alguno— arrancarnos por la fuerza de España.


Así, nuestra decorosa provincia fue arrasada y mal reconstruida a duras penas al calor de guerras intestinas caudillistas, siempre bajo el yugo balcanizante de la deuda británica, cual una republiqueta entre veinte, con pies de barro y normalizada en la leyenda negra antiespañola, condenada a practicar la amnesia de su irreversible error «independentista».


X. P.