sábado, 24 de diciembre de 2022

La Navidad Negra de Pasto


Por Xavier Padilla 

Hace exactamente 200 años, la ciudad de San Juan de Pasto, en Colombia, fue arrasada junto con su población, que era mayormente mestiza y realista, por órdenes de Simón Bolívar. Es el abominable hecho conocido como la «NAVIDAD NEGRA».

    Sucre fue su encargado para realizar este genocidio, una de las mayores atrocidades de la «independencia» que la historiografía bolivarista se ha encargado de borrar. Como era su costumbre, Bolívar daba órdenes y se mantenía a salvo en la retaguardia, enviando a subalternos a la acción. Pero en este caso, habiendo sido informado del éxito de la operación, no siguió molestándose en aparentar prisa, tomó todo su tiempo y llegó a Pasto una semana después, relajado, el 2 de enero. No hay registro de ninguna indignación por su parte ante el genocidio encontrado, todo lo contrario. Escribe a Santander: «(…) he mandado a repartir 30.000 pesos en contribuciones para el ejército (…) También he mandado a embargar los bienes de los [rebeldes pastusos sobrevivientes] que no se presentaron al tiempo señalado [para los indultos ofrecidos] (…) Yo los he mandado a perseguir por todas direcciones, mas aquí no se coge a nadie, porque todos son godos. Todo es ojos para el gobierno, y el gobierno no ve nada».

    De hecho Bolívar antes de esta masacre le había escrito a Santander: «Porque ha de saber Ud que los pastusos son los demonios más demonios que han salido de los infiernos. Los pastusos deben ser aniquilados y sus mujeres e hijos transportados a otra parte, dando aquel país a una colonia militar. De otro modo Colombia se acordará de los pastusos cuando haya el menor alboroto, aun cuando sea de aquí a cien años, porque jamás se olvidarán de nuestros estragos, aunque demasiado merecidos».

    Cuenta un testigo, el general independentista José María Obando: «No se sabe cómo pudo caber en un hombre tan moral, humano e ilustrado como el general Sucre la medida, altamente impolítica y sobremanera cruel de entregar aquella ciudad a muchos días de saqueo, de asesinatos y de cuanta iniquidad es capaz la licencia armada; las puertas de los domicilios se abrían con la explosión de los fusiles para matar al propietario, al padre, a la esposa, al hermano y hacerse dueño el brutal soldado de las propiedades, de las hijas, de las hermanas, de las esposas; hubo madre que en su despecho, salióse a la calle llevando a su hija de la mano para entregarla a un soldado blanco antes de que otro negro dispusiese de su inocencia; los templos llenos de depósitos y de refugiados fueron también asaltados y saqueados; la decencia se resiste a referir por menor tantos actos de inmoralidad».

    Por el general Daniel Florencio O’Leary, secretario privado de Simón Bolívar, sabemos que: «En la horrible matanza que siguió, soldados y paisanos, hombres y mujeres, fueron promiscuamente sacrificados».

    El doctor José Rafael Sañudo nos cuenta que: «Se entregaron los republicanos a un saqueo por tres días, y asesinatos de indefensos, robos y otros desmanes hasta el extremo de destruir como bárbaros al fin, los archivos públicos y los libros parroquiales, cegando así tan importantes fuentes históricas. La matanza de hombres, mujeres y niños se hizo aunque se acogían a los templos, y las calles quedaron cubiertas con los cadáveres de los habitantes.

    Otro doctor, Roberto Botero Saldarriaga, refiere que: «…degollaron indistintamente a los vencidos, hombres y mujeres, sobre aquellos mismos puntos que tras porfiada brega habían tomado. Al día siguiente, 400 cadáveres de los desgraciados pastusos, hombres y mujeres, abandonados en las calles y campos aledaños a la población, con los grandes ojos serenamente abiertos hacia el cielo, parecían escuchar absortos el Pax Ómnibus, que ese día del nacimiento de Jesús, entonaban los sacerdotes en los ritos de Navidad».

    El doctor Leopoldo López Álvarez nos informa que: «Ocupada la ciudad, los soldados [de Sucre] del batallón Rifles cometieron toda clase de violencias. Los mismos templos fueron campos de muerte. En la Iglesia Matriz le aplastaron la cabeza con una piedra al octogenario Galvis, y las de Santiago y San Francisco presenciaron escenas semejantes».

    Otro galeno, el doctor Ignacio Rodríguez Guerrero nos asegura que: «Nada es comparable en la historia de América, con el vandalismo, la ruina y el escarnio de lo más respetable y sagrado de la vida del hombre, a que fue sometida la ciudad el 24 de diciembre de 1822 por el batallón Rifles, como represalia de Sucre por su derrota en Taindala un mes antes, a manos del paisanaje pastuso armado de piedras, palos y escopetas de caza».

    Eran fieles a la gran España universal, y a su reino. Cabe notar que los pastusos fueron unos de los primeros en oponerse al separatismo republicano. Tan temprano como el 29 de agosto de 1809, la alcaldía de San Juan de Pasto ya había publicado un visionario comunicado que rechazaba el infame proyecto y preveía con precisión las razones de su seguro fracaso:

    «¿Con qué otros [impuestos] podrá soportar sus erogaciones la nueva soberanía? Registradlo en todas las combinaciones de vuestra discreción y no las hallaréis (…) [Los] Veréis echarse sobre las temporalidades de los regulares y venderles sus fundos, reduciéndolos a intolerable mendicidad; y últimamente: [los] veréis recargar los tributos con nuevas imposiciones que constituyan sus vasallos en desdichada esclavitud (…) Esta es la felicidad pomposa a la patria que nos proponen. Nos halagan con palabras vacías de objeto, y luego se verán en la necesidad de arrojar el rayo tempestuoso sobre los miserables que han tenido la inconsideración de someterse a su dorado veneno».

    Inútil señalar que esto fue exactamente lo que pasó con todas las repúblicas resultantes del asalto al continente por la revolución mantuano-británica. La próspera ciudad de Pasto, con su población casi enteramente indio-mestiza, fue la primera urbe realista resistente y la más dura de vencer.

    Su indoblegable líder y orgullo local, el general indio del ejército realista Agustín Agualongo, venció varias veces a los ejércitos de Bolívar, incluso recuperó tres veces la ciudad después de la «Navidad Negra». Cuando finalmente fue capturado y los republicanos ofrecieron perdonarle la vida si ponía su incomparable tenacidad a sus servicios, sin vacilar respondió: «¡NUNCA!».

X. P.

miércoles, 30 de noviembre de 2022

El Modelo de los Modelados

Por Xavier Padilla 

Los Derechos del Hombre y del Ciudadano declarados durante la revolución francesa causaron la décapitation de la monarquía y cientos de miles de guillotinados. Luego fueron impresos y enviados a Hispanoamérica por masones infiltrados para subvertir el orden monárquico español.

    Dicha masacre en Francia, a la cual hay que agregar el espantoso genocidio de 170.000 disidentes en la región occidental de La Vendée, decretado por la asamblea revolucionaria, fue consecuencia de la «ilustración». Las palabras de los generales franceses durante este genocidio recuerdan la retórica del Decreto de Guerra a Muerte y expresiones fratricidas de Bolívar, además de sus actos. Así, el general Westermann, en Carta al Comité de Seguridad Pública, informa: 


«Ciudadanos republicanos, ya no hay Vendée. Ella murió bajo nuestra espada libre, con sus esposas e hijos. Los acabo de enterrar en los pantanos y bosques de Savenay. Siguiendo las órdenes que me disteis, aplasté a los niños bajo los cascos de los caballos, masacré a las mujeres que, al menos ellas, ya no darán a luz bandoleros. No tengo un prisionero por quien culparme. Lo borré todo. Un líder de los bandoleros, llamado Désigny, fue asesinado por un sargento. Todos mis húsares tienen jirones de estandartes de bandoleros en las colas de sus caballos. Los caminos están sembrados de cadáveres. Son tantos que, en varios lugares, forman pirámides. Hay fusilamientos constantes en Savenay, porque a cada momento hay bandoleros que pretenden hacerse prisioneros. Kléber y Marceau no están. No hacemos prisioneros, porque habría que darles el pan de la libertad y la piedad no es revolucionaria».


    Allí tienen, venezolanos, para que lo entiendan de una buena vez: ese era el modelo, la inspiración de los mantuanos revolucionarios, el ideal al cual corresponde el afrancesamiento caraqueño de 1810. Los famosos Derechos del Hombre no eran más, como entonces lo vio y denunció José Domingo Díaz, que una infame cortina para la barbarie; y la belleza humanista encontrada en aquellos artículos que habían sido integrados al preámbulo de la primera Constitución republicana de Francia no confundieron al avezado imperio español, que prohibió la entrada de tal literatura en todos sus dominios del orbe.

    Las revoluciones, ellas siempre ideológicas, se amparan sistemáticamente en bellas utopías para infiltrar la paz de las naciones con muerte, además de rapiña. Afortunadamente, habiéndole sido por tan sublimes Derechos del Hombre cortada la cabeza a su congénere de Francia, el Rey de España no necesitaría, primo del ultimado Borbón, de indicios adicionales para censurar éste y otros documentos de la «ilustración» en su metrópolis, Virreinatos y Provincias. Pero la masonería conseguiría introducirlos en la población joven de las élites criollas, insinuándoles que podrían ser aun más ricas y poderosas bajo el nuevo sistema revolucionario, sin reino, y comerciando libremente con Europa (en vez de contrabandeando con ella, como sus familias venían haciéndolo por un siglo).

    En realidad no todas las familias participaban de esta ruin tradición, pero la masonería supo escoger a los jóvenes más ricos, mundanos y arrogantes, y trabajarles el ego. ¿Por qué ser Provincia o Virreinato cuando podéis ser metrópoli laica con todo cuanto tenéis en tal paraíso? ¿Os conformáis con estos privilegios que os ofrece Madrid o preferís ser dioses? Para vuestra Corona sois apenas criadores de esclavos. Y si ella os exhorta a mezclaros, es para que tengáis cada vez menos rango. Porque os quiere de 2da, 3ra o 4ta mano. Sólo os falta leer estos Derechos del Hombre y del Ciudadano, y buscar la oportunidad de emanciparos.

    Es así como nació la desgracia. O el fin de una era de gracia. Los tontos útiles (para la rebelión interna que crearía un nuevo orden mundial ajeno) fueron sinuosamente conquistados, enseñados a ver con desdeño su digno entorno y a querer ser inmortales. Sus mentes aduladas fueron inoculadas con el germen masón de la ilustración, y de hecho terminaron convertidos en dioses, como los de la revolución gala, pero por haber fundado en América, por 1ra vez, colonias verdaderas, y de otros…


X. P.

sábado, 19 de noviembre de 2022

¡Basta con Sabernos!


Por Xavier Padilla


Haber sido arrancados de España, o sea de nosotros mismos (porque éramos ella, no de ella), no sólo fue un ultraje sino un daño inconmensurable para nuestro destino. Pero que nos hayan contado que con ello fuimos supuestamente liberados, es espectacularmente ridículo. No habiendo provincias más libres en otros reinos, ni más prósperas ni más apacibles, como ilustres extranjeros lo constataban en nuestro suelo, ¡creerlo es de pendejos!

    Los hispanoamericanos no somos un accidente antropológico, emergimos como un fenómeno civilizatorio con muchas capas de sedimentada, sólida cultura ascendente: Grecia, Roma, Hispania, España, el Nuevo Mundo. Saber quiénes somos es imperativo, así como comprender que con la revolución secesionista (mal llamada independentista) pasamos a ser un amasijo fragmentado de repúblicas pobretuchas y dependientes; saber que como parte consubstancial del gran imperio español pasamos de ser una potencia mundial a encarnar el gris mosaico de un nuevo estrato residual, ente ahora sí colonial (llamado hoy Tercer Mundo), por vía de traición y parricidio; saber que empezamos a vivir desde entonces como poblaciones sin memoria, huérfanas de su origen, regidas por la plutocracia mantuana tras el parricidio de nuestros tatarabuelos (plutocracia revolucionaria, esclavista, creadora del mito de Bolívar para heredarlo y seguir al mando de una patria espuria, corrupta, impostora y codiciosa).

    Debemos recuperar nuestra memoria y verdadera identidad, volver a saber que el país llamado Venezuela es y siempre será una sublime provincia, creada conjuntamente por pioneros indígenas y expedicionarios del reino español hace quinientos años, no por unos hacendados contrabandistas hace doscientos; una provincia de tantas donde España, al liderar su creación, se re-creó también a sí misma, porque no posesionó sin crear, ni creó sin ser recreada al obrar, esto es, sin ser poseída en su obrar. Vio la lengua española adquirir otros matices entre tantos climas, nuevas mezclas y semblanzas, porque la fusión interracial no era sólo un compartido humano deseo, sino un Real deseo de Estado (contrariamente a lo proyectado hasta entonces por ningún imperio), y no esperaba otro efecto que un Mundo Nuevo.

    Fue ello lo propio de sus exploraciones y conquistas, con las que siempre dejó de ser exclusivamente peninsular para devenir más cosas, demasiadas para enumerar, entre ellas mestiza, múltiple, diversa; portadora en las Américas de una esencialidad hispánica rectora y constructiva; hispanidad plurirracial bajo una misma lengua, religión y jurisprudencia; una misma pero nueva ética y moral estatutarias, de tradición salamanquesa en el Derecho, sentando un inédito universalismo con sus Leyes de Indias.

    Nosotros hoy, venezolanos provenientes de ello (como todos los «hispámers»*), simplemente no vamos a poder llegar muy lejos con sólo quitar de en medio a un mórbido régimen tiránico como el chavista. Hay que saberlo, apenas regresaríamos a la misma ignorancia anti histórica del credo bolivarista, igualmente compartido por todos los sectores y estratos de la sociedad. Cuando te arrebatan hasta el derecho de saber que ancestralmente has sido parte de un proyecto que estuvo a la vanguardia del mundo, y comprendes que hoy te encuentras ante un simple heredero final del secesionismo mantuano, que viene a arrasar a Venezuela por segunda vez, como lo es el chavismo, es entonces el momento de restaurar la historia gallardamente, crear consciencia pública desmontando la propaganda antiespañola negro legendaria, cuyas falsedades actúan en nuestra sociedad como un dispositivo de disociación contra nuestra intrínseca hispanidad.

    Cualquier sociedad que por una manipulación ideológica se entra en conflicto con sus propios orígenes, funciona contra ellos —y por ende contra sí misma— en favor de tal manipulación. Termina siguiendo a los designios de ésta, adoptando sus mismas fachadas, símbolos, colores, caretas. Los individuos giran en torno a estas ilusorias opciones creyendo actuar libremente, porque el vínculo entre ellas, al no ser cuestionado, expuesto ni desmontado en su propósito fundamental, como lo es la disociación anti hispánica (presente en toda la simbología independentista, republicana y bolivarista), es invisible. Así, dicho propósito, que no es otro que el de una ideología (la ideología fundacional del país llamada «república», otrora equivalente a la guillotina antimonárquica), es imperceptible. Para ser visto su contenido debe ser develado.

    La República como tal, como ideología basada en una independencia, que para nosotros no fue tal, funge en el individuo adoctrinado como una licencia ciudadana de independencia con respecto a la hispanidad, lo aleja de ella, y la convierte a lo sumo en una opción. Pero la esencia no es una opción para el ser, es parte del ser, y el venezolano, tanto como vaya a postrarse ante el chavismo como ante el sector más opuesto, o ante toda la gama intermedia entre uno y otro extremo, se verá siempre, 360º a la redonda, ante el mismo anti hispanismo subyacente de la ideología republicana independentista que lo separa de su esencia y que proviene de la falsa independencia y sus intocables próceres y símbolos forjados a posteriori. No tiene salida por esa vía, a menos, claro está, que por sí mismo, mediante un acceso a la información histórica veraz, consiga desideologizar el concepto de República y logre reconciliarse con su hispanidad, con su esencia. Hispanidad que no tiene que ser perfecta: basta ser uno con ella, porque de allí se abre la puerta a una inmensa recuperación de fraternidades continentales y ultramarinas que son el futuro mismo de tantas sociedades gemelas.

    Ni siquiera es un capricho, es que no hay futuro sin regresar a la fuente, al proyecto original, a la gran empresa interrumpida. Un foco de luz sobre la historia puede traer de vuelta esa empresa a las conciencias. Proyecto aún vigente, de fuerza superlativa.

    ¡Basta con sabernos! Pero la realidad actualmente es muy otra, nos ignoramos demasiado, y si nada llega a las mentes siempre tendremos, por oposición al chavismo, a un chavismo de relevo, ora mantuano, adeco, psuvero. Todos unidos a su contrario por la misma fila de próceres anti españoles, por la completa fila de Presidentes herederos (sin excepción bolivarescos, panteonescos). Tristemente Venezuela sigue disputándose el retrato del genocida de nuestros tatarabuelos, con su inseparable ejército de 7.500 mercenarios extranjeros. ¿Qué político, comunicador o intelectual venezolano hoy por hoy está siquiera remotamente consciente de esto? A lo sumo habrá uno que otro que diga que Bolívar, como todo hombre, tenía defectos… para normalizarlo de nuevo.


X. P.


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(*) hispámers = hispanoamericanos (neologismo del autor)

sábado, 24 de abril de 2021

¿19 DE ABRIL? ¿ACTA DE INDEPENDENCIA? ¿LANZAMIENTO DE YUGO? ¿REPÚBLICA DE VENEZUELA? NI EN BROMA…




Por Xavier Padilla 

En 1800, todos los venezolanos éramos españoles. Decir «venezolanos» era como decir margariteños o falconianos. En otras palabras, provincianos. ¿Pero quién si no algunos engreídos muchachitos afrancesados podían sentirse disminuidos por ello?
    Venezuela era una decentísima y próspera provincia española que, justo en los 27 años previos a la atroz revolución bolivariana (la original), había triplicado su economía gracias al libre comercio de sus puertos, decretado por el rey Carlos III.   
    Nada justificaba la retórica independentista, sólo la resentida ambición de un oportunismo mantuano (muy minoritario, valga subrayarlo).   
    En 1810, con esta revolución pseudo-patriota nuestra envidiable prosperidad se detuvo por completo. Venezuela, que no era una colonia sino una provincia del reino, aquella que algunos sobrevivientes al desastre revolucionario luego recordaron como «la más feliz del universo», pasó a ser una tierra arrasada, triste y abusada.
    Si alguna vez fue la provincia del crecimiento y la abundancia, es porque la nación por cual fue fundada y desarrollada no era otra que España, la más grande, emprendedora y rica del planeta. Y ya irreductible a la península ibérica.
    Nuestra moneda, el «Real de a 8», era la divisa internacional por excelencia. Hacía las veces del dólar actual y era incluso la moneda de curso en el comercio asiático.
    Los venezolanos éramos parte de la nación más extensa de la Tierra. En el continente americano íbamos desde Argentina hasta Canadá. Llegamos incluso a poseer Alaska. Estados Unidos era pequeñísimo, su expansión ulterior se produjo sobre lo que habían sido tierras españolas.
    Pero España fue objeto de una conspiración múltiple. Fue atacada simultáneamente por Francia, Holanda y Gran Bretaña, y desde dentro por gente como Bolívar y San Martín, ambos en alianza con dichos países, con los que negociaron ingentes cantidades de riquezas del continente. Así montaron sus ejércitos, llenos de mercenarios y tropas extranjeras. Se enfrentaron a una población local orgullosa y leal a la Corona, compuesta por las clases populares, incluyendo la aborigen y la esclava.
    Y es que antes que venezolanos TODOS éramos españoles, tanto los nacidos en Europa como los nacidos en América. Esto fue así desde la conquista, aquella gran alianza geopolítica indígeno-ibérica. Con los mismos derechos gentilicios. Los esclavos traídos ulteriormente eran también españoles, estaban protegidos por leyes que les permitían comprar su libertad por el mérito y el trabajo, a condición de que asumiesen los deberes del nuevo estatus. Por eso no sólo había negros voluntarios en el ejército español, sino incluso negros Oficiales. Igualmente pasaba con los indios, eran tan españoles como el resto de los venezolanos y tenían aun más leyes protectoras. Nadie podía tocarles sus tierras. Eran realistas, y muchos también Oficiales.
    Los ejércitos de la Corona en el continente apenas contaban con ibéricos, estaban conformados casi totalmente por americanos. Pero fuimos traicionados por un grupo de mantuanos oportunistas que quisieron apoderarse de la región para proseguir con sus prácticas de contrabando, en un momento en que debieron defender nuestro reino, potencia del mundo gracias a la cual habíamos alcanzado ser la próspera civilización que éramos.
    Nuestra región fue descrita en 1800 –esto es, diez años antes de la revolución– por el sabio naturalista alemán Alexander Von Humboldt como «la región más próspera y apacible del planeta». La legendaria crueldad del imperio español es, pues, una leyenda. Es la gran mentira con que todos en la Venezuela republicana posterior fuimos adoctrinados, incluso antes de ir a la escuela. Curiosamente, a nuestro himno le ocurre tener un aire de canción de cuna, y es que al parecer de hecho era una, a la cual cambiaron el nombre y la letra.
    La propaganda anti española fue brutal, con ella se borró nuestro gran pasado. Fue orquestada y difundida en Europa por los reinos rivales y utilizada en las provincias por los separatistas. La historia que conocemos fue escrita enteramente por los actores triunfales de la conspiración. Una que no dejó nada en pie y que habiendo logrado la desintegración del continente vendía entonces un proyecto de integración tan ridículo como el de la Gran Colombia, una integración que ya existía ampliamente y había sido, precisamente, la gran obra del reino.
    El caso es que con la mal llamada «independencia» el continente quedó balcanizado en veinte republiquetas pobres y rivales, disputándose tierras y poder, en una región ahora completamente arrasada por las guerras y el pillaje. Los republicanos robaron todo, hasta las iglesias. Y también asesinaron a los curas como en la revolución francesa. Las élites que tomaron el poder reconstruyeron las ciudades y pueblos a base de expropiaciones. Los indios perdieron sus tierras. Fueron subastadas por los «patriotas» entre sí, únicos que podían comprarlas. Y por supuesto las disputas mantuanas intestinas por el poder se sucedieron de una generación a otra a lo largo del siglo XIX. Las guerras continuaron, pero entonces entre republicanos, como es típico entre codiciosos. Con ellas se condenó la región al atraso.
    Después de la «independencia» estas guerras se hicieron terribles hacia finales del siglo. Luego, en el siglo XX, apareció el petróleo, preciado fósil que le dio a Venezuela la impresión de que finalmente todo tuvo sentido, de que había un futuro a pesar del desastre. Pero con dicho rubro milagroso sólo aumentaron las pugnas domésticas y la corrupción, no precisamente la riqueza del nuevo país. En otras partes del mundo se produjo siempre con muchos menos recursos infinitamente más bienestar que en Venezuela. Todas las élites empoderadas desde la «independencia» le deben, pues, a Bolívar el poder que detentan. Y las «grandes familias» sus riquezas. De allí el culto al «padre de la patria», que es sólo el culto al padre de sus patrimonios envuelto en parafernalia de orgullo patrio.
    Después del más reciente y último Estado forajido bolivarista, Venezuela debe, pues, ser fundada sobre la base de un proyecto hispánico enteramente nuevo y deslastrado de toda simbología independentista decimonónica; es decir, no refundarse sino fundarse por primera vez como República. Si una reintegración al reino originario es anacrónica, también lo es volver a la 4ta. Venezuela no debe refundarse pues como 6ta, sino como 1ra. La 1ra República verdadera. Tal es la coherente misión a cumplir por quienes venzan en la guerra contra la actual tiranía.
    Pero… ¿tendrán suficiente consciencia histórica quienes venzan…? Me temo que no, pasarán muchos años antes de que sospechen siquiera quiénes originalmente somos; seguirán adorando a Bolívar en sus plazas y en un santiamén brotará el mismo bárbaro protagonismo.

II

    En 2025, todos los venezolanos seguimos siendo españoles. La grandeza de un imperio generador de vida, cultura y prosperidad, no se acaba con una independencia postiza, impuesta por vía conspirativa, ideológica, fratricida. Ni en 200 años, ni al cabo de 1000 más.
    La fuerza de una cultura poliédrica, sustentada en la lengua común, la diversidad de orígenes y la unión de mundos es prácticamente inmortal, trasciende toda maniobra oportunista. El discurso antimonárquico y antiimperialista de Bolívar fue un republicanismo tan falto de credibilidad que el proyecto de su codiciada República pasaba por someterla a los designios de otras coronas e imperios.
    No podemos acordarle ninguna ingenuidad a la ambición de nuestros «próceres». Nuestra independencia no fue siquiera el romántico error de una élite idealista, fue en cambio, como todos los documentos lo indican (incluyendo la famosa Carta de Jamaica), una consciente patraña mantuana, rica en hipocresía. Léase dicha epístola como un burdo argumento de venta remojado en retórica libertaria, la solicitud descarada de favores británicos para un repartimiento comercial ulterior. No sé qué mente saturnina pueda ver en tal documento una obra visionaria de filosofía política.
    Los herederos de dicha revolución sofista, para completar una traición que llamaron República, un secuestro que llamaron Libertad y una violación que llamaron Independencia, quisieron hacernos bastardos obligados, hijos de Bolívar, un ilustre «colectivo» a caballo. Pero somos anteriores a su republiqueta mantuana, bárbara y pre-chavista.
    Esta falsa identidad republicana que hoy portamos los venezolanos, que comenzó con el sometimiento de los abuelos de nuestros abuelos al culto de la independencia tras la barbarie secesionista, está condenada a caer estruendosamente como un edificio de yeso. A doscientos años de la bufa comedia, los venezolanos estamos por experimentar un despertar cataclismático.
    Saber quiénes somos históricamente explicará también, de cabo a rabo, ese elixir de viveza criolla y desgracia que es el chavismo. El reencuentro con nuestra hispanidad profunda es inevitable y sacudirá los cimientos de ambos montajes antiimperialistas de ayer y de hoy. Con la actual tiranía, ya podemos constatar que nosotros mismos, por haberla producido en el siglo XXI, somos forzosamente producto, como sociedad, de una aberración anterior, puesto que nada sale de la nada. Es lógico que algo muy similar al chavismo tiene que habernos ocurrido en el pasado.
    Para convencernos está por supuesto toda una documentación histórica, pero también el lógico ejercicio responsable de la inferencia. Basta con mirar hacia atrás en busca de algún hito u evento determinante, toparnos con el episodio más relevante (la independencia) y preguntarnos: ¿pero fue realmente algo tan bueno, puro y sano? Y si lo fue, ¿cómo es que una crueldad similar a la del yugo del cual nos liberamos (y que sólo sería inversamente comparable a la bondad del “Libertador”) puede emerger desde nosotros como nación libre en pleno siglo XXI? ¿No será que venimos arrastrando una fantasía de pueblo libre mientras vivimos una realidad de secuestrados?
    Difícil sostener que una nación supuestamente liberada de la crueldad que la subyugaba pueda reproducir, de la nada, una crueldad semejante. ¿No será la misma? ¿Y no pone ello, de por sí, siquiera en duda de qué lado se encontraba en efecto tal crueldad, tal barbarie?
    No quiero imaginar lo que hubiéramos sido sin el aciago triunfo de la sedición mantuana, el desarrollo que tendría hoy nuestra colosal América hispana, una sola nación en vez de veinte, no una parranda de fincas bananeras, sodomizadas con populismo y reguetón. Estos doscientos años son un gris segmento de atraso.
    Allá quienes se contentan con buscar lo bueno en todo y terminan convalidando cualquier ultraje histórico, atribuyéndoselo a no sé qué pasatiempo del destino. Se quiera o no, el chavismo es un elocuente coletazo de un error inicial, que no es veinteañero sino bicentenario. Henos ahora pobres, abandonados, descompuestos en un mundo que no pierde el sueño por nosotros, y al que más conviene nuestra quasi indigencia, que tenernos fuertes y soberanos. Y todo ello habiendo sido imperiales.
    De ahí que sólo nuestra hispanidad podrá salvarnos. ‪¿No habría que hacerle entender, pues, a cada venezolano su Real grandeza? No es venerando el 19 de abril ni el Acta de Independencia que vamos a lograrlo. Sería seguir confundiendo la realidad con las sombras de nuestra caverna.

‪X. P.

viernes, 16 de abril de 2021

EL NUDO MARÍN

EL NUDO MARÍN


Por Xavier Padilla



Uno de los ricos ancestros paternos de Simón Bolívar, Francisco Marín de Narváez (1620-1673), tuvo, con una presunta negra, parda o mulata, llamada Josefa María Martínez de Porras y Cerrada (1629-1669), casada con José Ramírez Arellano, una niña a la cual reconoció («hija reconocida: blanca de calidad»), quien muy pronto sería —a los 4 años— heredera (pues Francisco Marín de Narváez moriría) de su inmensa fortuna. Se llamaba María Josefa y se apedillaba, pues, como su padre, Marín de Narváez.

    María Josefa Marín de Narváez (1668-1692) era mestiza y rica. Y devino —por expropiación— futura bisabuela de Simón. Es ella quien origina el famoso «nudo genealógico Marín».

    Ocurre que el entonces Procurador y Alcalde de Caracas, Pedro Jaspe de Montenegro, designado en el testamento del padre de la niña (aunque sin parentesco alguno con él) como tutor «suplente» (en caso de morir la tía, tutora y criadora por defecto), decidió arbitrariamente, una vez huérfana, casarla lo antes posible (a los 13 años) con su sobrino, Pedro de Ponte Andrade Jaspe, para hacerse de su fortuna. Ni corto ni perezoso ante tamaña fortuna, el alcalde había decidido desconocer la tutoría testamentaria de la tía, María Marín de Narváez, con el pretexto de que las mujeres, excepto las madres y las abuelas, no tenían legitimidad para tal responsabilidad.

    Así, la niña María Josefa devino, por casamiento forzado e ilegal (con un confiscador designado para apropiarse de su fortuna), madre a los 15 años de la abuela paterna de Simón: María Petronila Ponte-Andrade y Marín (1684-1735). El espurio esposo de María Josefa, sobrino del rapaz Alcalde y padre de esta niña, confesó en su testamento de 1716 que antes de su matrimonio no tenía posesión alguna de bienes, y que dicho casamiento le convirtió instantáneamente en dueño de varias casas en la plazuela del convento de San Jacinto; de una hacienda de cacao en el valle de San Nicolás, en Barquisimeto; de otra de cacao en Nirgua (ambas con esclavos que «me fueron entregados por el dicho mi tío, como tutor que fue de la dicha mi mujer»), sin mencionar otras propiedades, como las minas de Cocorote…

    A María Petronila, fruto funcional de esta unión, mestiza pero inmensamente rica, luego la «cazaría» (más que casaría) Juan Vicente Bolívar y Martínez Villegas, abuelo de Simón. Qué importa un poco de sangre negra en el linaje si trae buena pasta, si luego todo se puede ocultar con pasta…

    Es de este robo a una niña de 13 años de donde proviene la mayor parte de la inmensa fortuna de los Bolívar, la cual para 1800 era tal vez la más importante de la provincia de Venezuela, y con toda seguridad una de las primeras de Hispanoamérica.

    Los Bolívar siempre trataron desesperadamente de obtener un título nobiliario, perdiendo en vano mucho dinero en su compra varias veces por no presentar todos los registros de su árbol genealógico, tratando de ocultar no sólo la impureza de sangre de su bisabuela, sino algo más grave aun: cómo la fortuna de esta pasó espuriamente a su descendencia. Los Bolívar fueron ricos, pero nunca pudieron ser nobles, quedaron atados a su robo, no lograron zafarse del nudo Marín.


X. P



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Fuentes:


• «Bolívar», Salvador de Madariaga, tomo I, 1951, Espasa-Calpe, Madrid, segunda edición 1975, págs. 54-57.


• https://www.geni.com/people/Mar%C3%ADa-Josefa-Mar%C3%ADn-de-Narvaez/6000000000250881028

miércoles, 3 de febrero de 2021

PARA TERMINAR CON EL MITO DE LA ESCLAVITUD COLONIAL EN VENEZUELA


PARA TERMINAR CON EL MITO DE LA ESCLAVITUD COLONIAL EN VENEZUELA 

Por Xavier Padilla 

Para  terminar con el mito de la esclavitud colonial en Venezuela, tan útil a la retórica en que se funda nuestra república, tomad papel y lápiz:

En 1810 el ejército de la monarquía española en la Capitanía General de Venezuela estaba compuesto por 3 mil europeos y 10 mil americanos. Casi todos estos militares americanos, que sumaban más del triple que los peninsulares, eran indios, mulatos, zambos o negros libres, pero no esclavos. Los esclavos de esta provincia española, que eran un poco más de 70 mil, eran todos, al igual que los indios, realistas. Ulteriormente, unos 10 mil de estos esclavos también tomaron las armas para defender a la Corona, cuando hubo que hacerlo. Todos al ejército español y a las filas de Boves.

    Esta lealtad de los indios y de los negros (esclavos o no) fue siempre la más terrible bofetada, el más patente desmentido al discurso revolucionario de los llamados «patriotas». Sólo un insignificante número de esclavos traidores a los intereses de su clase abandonó su condición para seguir a la cause de sus amos separatistas. La casi totalidad de los que tomaron las armas lo hizo en defensa del Rey.

    Ello es consecuencia lógica del trato y los beneficios de que gozaban en Venezuela. El concepto y práctica de la esclavitud no eran los conocidos en Europa. Las leyes españolas diferían de las leyes y prácticas de aquellos gobiernos coloniales. Y fue esta diferencia la que produjo la gran lealtad de los esclavos hacia el régimen monárquico. ¿Pero cómo es posible semejante contrasentido? Simplemente tenemos una imagen equivocada de los imperios, los creemos de un solo tipo: el depredador.

    Ignoramos, y nunca imaginamos, que también existe otro tipo de Imperio: el generador. Tenemos una visión maniquea de la historia y al parecer hay intereses que han hecho predominar en la sociedad nuestra imperiofobia. En el caso de Venezuela, toda valoración positiva de su «independencia» depende de una valoración negativa del imperio español.

    ¿Pero fue realmente un imperio cruel o se trata de una demonización al servicio de la narrativa independentista? ¿Es siempre la versión del vencedor necesariamente cierta, o es más bien un complemento previsible en su ejercicio del poder? En otras palabras, ¿ganan siempre los buenos? O mejor aun, ¿sólo triunfa la verdad?

    La historia real se verifica en los hechos, no en el relato de quienes vencieron en algún conflicto bélico y escribieron la historia. Ello no significa que los justos no puedan vencer, pero los hechos también pueden ser deliberadamente sepultados por quienes detentan el poder institucional para hacerlo si no se corresponden con la narrativa del vencedor que les legó dicho poder. Para ello está la revisión factual, la investigación histórica, objetiva de los hechos.

    Como podemos imaginar, por definición la idea misma de revisión histórica no carece de detractores y es también demonizada sistemáticamente. Lo cual, lejos de hacer de la revisión histórica un tabú constituye un incentivo para emprenderla.

    La consideración de todas las fuentes históricas es un deber de principio y el ejercicio de tal deber demuestra que las fuentes más incuestionables no siempre son las más conocidas ni las más «oficiales». Incidentalmente, en Venezuela contamos con una fuente factual especialmente importante por su solidez testimonial, por su veracidad histórica y su coherencia y racionalidad argumentativa. Pero es de las que no peinan al poder post-independentista en el sentido de su pelambre, y por ello éste la mantuvo fuera del conocimiento público en nuestro país por 192 años.

   José Domingo Díaz es esta fuente. Una sólo conocida de los historiadores venezolanos y administrada por la Academia Nacional de la Historia. Deliberadamente restringida al ámbito de esta institución eminentemente bolivarista, se trata sin embargo de la fuente que cuestiona y derrumba todo el aparato republicano. José Domingo Díaz es el testigo criollo mejor informado e implicado de la época, no sólo por su activismo periodístico y otras iniciativas que tomó en medio de las guerras secesionistas —que hoy conocemos como «de independencia»—, sino por habernos legado en 1829 un libro explosivo que el poder republicano supo ocultar desde entonces. El autor tuvo además, en sus desempeños previos al conflicto, a su disposición durante años los archivos oficiales de la Provincia de Venezuela (¡los de todo un siglo!).

    Es así como este testigo clave de nuestra historia nos cuenta en su obra Recuerdos Sobre la Rebelión de Caracas (1829) —entre muchas otras cosas de una importancia tan incalculable como desconocida por los venezolanos— lo siguiente a propósito de la esclavitud:


« Sólo el nombre del rey les ha hecho soltar la azada y el arado, para tomar la lanza y el fusil. El ejército de Boves, en la segunda batalla de La Puerta, contaba un gran número de ellos que voluntariamente se habían presentado a su ser­vicio, y que volvieron a sus labores del campo y al de sus amos concluida la campaña, sin que nada les hubiese detenido. Esta conducta, que parece un fenómeno de la sociedad, fue la conse­cuencia necesaria de los bienes que gozaban en Venezuela, en esa esclavitud que espanta en Europa; porque no la han considerado bajo las leyes españolas en aquellos países, sino bajo el terrible gobierno colonial de los extranjeros. Aquellas leyes que son el modelo de un gobierno paternal, y la expresión de los sentimientos más generosos de un soberano debieron producir, como produjeron, tan noble y constante adhesión de los esclavos hacia él. Los esclavos de Venezuela no eran aquellos seres degradados que se ven en otros países, y sobre los cuales sus amos tienen aún el derecho de vida. Ellos en su condición eran tan felices cuanto era posible serlo. Sus tareas eran tan moderadas, que un esclavo activo las concluía para las doce del día. El resto de él y todos los de fiesta estaban a su disposición. Cada cabeza de familia tenía como de su propiedad, en el mismo terreno de su dueño, aquel espacio que podía cultivar, sin que éste pudiese disponer de sus frutos ni de su trabajo. Era una propiedad tan sagrada como la del hom­bre libre. Los amos estaban obligados a darles diariamente su correspondiente alimento, y a asistirlos en sus enfermedades, pagando cuanto era necesario a su asistencia; y a suministrarles anualmente dos vestuarios completos para el trabajo, y uno para los días festivos. Los amos estaban también obligados a asistir debidamente a las negras en sus partos, cuyas tareas se disminuían proporcionalmente según su estado. Los amos también lo estaban para satisfacer a los curas párrocos todos los derechos parroquiales de bautismos, entierros, etc., los cuales eran un equivalente de la cantidad con que les contribuían bajo el nombre de estipen­dio. Esta cantidad era generalmente de doscientos pesos fuertes anuales [20.000 €] por aquella denominación, y cincuenta [5.000 €] para la oblata. Se repartía entre todos los dueños de las haciendas de la parroquia, y regularmente tocaba a dos reales o dos reales y medio [200 € o 250 €] por cada esclavo. Los amos estaban del mismo modo obligados a defender en justicia a sus esclavos en todas sus acciones civiles criminales, pagando todos los costos que se ofreciesen. El que se desentendía legalmente de esta obligación, se des­prendía del derecho de propiedad. El esclavo era en cierto modo considerado como un menor. Era muy posible que algunos amos quisiesen ejercer para con sus escla­vos mayores derechos que los que las leyes les señalaban; y para impedir este abuso, ellas les habían designado un protector de su justicia. Los síndicos procuradores de los ayuntamientos tenían este encargo, que desempeñaban con vigor e integridad. Los castigos correccionales de los esclavos no dependían del arbitrio de los amos; estaban igualmente designados por las leyes y ordenanzas, y la Real Audiencia vigilaba en su cumplimiento sin respetos ni consideraciones [hacia la nobleza ni la burguesía]. En fin, los esclavos de Venezuela no eran aquellos cuya pintura se hace en la Europa, las leyes españolas los protegían, y desde su alto trono soberanos conocidos en todo el mundo por su religión, piedad y beneficencia velaban en su felicidad. ¡Cuán dignamente ellos han correspondido!».


Ahí tenemos, pues, otro mito más del republicanismo bolivarista echo trizas. El «cruel esclavajismo español» es una burda ficción. La «independencia»: doscientos años de falso discurso igualitarista, antiimperialista, indigenista e hispanófobo.

    Algunos pensarán que el testimonio de José Domingo Díaz es una apología de la esclavitud. Para información de quienes hoy, desde el siglo XXI, estiman inconcebible siquiera la defensa de cualquier forma de esclavitud, la trata de esclavos era en el siglo XIX (y en todos los anteriores a él en la historia universal) corriente y no comenzaba en los imperios sino a nivel doméstico en el propio África y por los africanos.

    Contrariamente a lo diseminado por la leyenda negra anti española, ni la compra ni el comercio de esclavos fueron actividades representativas del imperio español. No siendo un imperio depredador o de extracción, sino generador y civilizatorio, no instaló en América colonias (que son verdaderos campos de concentración) sino que fundó provincias (o territorios para la expansión del reino), donde evolucionar él mismo como Nuevo Mundo, más siéndolo que poseyéndolo.

    Por eso la construcción de universidades, por eso la cristianización, por eso el mestizaje. Por eso todo lo que no hace ningún imperio depredador, como de hecho no lo hizo ninguno de los otros imperios en sus colonias, en sus campos de concentración.

    Gran Bretaña, mientras exterminaba —ella sí— a la población local (razón por la cual virtualmente no hay en Estados Unidos población nativa ni mestizaje) construyó su primera universidad —Harvard — en 1636, dieciséis años después de llegar a las costas norteamericanas, y estaba reservada exclusivamente a los asentamientos anglosajones, al hombre blanco; eso fue 98 años después de la primera universidad fundada por España en América. Gran Bretaña no fundó su segunda universidad en América sino 53 años después de la de Harvard. Pero desde 1538 España venía fundando universidades a razón de una nueva por década. Para 1810 el número de universidades españolas en América excedía el de todas las existentes en Europa entera.

    El español peninsular re-localizado en el continente no sólo no escapaba a la fusión de razas y culturas sino que lo tenía así encargado desde los inicios de la conquista, por la reina Isabel de Castilla. La educación no era para el hombre blanco sino para todos, incluyendo su heterogénea familia, ahora compuesta de blancos, negros, indios y todo lo intermedio.

    Sólo la nobleza y la burguesía se cuidaban del mestizaje, y es precisamente de un reducto de esta élite que surgió la sedición secesionista. Pero aparte de esta minoría oportunista, entre cuyas motivaciones anti imperialistas estaba deshacerse de la estresante vigilancia y protección de la Real Audiencia sobre los derechos de sus esclavos, éstos gozaban de suficiente bienestar como para defender su calidad de vida, lo cual estaban dispuestos a hacer a través de la defensa del Reino, ese estado protector que les garantizaba techo, alimento, vestido, propiedad, salud y… cierta libertad.

    Quién sabe si tal vez debamos el desarrollo de la gran riqueza musical afrovenezolana y otras expresiones artísticas, en parte a esa «cierta libertad» que sólo puede ser consecuencia de una suerte de vanguardismo político, de un proyecto imperial sui generis cuyo cristianismo (base de la doctrina moral Occidental, declinada en humanismo) ya estaba cristalizado a nivel jurídico a comienzos del siglo XIX (Leyes de Indias), dando resultados plenamente positivos a una altura óptima de la historia, cuando irrumpió desafortunadamente en nuestra patria la nefasta influencia del «terror revolucionario» francés (más de 200 mil guillotinados, sumados a más de 300 mil civiles exterminados en el genocidio de La Vandée, a nombre de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, de 1789).

    Fue cuando en Venezuela un grupúsculo mantuano pudo entonces hacerse amo y señor —al estilo revolucionario galo— de la provincia exterminando a poblaciones civiles enteras al grito de «tierra arrasada», liderado por la ambición de un bipolar napoleónico de manufactura británica: Bolívar. La flamante «independencia» acabó con la exuberancia de aquella tierra, «la más apacible y próspera del planeta», tan admirada por Humboldt en el año 1800.

    Adiós para siempre las cartas directas del Rey, ocupándose personalmente de la justicia y el mérito en sus provincias ultramarinas, como aquella misiva Real en que rechaza con su firma las objeciones mantuanas contra el estatus de «Señoras» acordado por él mismo previamente a las hermanas Vejarano, tres negras esclavas caraqueñas cuyos prodigios en el arte de la repostería les valiera la fundación de una empresa, una patente y una celebridad local (ahora monarcal). Adiós a todo ello…

    La República en cambio evidenció su fracaso al no superar el nivel de vida anterior a la «independencia», que contrariamente a lo prometido por sus próceres ni siquiera se dignó abolir la esclavitud.

    El único legado de la «independencia» y de su resultante republiqueta (que junto a las otras 19 sólo consiguió la balcanización y el ínter rivalismo del continente —aparte de la muerte de un tercio de la población venezolana—) es un culto bolivarista hueco, anti histórico, preciado indistintamente por ambos chavismo y socialdemocracia: esos dos esperpentos negrolegendarios que reflejan nuestra presente bárbara desgracia.


X. P.

jueves, 10 de septiembre de 2020

INEFICIENCIA EXITOSA Y PLANIFICADA


INEFICIENCIA EXITOSA Y PLANIFICADA 


Por Xavier Padilla 


Venezuela era también una potencia en gas. Ahora lo será en leña. Un amigo ingeniero, mención en perforación de pozos, me explicó que la vida útil de un pozo de gas es de aproximadamente 170 días, durante los cuales hay que perforar el siguiente que esté listo para operar. Cada pozo extrae entre 5.000 y 7.000 barriles diarios. Pero ya prácticamente no se hacen perforaciones y los pozos se cierran. Hoy sólo trabajan en Venezuela 35 Garzas de hierro de más de 13.000 que había, y de esas 35 no hay dónde almacenar su producción, los tanques están dañados.

    El país ha llevado tanta leña que es al parecer lo único que le queda. Sin entrada de gasolina está al borde del abismo. La arrogante clase política interina, por su parte, en vez de conminar al mundo, mostrándole que la tiranía narco terrorista es un conglomerado armado al margen de cualquier estatus político, y que el restablecimiento del Estado venezolano pasa por la erradicación física de tal conglomerado; y que ya se ha intentado todo el resto, que ninguna diplomacia ni mecanismo de presión distinto de la fuerza militar lo hará abandonar el poder; dicha clase parasitaria en cambio, digo, está más pendiente de asegurar su reconocimiento (a pesar de una gestión inexistente) y de echarle manos a los dividendos financieros del apoyo internacional, que de hablarle claro al mundo, que es para lo cual debería servir su mediación entre él y el país (al cual literalmente desrepresenta).

    La razón de que no haya otra manera que una acción bélica para sacar a la tiranía es de fondo, y está lejos de ser entendida por esta falsa oposición (en caso de interesarle): la destrucción de Venezuela obedece a un plan, no al nuevo fracaso de un modelo sobradamente fracasado. Se trata de una destrucción inducida que ha sido todo un éxito al haberse creado planificadamente las condiciones ideales para transferir de manera legal y progresiva la explotación de las riquezas de la nación a una coalición de países aliados que forman un bloque neo-comunista, decidido a arponear la hegemonía estadounidense y a subvertir el orden cultural Occidental, que es grosso modo un sustrato en evolución de los valores morales del Cristianismo.

    El crimen del chavismo es haber vendido Venezuela a esta cruzada anti occidental, haberla hecho instrumento y punta de lanza de dicha destrucción. Hugo Chávez recorrió el mundo como un magnate del socialismo ofreciendo a Venezuela como supuesta «heroína» voluntaria en la destrucción —a realazos— del capitalismo.

    Lógicamente, forzarla a ser protagonista de ello pasaba por sacrificarla. Para ganar su entrada al club, con pomposidad de ranchero malgastador, el galáctico de la sabana se daba el tupé de ofrendar como una virgen a Venezuela (es decir, las mayores reservas de petróleo del mundo) al Dios de la revolución. Y todo para complacer sus complejos de chorlito bananero.

    La aceptación del proyecto fue instantánea y aplaudida por los interesados extranjeros, y fue puesto en marcha sin demora alguna. Hay que saber que lograr la desaparición de países es necesario en el dogma internacionalista del comunismo, allí la única patria es la patria mundial del proletariado, en función de la cual las naciones particulares no sólo pueden, sino que deben desaparecer.

    Entregar el manejo de toda la riqueza de Venezuela a la sociedad del futuro (à esa Comuna utópica de los tiranillos trasnochados, que es en realidad la granja de sus sueños) requería que antes de ello Rusia y China tuviesen derechos que reclamar y defender en ella. Venezuela: un puerto de beligerancia corrosivo en las faldas del «Imperio». En el mero centro del continente y del hemisferio. Era lo que intentó Fidel en Cuba, pero sin contar con el país perfecto, uno ya subconscientemente adoctrinado —por su antepasado bolivarista— en la veneración de las revoluciones, como Venezuela; uno sumamente ignorante de su verdadera historia, ingenuo y rico; uno que fuese, como el nuestro, producto republicano de una leyenda negra antiimperialista.

    Venezuela simplemente es un país perfecto para estar viviendo lo que actualmente vive, una tiranía. Su desgracia es coherente con una casta política opositora que no cuenta con la cultura para deslindarse del régimen sino apenas vivir parasitariamente a sus expensas. Se trata de una clase incapaz de siquiera esbozar el problema, de ver otra cosa en el régimen que ineficiencia y corrupción, y beneficios que recoger de los escombros; tan incapacitada para el desafío histórico que enfrenta el país que a pesar de las pistas que le son puestas en bandeja de plata no ve otra cosa en el régimen que una dictadura, aun cuando las dictaduras no se caracterizan por tener un pelo de ineficientes en el manejo de las riquezas, todo lo contrario. Ésta, que no es dictadura sino tiranía, sabe perfectamente lo que hace: hacerle creer y repetir a estos oportunistas que todo es culpa del socialismo en tanto que modelo fallido, inviable y sumido en la ineficiencia, y que por tal ineficiencia hasta sus aliados rusos y chinos un día la abandonarán y caerá solita. Lo otro es dejarlos aprovechar de las oportunidades de esa ineficiencia.

    ¿Es esta casta ignara, manipulada a través de sus propias flaquezas, la que cuenta salvar a Venezuela? Sin enterarse de su propia estupidez sólo puede conducirnos al abismo. Jamás será capaz de aportar el verdadero relato. La ineficiente es ella.

    Además, siempre pasiva, sin más propuesta que salirle al paso a las iniciativas del régimen con contra marchitas, comunicados y consultas redundantes, es obvio que se sabe embarrada y sólo busca salvarse.


X. P.