viernes, 1 de marzo de 2024

Todo ex-país deviene quincalla



Por Xavier Padilla 

¿A que es cierto que al oír la palabra «independencia» los venezolanos pensamos en «yugo» y en «cruel imperio español»? Haber usado «independencia» en vez de «secesión» fue para los vencedores de aquella hecatombe triunfar también en el plano de la propaganda. Decir la verdad, que era una «guerra civil» (auspiciada además por Gran Bretaña), era perder el país. Había, pues, que llamarla «independencia».

    Estos jóvenes ricos y privilegiados de la oligarquía mantuana, a quienes el ocio de sus vidas mundanas y afrancesadas les imponía una revolución contra el aburrimiento, estuvieron así obligados a mentir no sólo para montar aquella guerra, sino acerca de qué tipo de guerra fue la que luego ganaron: no una civil, sino una asistida de principio a fin por potencias extranjeras. Para montarla, pieza por pieza, primero se escondieron detrás de una falsa defensa del Rey Fernando VII, cautivo por Napoleón, pasando enseguida, sin rubor, y a punta de sofismas históricos, a una ofensiva incomprensible contra la Corona; ofensiva liderada desaforadamente por un joven Bolívar fuera de sí, resentido hasta el paroxismo, basada en falsas reivindicaciones, totalmente ficticias y negro legendarias, alegando una letanía de supuestas discriminaciones de las que él mismo era un desmentido encarnado. Luego, ya entrada la guerra, resulta que esta era entonces contra un extranjero invasor, contra un intruso (¡España!), no contra sus propios paisanos caraqueños, venezolanos, que defendían a su Rey, a su Corona.

    Al final de la guerra, tras el triunfo de esta revolución importada, aun menos iban a llamarla los conjurados una guerra interna entre separatistas y unitaristas. Ya, como toda farsa, desde el comienzo le habían cambiado el nombre. Fue Bolívar, prácticamente solo, quien inventó que éramos una colonia en vez de una provincia, es decir, quien decretó que existía lo inexistente (la colonia) y quien, para que lo existente (la provincia) no existiera, la aniquiló. Decidió el lanzamiento de esta guerra civil inventándola de la nada y llamándola por otro nombre. Luego, después de un primer y torpe fracaso militar contra el orden popular, que eminentemente realista, y que le salió al paso y lo obligó a huir por mar, regresó desde occidente convertido en un Atila demente, poseído por el espejismo de una colonia inexistente, decidido a crearla en el acto mismo de aniquilarla.

    Así, a falta de monstruos contra quienes aplicar su terror, fue inventando estos a su paso. A su llegada a Caracas escribió: «…marché sin detenerme por las ciudades y pueblos de Tocuyito, Valencia, Guayos, Guacara, San Joaquín, Maracay, Turmero, San Mateo y La Victoria, donde todos los europeos y canarios casi sin excepción, han sido pasados por las armas». Así lo confesó con orgullo neronino en carta al separatista Congreso de la Nueva Granada, el 14 de agosto de 1813. Su primer asesinato en masa de civiles, inaugurado por decreto 60 días antes de esta misiva, de la cual, valga el paréntesis, curiosamente el Archivo oficial en línea del Libertador, en manos del «gobierno», presenta una redacción distinta a la citada más arriba, de 1859, del historiador colombiano José Manuel Restrepo, quien sin duda tuvo acceso al documento original. En la bolivarista versión en línea no fotografiada sino digitalizada (documento 304, Correspondencia Oficial, período 7AGO AL 31DIC 1813) faltan las tildes arcaicas reproducidas por el historiador, y no leemos «donde todos los europeos y canarios casi sin excepción, han sido pasados por las armas», sino «donde todos los europeos y canarios MÁS CRIMINALES han sido pasados por las armas» (http://www.archivodellibertador.gob.ve/escritos/buscador/spip.php?article9861). Vaya discreta diferencia…

    Otra misteriosa particularidad en este Archivo del Libertador en manos del «gobierno» venezolano es la ausencia de la Gaceta de Caracas núm. 52, del 3 de enero de 1816, redactada por José Domingo Díaz y dedicada a Boves. Menuda y elocuente «omisión».

    El punto es que la República arrancó y se mantuvo a base de una interminable serie de invenciones y adaptaciones acomodaticias que se proyectan al infinito, burbuja dentro de la cual nosotros hemos estado viviendo por dos siglos sin saberlo (mediocrizados y engrupidos).

    ¿Luego cómo pedirle peras al olmo…? Al venezolano lo encapsularon en los conceptos de Independencia y Libertad, y luego lo obligaron a tragarse a sí mismo en esa capsulita feliz.


    Independencia y Libertad son palabras positivas, perfectas para mentir. Demasiadas generaciones ha pasado el venezolano embaucado en esta propaganda, creyendo que su país realmente fue liberado y que es la «cuna de la libertad»; que Bolívar, «El Libertador», además le transfirió una especie de pedigrí paladinesco, libertario. En consecuencia, ahí tenemos a la criatura, el venezolano, un individuo que se siente superior, sobrado. Lo hemos visto recientemente invadiendo fronteras guapetonamente, bandera en mano y sobre todo creyendo dejar el gentilicio en alto…

    A tales logros creativos de la personalidad idiosincrática llegó una propaganda que no fue lanzada en territorio baldío, sino predispuesto, con seres vegetantes plácidamente prendidos a la exuberante naturaleza del entorno, en la edénica variedad de cinco climas para el disfrute. Oh corral perfecto para la granja humana, pronto dócilmente auto convencida de pertenecer a un linaje superior. Como remate, en los años 60 y 70 del siglo XX llegaría a los venezolanos la confirmación de su origen providencial en la forma de una inaudita bonanza petrolera, con la que ningún otro país del continente podía soñar siquiera. Hete pues aquí al venezolano resumido: hijo del Libertador, dueño del Paraíso, y rico sin mover un dedo.

    «Un portento envidiable», que ya parecía felicitarse para sus adentros. No obstante, sabemos cómo terminan estos fiascos, estos paraísos huecos cuando se carece de una historia real que sustente el discurso aprendido, y donde las bases culturales para enfrentar las circunstancias brillan por su ausencia. Terminan indefectiblemente en un desastre como el presente, en que todo está apoyado únicamente en propaganda y falsa academia.

    Nuestro pillaje original, es y ha sido nuestra única escuela. El modelo histórico reciente y empírico de nuestra naturaleza. No otro ha sido el ejemplo recibido en doscientos años, sino esta cultura caudillesca: saqueo, expropiación, despilfarro. No iba a convertirse luego por arte de magia, de la noche a la mañana, en otra cultura distinta frente a la citada bonanza. El país se vino abajo con una rapidez prodigiosa, proporcional a la viveza criolla «independentista», «libertadora». Quedamos en bandeja de plata para la depredocracia socialista y sus caudillos de la venganza, que venían calentando los motores de sus podadoras humanitarias y entraron al rescate del pueblo (su manjar) a la hora H ataviados con los símbolos inagotables del mismísimo republicanismo bolivarista inicial.


    A estos símbolos una sociedad pre-condicionada para el adulamiento los esperaba con los brazos abiertos. Henos pues de lleno en la dimensión del eterno retorno de las taras adultas, nivel autónomo, soberano. Los triunfos revolucionarios comienzan siempre por una repartición de gratuidades, el resto del decorado lo completa la sensiblería patria y libertaria, basada nuevamente en nada real. El ex-país deviene quincalla.


    Pero entonces explota la realidad. Y el enfermo no mejora, su reacción es hacer un comercio del infortunio. Surgen las campañas plañideras. Otros hacen sus agostos convirtiendo la desgracia en auto promoción artística; algunos hasta ofrecen servicios jurídicos fraudulentos al emigrante.


    Y es que la viveza criolla trasciende siglos y diásporas. Es la misma viveza criolla de los criollos separatistas de 1810, con la cual se fundó Venezuela en República por fuerza y exterminio. Ya un tercio de la población pereció, mientras que otro huyó por su vida. Ambos expelidos por una viveza congénita que luego se hizo monumento auto blanqueado en perfiles de próceres romanizados, en mármoles encargados a París y Florencia, en mitología épica oficialista, en educación histórica artificiosamente pétrea.


    Pero el tamaño de la farsa se mide por el presente. El fiasco comenzó en el siglo XIX con el oportunismo de una minoría hacendada, megalómana, privilegiada, contrabandista, esclavista, afrancesada. Esclavista. En el caso de Bolívar, resentida.

    Un antiimperialismo por teoría, un desastre parricida por práctica. Una revolución llegada al poder para no hacer otra cosa con él… que nada. Una letanía destructora, grandilocuente, pero auto excusatoria, victimista. Justo como la chavista del presente. Los mismos efectos, por las mismas causas.


    ¿No se necesita como mínimo una sociedad consciente?


    Cómo duelen los venezolanos, no están equipados para entender el universo ficcional en que fueron moldeados. La ignorancia en que han flotado por generaciones al margen de la realidad histórica los trasciende.


    ¿Cómo van a rebelarse, sin volver a ser recuperados por los mismos de siempre? Con esa gigante muralla simbólica de la independencia que ellos mismos proyectan al levantarse, y que antes de pestañear los separa de España, no hay paso posible hacia la hispanidad, acercamiento viable hacia la fuerza real que les dio el ser.


    Ningún contacto con su identidad profunda, constructora de mundos sin precedentes, fértil por sus propios méritos, no por bonanzas caídas del cielo, aun menos por salvadores improvisados en sustitución de la Cruz de Borgoña.


    Hay que sacar pues al intruso interior, ese intermediario hacia la nada…


    Menuda tarea en tan adverso, hostil y quasi amazónico follón.


    Demasiada empresa, ciertamente, mas no imposible para el genio español (a condición de que lo ubiquemos dentro y expulsemos al usurpador).


    Cuestión de fe y de hacer. Historia probada, con creces. Mandato isabelino, vigente…


X. P.

viernes, 17 de marzo de 2023

Malandros Finos, Privilegiados



Por Xavier Padilla 

Los «próceres» usaban un lenguaje que muchos aún no reparan en lo extremadamente demagógico (además de prestado) que era. Les venía al dedillo el delirio francés de unos Derechos del Hombre que despenalizaban el robo y convertían la revolución laica en religión de Estado (y al Estado en rebatiña); el delirio de un racionalismo al servicio de la guillotina; el de un igualitarismo que despedazaba.
    Me preguntan a menudo si Páez, a diferencia de Bolívar, era bueno. Lo siento, nadie se salva. Hay que entender que todos los que participaron de la idea de «independencia» fueron unos traidores y oportunistas que quisieron quedarse con la región y repartírsela. Mejor dicho arrebatársela entre sí como hienas ensangrentadas.

    Si a ello le llamamos independencia, entonces aplaudamos cualquier secuestro, expropiación, robo, violación y genocidio. Todo ello junto fue justamente lo que hubo en Venezuela.

    ¿Nos basta con que los «próceres» escribieran bonito? Malandros refinados, privilegiados. Olvidémonos de salvar a nadie y de ver si salvamos con alguno a la república. Todos estaban en lo mismo: la traición.
    La república simplemente no se justificaba implantarla, porque España no había significado jamás ningún yugo, ningún despotismo. Ese fue el cuento chino de ciertos mantuanos.
    El despotismo lo tenían ellos (piratas de tierra) contra sus esclavos y subordinados; un despotismo que a la primera oportunidad pusieron al servicio de sus intereses sin vacilación. El zarpazo lo dieron durante el asedio de Napoleón a la península. Algo sumamente bajo como llamarlo «gesta».
    Ya es hora de que redescubramos la verdadera historia, de que entendamos que la escrita por ellos no tiene un pelo de veracidad; que la falsa grandeza de un mito no convierte en verdad un relato inventado. Ni funda naciones verdaderas.
    A muchos les encanta acurrucar sus egos en mitos heroicos, así hayan sido impuestos por sanguinarias tiranías. Les basta, para considerarlos como verdades, que tales mentiras les enaltezcan el gentilicio. Ni hablar cuando se trata de los supuestos descendientes de estos seres semi-divinos. Comienzan a sentir dicha grandeza correr por sus venas. Adoptan un tono magnánimo, como poseídos de una personalidad trascendental. Son casos psiquiátricos. Contrariamente al proverbio bíblico, a estos descubrir la verdad ya no los salva, los mata.
    Mejor que ni se enteren de que todo comenzó en Europa; de que la mentada inmortalidad de sus ancestros viene de un asunto mucho más pedestre; que la susodicha gloria en realidad bajó desde Gran Bretaña, Holanda, Francia y Alemania por los puentes de la masonería y el protestantismo. Un verdadero elixir de cloacas. De conflagración geopolítica extranjera. Muy variopinta y nada pintoresca.
    «Próceres» cipayos locales promovidos desde otras tierras. ¿Sus estatuas en el viejo continente? Ahí las tenemos, eran una promesa. Mirarlas nos hace creerlas.
    Neo-iluminados de la selva, suerte de pre-pagos aspirantes a europeos. ¿No había ya susurrado un influencer de la época al oído de un niño rico (cuya arrogancia no le cabía en el pecho): «Hispanoamérica ya está lista para la libertad»?
    Dandis ultramarinos que apenas machucaban el inglés y el francés, pero que hablaban bellamente en sus cartas y proclamas la lengua cervantina, mientras perpetraban sus genocidios fraticidas y parricidas, hoy llamados hazañas.
    A muchos ahora, repito, les basta la pomposidad de tales documentos. No captan la demagogia de sus frases, meros parches para tapar atrocidades. Nuestra república no es el resultado de una gesta gloriosa independentista, sino de una vergonzosa conspiración separatista. Nació por violación y somos, por ende, un país bastardo e inventado a cuya población sobreviviente se le practicó una amputación total de la memoria y se le implantó otra. Por eso no sabemos quienes somos.
    Nos cambiaron nuestro origen provincial hispanoamericano (junto con lo importante que ello era en el mundo) por una falsa historia de mancillada y atrasada colonia española. Inferiorizados, quedamos optimizados para la nueva hegemonía anglosajona.
    Pero éramos provincia, no colonia, y cada provincia era, ella misma, España, es decir una versión de aquella nación imperial y múltiple, virreinal y diversa, la más novedosa y próspera del planeta.
    Por definición había más novedad en el Nuevo Mundo que en el viejo. La metrópolis estaba más interesada en el desarrollo de esta novedad allende el Atlántico que en el rancio revanchismo europeo, sobre todo el de los auto iluminados decimonónicos en desespero. Esto a la Corona no le interesaba para nada, llevaba tres siglos construyéndose otro universo nuevo, con éxito.
    Pero llegó el horror, nuestro continente quedó arrasado, desmembrado tras las guerras. Venezuela perdió un tercio de su población, los «patriotas» saquearon hasta las iglesias. Bolívar mismo asesinó a un montón de curas en Angostura, sus tropas violaron, saquearon, quemaron en toda la región templos con gente dentro. En cuatro días exterminó a 2.400 prisioneros civiles a machetazos y en hogueras. Porque no sólo había importado para su personal guerra la casi totalidad de sus tropas, sino también —y sobre todo— la ideología de la revolución francesa, el terror de Marat, el infernal Comité de Seguridad (el mismo que había ordenado quince años antes el exterminio de la Vendée y que sin duda también inspiró a Bolívar el ordenar el de Pasto). Leamos el parte de guerra del general francés Westermann a dicho Comité:
    «No hay más Vendée, ciudadanos republicanos. Ella murió bajo nuestra espada libre, con sus esposas e hijos. La acabo de enterrar en los pantanos y bosques de Savenay. Siguiendo las órdenes que me diste, aplasté a los niños bajo los cascos de los caballos, masacré a las mujeres que, al menos ellas, ya no darán a luz a bandoleros. No tengo un prisionero que recriminarme. Lo borré todo. Un líder de los bandoleros, llamado Désigny, fue asesinado por un sargento. Todos mis húsares tienen jirones de estandartes de bandoleros en las colas de sus caballos. Los caminos están sembrados de cadáveres. Son tantos que, en varios lugares, forman pirámides. Hay fusilamientos constantes en Savenay, porque a cada momento hay bandoleros que pretenden hacerse prisioneros. Kléber y Marceau no están. No hacemos prisioneros, porque habría que darles el pan de la libertad y la piedad no es revolucionaria».
    ¿Se entiende entonces que el salvajismo de Boves tal vez no era gratuito? Lo precedía el Decreto de Guerra a Muerte. ¿No había dicho ya Bolívar sin rubor alguno: «Después de la batalla campal de Tinaquillo [del 31 de julio 1813] marché sin detenerme por las ciudades y pueblos de Tocuyito, Valencia, Guayos, Guacara, San Joaquín, Maracay, Turmero, San Mateo y La Victoria, donde todos los europeos y canarios casi sin excepción han sido pasados por las armas»?
    Pero la sanguinaria, claro, era España, la de sus abuelos…
    Bolívar hizo triunfar por las armas la leyenda negra anti española, no la libertad, y a su «independencia» lógicamente sólo pudieron seguirle cien años de guerras intestinas por el poder. Y luego otros cien de corrupción.
    Henos, pues, como sólo podíamos estar.

¿Qué nos sorprende?

X. P.

sábado, 24 de diciembre de 2022

La Navidad Negra de Pasto


Por Xavier Padilla 

Hace exactamente 200 años, la ciudad de San Juan de Pasto, en Colombia, fue arrasada junto con su población, que era mayormente mestiza y realista, por órdenes de Simón Bolívar. Es el abominable hecho conocido como la «NAVIDAD NEGRA».

    Sucre fue su encargado para realizar este genocidio, una de las mayores atrocidades de la «independencia» que la historiografía bolivarista se ha encargado de borrar. Como era su costumbre, Bolívar daba órdenes y se mantenía a salvo en la retaguardia, enviando a subalternos a la acción. Pero en este caso, habiendo sido informado del éxito de la operación, no siguió molestándose en aparentar prisa, tomó todo su tiempo y llegó a Pasto una semana después, relajado, el 2 de enero. No hay registro de ninguna indignación por su parte ante el genocidio encontrado, todo lo contrario. Escribe a Santander: «(…) he mandado a repartir 30.000 pesos en contribuciones para el ejército (…) También he mandado a embargar los bienes de los [rebeldes pastusos sobrevivientes] que no se presentaron al tiempo señalado [para los indultos ofrecidos] (…) Yo los he mandado a perseguir por todas direcciones, mas aquí no se coge a nadie, porque todos son godos. Todo es ojos para el gobierno, y el gobierno no ve nada».

    De hecho Bolívar antes de esta masacre le había escrito a Santander: «Porque ha de saber Ud que los pastusos son los demonios más demonios que han salido de los infiernos. Los pastusos deben ser aniquilados y sus mujeres e hijos transportados a otra parte, dando aquel país a una colonia militar. De otro modo Colombia se acordará de los pastusos cuando haya el menor alboroto, aun cuando sea de aquí a cien años, porque jamás se olvidarán de nuestros estragos, aunque demasiado merecidos».

    Cuenta un testigo, el general independentista José María Obando: «No se sabe cómo pudo caber en un hombre tan moral, humano e ilustrado como el general Sucre la medida, altamente impolítica y sobremanera cruel de entregar aquella ciudad a muchos días de saqueo, de asesinatos y de cuanta iniquidad es capaz la licencia armada; las puertas de los domicilios se abrían con la explosión de los fusiles para matar al propietario, al padre, a la esposa, al hermano y hacerse dueño el brutal soldado de las propiedades, de las hijas, de las hermanas, de las esposas; hubo madre que en su despecho, salióse a la calle llevando a su hija de la mano para entregarla a un soldado blanco antes de que otro negro dispusiese de su inocencia; los templos llenos de depósitos y de refugiados fueron también asaltados y saqueados; la decencia se resiste a referir por menor tantos actos de inmoralidad».

    Por el general Daniel Florencio O’Leary, secretario privado de Simón Bolívar, sabemos que: «En la horrible matanza que siguió, soldados y paisanos, hombres y mujeres, fueron promiscuamente sacrificados».

    El doctor José Rafael Sañudo nos cuenta que: «Se entregaron los republicanos a un saqueo por tres días, y asesinatos de indefensos, robos y otros desmanes hasta el extremo de destruir como bárbaros al fin, los archivos públicos y los libros parroquiales, cegando así tan importantes fuentes históricas. La matanza de hombres, mujeres y niños se hizo aunque se acogían a los templos, y las calles quedaron cubiertas con los cadáveres de los habitantes.

    Otro doctor, Roberto Botero Saldarriaga, refiere que: «…degollaron indistintamente a los vencidos, hombres y mujeres, sobre aquellos mismos puntos que tras porfiada brega habían tomado. Al día siguiente, 400 cadáveres de los desgraciados pastusos, hombres y mujeres, abandonados en las calles y campos aledaños a la población, con los grandes ojos serenamente abiertos hacia el cielo, parecían escuchar absortos el Pax Ómnibus, que ese día del nacimiento de Jesús, entonaban los sacerdotes en los ritos de Navidad».

    El doctor Leopoldo López Álvarez nos informa que: «Ocupada la ciudad, los soldados [de Sucre] del batallón Rifles cometieron toda clase de violencias. Los mismos templos fueron campos de muerte. En la Iglesia Matriz le aplastaron la cabeza con una piedra al octogenario Galvis, y las de Santiago y San Francisco presenciaron escenas semejantes».

    Otro galeno, el doctor Ignacio Rodríguez Guerrero nos asegura que: «Nada es comparable en la historia de América, con el vandalismo, la ruina y el escarnio de lo más respetable y sagrado de la vida del hombre, a que fue sometida la ciudad el 24 de diciembre de 1822 por el batallón Rifles, como represalia de Sucre por su derrota en Taindala un mes antes, a manos del paisanaje pastuso armado de piedras, palos y escopetas de caza».

    Eran fieles a la gran España universal, y a su reino. Cabe notar que los pastusos fueron unos de los primeros en oponerse al separatismo republicano. Tan temprano como el 29 de agosto de 1809, la alcaldía de San Juan de Pasto ya había publicado un visionario comunicado que rechazaba el infame proyecto y preveía con precisión las razones de su seguro fracaso:

    «¿Con qué otros [impuestos] podrá soportar sus erogaciones la nueva soberanía? Registradlo en todas las combinaciones de vuestra discreción y no las hallaréis (…) [Los] Veréis echarse sobre las temporalidades de los regulares y venderles sus fundos, reduciéndolos a intolerable mendicidad; y últimamente: [los] veréis recargar los tributos con nuevas imposiciones que constituyan sus vasallos en desdichada esclavitud (…) Esta es la felicidad pomposa a la patria que nos proponen. Nos halagan con palabras vacías de objeto, y luego se verán en la necesidad de arrojar el rayo tempestuoso sobre los miserables que han tenido la inconsideración de someterse a su dorado veneno».

    Inútil señalar que esto fue exactamente lo que pasó con todas las repúblicas resultantes del asalto al continente por la revolución mantuano-británica. La próspera ciudad de Pasto, con su población casi enteramente indio-mestiza, fue la primera urbe realista resistente y la más dura de vencer.

    Su indoblegable líder y orgullo local, el general indio del ejército realista Agustín Agualongo, venció varias veces a los ejércitos de Bolívar, incluso recuperó tres veces la ciudad después de la «Navidad Negra». Cuando finalmente fue capturado y los republicanos ofrecieron perdonarle la vida si ponía su incomparable tenacidad a sus servicios, sin vacilar respondió: «¡NUNCA!».

X. P.

miércoles, 30 de noviembre de 2022

El Modelo de los Modelados

Por Xavier Padilla 

Los Derechos del Hombre y del Ciudadano declarados durante la revolución francesa causaron la décapitation de la monarquía y cientos de miles de guillotinados. Luego fueron impresos y enviados a Hispanoamérica por masones infiltrados para subvertir el orden monárquico español.

    Dicha masacre en Francia, a la cual hay que agregar el espantoso genocidio de 170.000 disidentes en la región occidental de La Vendée, decretado por la asamblea revolucionaria, fue consecuencia de la «ilustración». Las palabras de los generales franceses durante este genocidio recuerdan la retórica del Decreto de Guerra a Muerte y expresiones fratricidas de Bolívar, además de sus actos. Así, el general Westermann, en Carta al Comité de Seguridad Pública, informa: 


«Ciudadanos republicanos, ya no hay Vendée. Ella murió bajo nuestra espada libre, con sus esposas e hijos. Los acabo de enterrar en los pantanos y bosques de Savenay. Siguiendo las órdenes que me disteis, aplasté a los niños bajo los cascos de los caballos, masacré a las mujeres que, al menos ellas, ya no darán a luz bandoleros. No tengo un prisionero por quien culparme. Lo borré todo. Un líder de los bandoleros, llamado Désigny, fue asesinado por un sargento. Todos mis húsares tienen jirones de estandartes de bandoleros en las colas de sus caballos. Los caminos están sembrados de cadáveres. Son tantos que, en varios lugares, forman pirámides. Hay fusilamientos constantes en Savenay, porque a cada momento hay bandoleros que pretenden hacerse prisioneros. Kléber y Marceau no están. No hacemos prisioneros, porque habría que darles el pan de la libertad y la piedad no es revolucionaria».


    Allí tienen, venezolanos, para que lo entiendan de una buena vez: ese era el modelo, la inspiración de los mantuanos revolucionarios, el ideal al cual corresponde el afrancesamiento caraqueño de 1810. Los famosos Derechos del Hombre no eran más, como entonces lo vio y denunció José Domingo Díaz, que una infame cortina para la barbarie; y la belleza humanista encontrada en aquellos artículos que habían sido integrados al preámbulo de la primera Constitución republicana de Francia no confundieron al avezado imperio español, que prohibió la entrada de tal literatura en todos sus dominios del orbe.

    Las revoluciones, ellas siempre ideológicas, se amparan sistemáticamente en bellas utopías para infiltrar la paz de las naciones con muerte, además de rapiña. Afortunadamente, habiéndole sido por tan sublimes Derechos del Hombre cortada la cabeza a su congénere de Francia, el Rey de España no necesitaría, primo del ultimado Borbón, de indicios adicionales para censurar éste y otros documentos de la «ilustración» en su metrópolis, Virreinatos y Provincias. Pero la masonería conseguiría introducirlos en la población joven de las élites criollas, insinuándoles que podrían ser aun más ricas y poderosas bajo el nuevo sistema revolucionario, sin reino, y comerciando libremente con Europa (en vez de contrabandeando con ella, como sus familias venían haciéndolo por un siglo).

    En realidad no todas las familias participaban de esta ruin tradición, pero la masonería supo escoger a los jóvenes más ricos, mundanos y arrogantes, y trabajarles el ego. ¿Por qué ser Provincia o Virreinato cuando podéis ser metrópoli laica con todo cuanto tenéis en tal paraíso? ¿Os conformáis con estos privilegios que os ofrece Madrid o preferís ser dioses? Para vuestra Corona sois apenas criadores de esclavos. Y si ella os exhorta a mezclaros, es para que tengáis cada vez menos rango. Porque os quiere de 2da, 3ra o 4ta mano. Sólo os falta leer estos Derechos del Hombre y del Ciudadano, y buscar la oportunidad de emanciparos.

    Es así como nació la desgracia. O el fin de una era de gracia. Los tontos útiles (para la rebelión interna que crearía un nuevo orden mundial ajeno) fueron sinuosamente conquistados, enseñados a ver con desdeño su digno entorno y a querer ser inmortales. Sus mentes aduladas fueron inoculadas con el germen masón de la ilustración, y de hecho terminaron convertidos en dioses, como los de la revolución gala, pero por haber fundado en América, por 1ra vez, colonias verdaderas, y de otros…


X. P.

sábado, 19 de noviembre de 2022

¡Basta con Sabernos!


Por Xavier Padilla


Haber sido arrancados de España, o sea de nosotros mismos (porque éramos ella, no de ella), no sólo fue un ultraje sino un daño inconmensurable para nuestro destino. Pero que nos hayan contado que con ello fuimos supuestamente liberados, es espectacularmente ridículo. No habiendo provincias más libres en otros reinos, ni más prósperas ni más apacibles, como ilustres extranjeros lo constataban en nuestro suelo, ¡creerlo es de pendejos!

    Los hispanoamericanos no somos un accidente antropológico, emergimos como un fenómeno civilizatorio con muchas capas de sedimentada, sólida cultura ascendente: Grecia, Roma, Hispania, España, el Nuevo Mundo. Saber quiénes somos es imperativo, así como comprender que con la revolución secesionista (mal llamada independentista) pasamos a ser un amasijo fragmentado de repúblicas pobretuchas y dependientes; saber que como parte consubstancial del gran imperio español pasamos de ser una potencia mundial a encarnar el gris mosaico de un nuevo estrato residual, ente ahora sí colonial (llamado hoy Tercer Mundo), por vía de traición y parricidio; saber que empezamos a vivir desde entonces como poblaciones sin memoria, huérfanas de su origen, regidas por la plutocracia mantuana tras el parricidio de nuestros tatarabuelos (plutocracia revolucionaria, esclavista, creadora del mito de Bolívar para heredarlo y seguir al mando de una patria espuria, corrupta, impostora y codiciosa).

    Debemos recuperar nuestra memoria y verdadera identidad, volver a saber que el país llamado Venezuela es y siempre será una sublime provincia, creada conjuntamente por pioneros indígenas y expedicionarios del reino español hace quinientos años, no por unos hacendados contrabandistas hace doscientos; una provincia de tantas donde España, al liderar su creación, se re-creó también a sí misma, porque no posesionó sin crear, ni creó sin ser recreada al obrar, esto es, sin ser poseída en su obrar. Vio la lengua española adquirir otros matices entre tantos climas, nuevas mezclas y semblanzas, porque la fusión interracial no era sólo un compartido humano deseo, sino un Real deseo de Estado (contrariamente a lo proyectado hasta entonces por ningún imperio), y no esperaba otro efecto que un Mundo Nuevo.

    Fue ello lo propio de sus exploraciones y conquistas, con las que siempre dejó de ser exclusivamente peninsular para devenir más cosas, demasiadas para enumerar, entre ellas mestiza, múltiple, diversa; portadora en las Américas de una esencialidad hispánica rectora y constructiva; hispanidad plurirracial bajo una misma lengua, religión y jurisprudencia; una misma pero nueva ética y moral estatutarias, de tradición salamanquesa en el Derecho, sentando un inédito universalismo con sus Leyes de Indias.

    Nosotros hoy, venezolanos provenientes de ello (como todos los «hispámers»*), simplemente no vamos a poder llegar muy lejos con sólo quitar de en medio a un mórbido régimen tiránico como el chavista. Hay que saberlo, apenas regresaríamos a la misma ignorancia anti histórica del credo bolivarista, igualmente compartido por todos los sectores y estratos de la sociedad. Cuando te arrebatan hasta el derecho de saber que ancestralmente has sido parte de un proyecto que estuvo a la vanguardia del mundo, y comprendes que hoy te encuentras ante un simple heredero final del secesionismo mantuano, que viene a arrasar a Venezuela por segunda vez, como lo es el chavismo, es entonces el momento de restaurar la historia gallardamente, crear consciencia pública desmontando la propaganda antiespañola negro legendaria, cuyas falsedades actúan en nuestra sociedad como un dispositivo de disociación contra nuestra intrínseca hispanidad.

    Cualquier sociedad que por una manipulación ideológica se entra en conflicto con sus propios orígenes, funciona contra ellos —y por ende contra sí misma— en favor de tal manipulación. Termina siguiendo a los designios de ésta, adoptando sus mismas fachadas, símbolos, colores, caretas. Los individuos giran en torno a estas ilusorias opciones creyendo actuar libremente, porque el vínculo entre ellas, al no ser cuestionado, expuesto ni desmontado en su propósito fundamental, como lo es la disociación anti hispánica (presente en toda la simbología independentista, republicana y bolivarista), es invisible. Así, dicho propósito, que no es otro que el de una ideología (la ideología fundacional del país llamada «república», otrora equivalente a la guillotina antimonárquica), es imperceptible. Para ser visto su contenido debe ser develado.

    La República como tal, como ideología basada en una independencia, que para nosotros no fue tal, funge en el individuo adoctrinado como una licencia ciudadana de independencia con respecto a la hispanidad, lo aleja de ella, y la convierte a lo sumo en una opción. Pero la esencia no es una opción para el ser, es parte del ser, y el venezolano, tanto como vaya a postrarse ante el chavismo como ante el sector más opuesto, o ante toda la gama intermedia entre uno y otro extremo, se verá siempre, 360º a la redonda, ante el mismo anti hispanismo subyacente de la ideología republicana independentista que lo separa de su esencia y que proviene de la falsa independencia y sus intocables próceres y símbolos forjados a posteriori. No tiene salida por esa vía, a menos, claro está, que por sí mismo, mediante un acceso a la información histórica veraz, consiga desideologizar el concepto de República y logre reconciliarse con su hispanidad, con su esencia. Hispanidad que no tiene que ser perfecta: basta ser uno con ella, porque de allí se abre la puerta a una inmensa recuperación de fraternidades continentales y ultramarinas que son el futuro mismo de tantas sociedades gemelas.

    Ni siquiera es un capricho, es que no hay futuro sin regresar a la fuente, al proyecto original, a la gran empresa interrumpida. Un foco de luz sobre la historia puede traer de vuelta esa empresa a las conciencias. Proyecto aún vigente, de fuerza superlativa.

    ¡Basta con sabernos! Pero la realidad actualmente es muy otra, nos ignoramos demasiado, y si nada llega a las mentes siempre tendremos, por oposición al chavismo, a un chavismo de relevo, ora mantuano, adeco, psuvero. Todos unidos a su contrario por la misma fila de próceres anti españoles, por la completa fila de Presidentes herederos (sin excepción bolivarescos, panteonescos). Tristemente Venezuela sigue disputándose el retrato del genocida de nuestros tatarabuelos, con su inseparable ejército de 7.500 mercenarios extranjeros. ¿Qué político, comunicador o intelectual venezolano hoy por hoy está siquiera remotamente consciente de esto? A lo sumo habrá uno que otro que diga que Bolívar, como todo hombre, tenía defectos… para normalizarlo de nuevo.


X. P.


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(*) hispámers = hispanoamericanos (neologismo del autor)

sábado, 24 de abril de 2021

¿19 DE ABRIL? ¿ACTA DE INDEPENDENCIA? ¿LANZAMIENTO DE YUGO? ¿REPÚBLICA DE VENEZUELA? NI EN BROMA…




Por Xavier Padilla 

En 1800, todos los venezolanos éramos españoles. Decir «venezolanos» era como decir margariteños o falconianos. En otras palabras, provincianos. ¿Pero quién si no algunos engreídos muchachitos afrancesados podían sentirse disminuidos por ello?
    Venezuela era una decentísima y próspera provincia española que, justo en los 27 años previos a la atroz revolución bolivariana (la original), había triplicado su economía gracias al libre comercio de sus puertos, decretado por el rey Carlos III.   
    Nada justificaba la retórica independentista, sólo la resentida ambición de un oportunismo mantuano (muy minoritario, valga subrayarlo).   
    En 1810, con esta revolución pseudo-patriota nuestra envidiable prosperidad se detuvo por completo. Venezuela, que no era una colonia sino una provincia del reino, aquella que algunos sobrevivientes al desastre revolucionario luego recordaron como «la más feliz del universo», pasó a ser una tierra arrasada, triste y abusada.
    Si alguna vez fue la provincia del crecimiento y la abundancia, es porque la nación por cual fue fundada y desarrollada no era otra que España, la más grande, emprendedora y rica del planeta. Y ya irreductible a la península ibérica.
    Nuestra moneda, el «Real de a 8», era la divisa internacional por excelencia. Hacía las veces del dólar actual y era incluso la moneda de curso en el comercio asiático.
    Los venezolanos éramos parte de la nación más extensa de la Tierra. En el continente americano íbamos desde Argentina hasta Canadá. Llegamos incluso a poseer Alaska. Estados Unidos era pequeñísimo, su expansión ulterior se produjo sobre lo que habían sido tierras españolas.
    Pero España fue objeto de una conspiración múltiple. Fue atacada simultáneamente por Francia, Holanda y Gran Bretaña, y desde dentro por gente como Bolívar y San Martín, ambos en alianza con dichos países, con los que negociaron ingentes cantidades de riquezas del continente. Así montaron sus ejércitos, llenos de mercenarios y tropas extranjeras. Se enfrentaron a una población local orgullosa y leal a la Corona, compuesta por las clases populares, incluyendo la aborigen y la esclava.
    Y es que antes que venezolanos TODOS éramos españoles, tanto los nacidos en Europa como los nacidos en América. Esto fue así desde la conquista, aquella gran alianza geopolítica indígeno-ibérica. Con los mismos derechos gentilicios. Los esclavos traídos ulteriormente eran también españoles, estaban protegidos por leyes que les permitían comprar su libertad por el mérito y el trabajo, a condición de que asumiesen los deberes del nuevo estatus. Por eso no sólo había negros voluntarios en el ejército español, sino incluso negros Oficiales. Igualmente pasaba con los indios, eran tan españoles como el resto de los venezolanos y tenían aun más leyes protectoras. Nadie podía tocarles sus tierras. Eran realistas, y muchos también Oficiales.
    Los ejércitos de la Corona en el continente apenas contaban con ibéricos, estaban conformados casi totalmente por americanos. Pero fuimos traicionados por un grupo de mantuanos oportunistas que quisieron apoderarse de la región para proseguir con sus prácticas de contrabando, en un momento en que debieron defender nuestro reino, potencia del mundo gracias a la cual habíamos alcanzado ser la próspera civilización que éramos.
    Nuestra región fue descrita en 1800 –esto es, diez años antes de la revolución– por el sabio naturalista alemán Alexander Von Humboldt como «la región más próspera y apacible del planeta». La legendaria crueldad del imperio español es, pues, una leyenda. Es la gran mentira con que todos en la Venezuela republicana posterior fuimos adoctrinados, incluso antes de ir a la escuela. Curiosamente, a nuestro himno le ocurre tener un aire de canción de cuna, y es que al parecer de hecho era una, a la cual cambiaron el nombre y la letra.
    La propaganda anti española fue brutal, con ella se borró nuestro gran pasado. Fue orquestada y difundida en Europa por los reinos rivales y utilizada en las provincias por los separatistas. La historia que conocemos fue escrita enteramente por los actores triunfales de la conspiración. Una que no dejó nada en pie y que habiendo logrado la desintegración del continente vendía entonces un proyecto de integración tan ridículo como el de la Gran Colombia, una integración que ya existía ampliamente y había sido, precisamente, la gran obra del reino.
    El caso es que con la mal llamada «independencia» el continente quedó balcanizado en veinte republiquetas pobres y rivales, disputándose tierras y poder, en una región ahora completamente arrasada por las guerras y el pillaje. Los republicanos robaron todo, hasta las iglesias. Y también asesinaron a los curas como en la revolución francesa. Las élites que tomaron el poder reconstruyeron las ciudades y pueblos a base de expropiaciones. Los indios perdieron sus tierras. Fueron subastadas por los «patriotas» entre sí, únicos que podían comprarlas. Y por supuesto las disputas mantuanas intestinas por el poder se sucedieron de una generación a otra a lo largo del siglo XIX. Las guerras continuaron, pero entonces entre republicanos, como es típico entre codiciosos. Con ellas se condenó la región al atraso.
    Después de la «independencia» estas guerras se hicieron terribles hacia finales del siglo. Luego, en el siglo XX, apareció el petróleo, preciado fósil que le dio a Venezuela la impresión de que finalmente todo tuvo sentido, de que había un futuro a pesar del desastre. Pero con dicho rubro milagroso sólo aumentaron las pugnas domésticas y la corrupción, no precisamente la riqueza del nuevo país. En otras partes del mundo se produjo siempre con muchos menos recursos infinitamente más bienestar que en Venezuela. Todas las élites empoderadas desde la «independencia» le deben, pues, a Bolívar el poder que detentan. Y las «grandes familias» sus riquezas. De allí el culto al «padre de la patria», que es sólo el culto al padre de sus patrimonios envuelto en parafernalia de orgullo patrio.
    Después del más reciente y último Estado forajido bolivarista, Venezuela debe, pues, ser fundada sobre la base de un proyecto hispánico enteramente nuevo y deslastrado de toda simbología independentista decimonónica; es decir, no refundarse sino fundarse por primera vez como República. Si una reintegración al reino originario es anacrónica, también lo es volver a la 4ta. Venezuela no debe refundarse pues como 6ta, sino como 1ra. La 1ra República verdadera. Tal es la coherente misión a cumplir por quienes venzan en la guerra contra la actual tiranía.
    Pero… ¿tendrán suficiente consciencia histórica quienes venzan…? Me temo que no, pasarán muchos años antes de que sospechen siquiera quiénes originalmente somos; seguirán adorando a Bolívar en sus plazas y en un santiamén brotará el mismo bárbaro protagonismo.

II

    En 2025, todos los venezolanos seguimos siendo españoles. La grandeza de un imperio generador de vida, cultura y prosperidad, no se acaba con una independencia postiza, impuesta por vía conspirativa, ideológica, fratricida. Ni en 200 años, ni al cabo de 1000 más.
    La fuerza de una cultura poliédrica, sustentada en la lengua común, la diversidad de orígenes y la unión de mundos es prácticamente inmortal, trasciende toda maniobra oportunista. El discurso antimonárquico y antiimperialista de Bolívar fue un republicanismo tan falto de credibilidad que el proyecto de su codiciada República pasaba por someterla a los designios de otras coronas e imperios.
    No podemos acordarle ninguna ingenuidad a la ambición de nuestros «próceres». Nuestra independencia no fue siquiera el romántico error de una élite idealista, fue en cambio, como todos los documentos lo indican (incluyendo la famosa Carta de Jamaica), una consciente patraña mantuana, rica en hipocresía. Léase dicha epístola como un burdo argumento de venta remojado en retórica libertaria, la solicitud descarada de favores británicos para un repartimiento comercial ulterior. No sé qué mente saturnina pueda ver en tal documento una obra visionaria de filosofía política.
    Los herederos de dicha revolución sofista, para completar una traición que llamaron República, un secuestro que llamaron Libertad y una violación que llamaron Independencia, quisieron hacernos bastardos obligados, hijos de Bolívar, un ilustre «colectivo» a caballo. Pero somos anteriores a su republiqueta mantuana, bárbara y pre-chavista.
    Esta falsa identidad republicana que hoy portamos los venezolanos, que comenzó con el sometimiento de los abuelos de nuestros abuelos al culto de la independencia tras la barbarie secesionista, está condenada a caer estruendosamente como un edificio de yeso. A doscientos años de la bufa comedia, los venezolanos estamos por experimentar un despertar cataclismático.
    Saber quiénes somos históricamente explicará también, de cabo a rabo, ese elixir de viveza criolla y desgracia que es el chavismo. El reencuentro con nuestra hispanidad profunda es inevitable y sacudirá los cimientos de ambos montajes antiimperialistas de ayer y de hoy. Con la actual tiranía, ya podemos constatar que nosotros mismos, por haberla producido en el siglo XXI, somos forzosamente producto, como sociedad, de una aberración anterior, puesto que nada sale de la nada. Es lógico que algo muy similar al chavismo tiene que habernos ocurrido en el pasado.
    Para convencernos está por supuesto toda una documentación histórica, pero también el lógico ejercicio responsable de la inferencia. Basta con mirar hacia atrás en busca de algún hito u evento determinante, toparnos con el episodio más relevante (la independencia) y preguntarnos: ¿pero fue realmente algo tan bueno, puro y sano? Y si lo fue, ¿cómo es que una crueldad similar a la del yugo del cual nos liberamos (y que sólo sería inversamente comparable a la bondad del “Libertador”) puede emerger desde nosotros como nación libre en pleno siglo XXI? ¿No será que venimos arrastrando una fantasía de pueblo libre mientras vivimos una realidad de secuestrados?
    Difícil sostener que una nación supuestamente liberada de la crueldad que la subyugaba pueda reproducir, de la nada, una crueldad semejante. ¿No será la misma? ¿Y no pone ello, de por sí, siquiera en duda de qué lado se encontraba en efecto tal crueldad, tal barbarie?
    No quiero imaginar lo que hubiéramos sido sin el aciago triunfo de la sedición mantuana, el desarrollo que tendría hoy nuestra colosal América hispana, una sola nación en vez de veinte, no una parranda de fincas bananeras, sodomizadas con populismo y reguetón. Estos doscientos años son un gris segmento de atraso.
    Allá quienes se contentan con buscar lo bueno en todo y terminan convalidando cualquier ultraje histórico, atribuyéndoselo a no sé qué pasatiempo del destino. Se quiera o no, el chavismo es un elocuente coletazo de un error inicial, que no es veinteañero sino bicentenario. Henos ahora pobres, abandonados, descompuestos en un mundo que no pierde el sueño por nosotros, y al que más conviene nuestra quasi indigencia, que tenernos fuertes y soberanos. Y todo ello habiendo sido imperiales.
    De ahí que sólo nuestra hispanidad podrá salvarnos. ‪¿No habría que hacerle entender, pues, a cada venezolano su Real grandeza? No es venerando el 19 de abril ni el Acta de Independencia que vamos a lograrlo. Sería seguir confundiendo la realidad con las sombras de nuestra caverna.

‪X. P.

viernes, 16 de abril de 2021

EL NUDO MARÍN

EL NUDO MARÍN


Por Xavier Padilla



Uno de los ricos ancestros paternos de Simón Bolívar, Francisco Marín de Narváez (1620-1673), tuvo, con una presunta negra, parda o mulata, llamada Josefa María Martínez de Porras y Cerrada (1629-1669), casada con José Ramírez Arellano, una niña a la cual reconoció («hija reconocida: blanca de calidad»), quien muy pronto sería —a los 4 años— heredera (pues Francisco Marín de Narváez moriría) de su inmensa fortuna. Se llamaba María Josefa y se apedillaba, pues, como su padre, Marín de Narváez.

    María Josefa Marín de Narváez (1668-1692) era mestiza y rica. Y devino —por expropiación— futura bisabuela de Simón. Es ella quien origina el famoso «nudo genealógico Marín».

    Ocurre que el entonces Procurador y Alcalde de Caracas, Pedro Jaspe de Montenegro, designado en el testamento del padre de la niña (aunque sin parentesco alguno con él) como tutor «suplente» (en caso de morir la tía, tutora y criadora por defecto), decidió arbitrariamente, una vez huérfana, casarla lo antes posible (a los 13 años) con su sobrino, Pedro de Ponte Andrade Jaspe, para hacerse de su fortuna. Ni corto ni perezoso ante tamaña fortuna, el alcalde había decidido desconocer la tutoría testamentaria de la tía, María Marín de Narváez, con el pretexto de que las mujeres, excepto las madres y las abuelas, no tenían legitimidad para tal responsabilidad.

    Así, la niña María Josefa devino, por casamiento forzado e ilegal (con un confiscador designado para apropiarse de su fortuna), madre a los 15 años de la abuela paterna de Simón: María Petronila Ponte-Andrade y Marín (1684-1735). El espurio esposo de María Josefa, sobrino del rapaz Alcalde y padre de esta niña, confesó en su testamento de 1716 que antes de su matrimonio no tenía posesión alguna de bienes, y que dicho casamiento le convirtió instantáneamente en dueño de varias casas en la plazuela del convento de San Jacinto; de una hacienda de cacao en el valle de San Nicolás, en Barquisimeto; de otra de cacao en Nirgua (ambas con esclavos que «me fueron entregados por el dicho mi tío, como tutor que fue de la dicha mi mujer»), sin mencionar otras propiedades, como las minas de Cocorote…

    A María Petronila, fruto funcional de esta unión, mestiza pero inmensamente rica, luego la «cazaría» (más que casaría) Juan Vicente Bolívar y Martínez Villegas, abuelo de Simón. Qué importa un poco de sangre negra en el linaje si trae buena pasta, si luego todo se puede ocultar con pasta…

    Es de este robo a una niña de 13 años de donde proviene la mayor parte de la inmensa fortuna de los Bolívar, la cual para 1800 era tal vez la más importante de la provincia de Venezuela, y con toda seguridad una de las primeras de Hispanoamérica.

    Los Bolívar siempre trataron desesperadamente de obtener un título nobiliario, perdiendo en vano mucho dinero en su compra varias veces por no presentar todos los registros de su árbol genealógico, tratando de ocultar no sólo la impureza de sangre de su bisabuela, sino algo más grave aun: cómo la fortuna de esta pasó espuriamente a su descendencia. Los Bolívar fueron ricos, pero nunca pudieron ser nobles, quedaron atados a su robo, no lograron zafarse del nudo Marín.


X. P



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Fuentes:


• «Bolívar», Salvador de Madariaga, tomo I, 1951, Espasa-Calpe, Madrid, segunda edición 1975, págs. 54-57.


• https://www.geni.com/people/Mar%C3%ADa-Josefa-Mar%C3%ADn-de-Narvaez/6000000000250881028