miércoles, 3 de febrero de 2021

PARA TERMINAR CON EL MITO DE LA ESCLAVITUD COLONIAL EN VENEZUELA


PARA TERMINAR CON EL MITO DE LA ESCLAVITUD COLONIAL EN VENEZUELA 

Por Xavier Padilla 

Para  terminar con el mito de la esclavitud colonial en Venezuela, tan útil a la retórica en que se funda nuestra república, tomad papel y lápiz:

En 1810 el ejército de la monarquía española en la Capitanía General de Venezuela estaba compuesto por 3 mil europeos y 10 mil americanos. Casi todos estos militares americanos, que sumaban más del triple que los peninsulares, eran indios, mulatos, zambos o negros libres, pero no esclavos. Los esclavos de esta provincia española, que eran un poco más de 70 mil, eran todos, al igual que los indios, realistas. Ulteriormente, unos 10 mil de estos esclavos también tomaron las armas para defender a la Corona, cuando hubo que hacerlo. Todos al ejército español y a las filas de Boves.

    Esta lealtad de los indios y de los negros (esclavos o no) fue siempre la más terrible bofetada, el más patente desmentido al discurso revolucionario de los llamados «patriotas». Sólo un insignificante número de esclavos traidores a los intereses de su clase abandonó su condición para seguir a la cause de sus amos separatistas. La casi totalidad de los que tomaron las armas lo hizo en defensa del Rey.

    Ello es consecuencia lógica del trato y los beneficios de que gozaban en Venezuela. El concepto y práctica de la esclavitud no eran los conocidos en Europa. Las leyes españolas diferían de las leyes y prácticas de aquellos gobiernos coloniales. Y fue esta diferencia la que produjo la gran lealtad de los esclavos hacia el régimen monárquico. ¿Pero cómo es posible semejante contrasentido? Simplemente tenemos una imagen equivocada de los imperios, los creemos de un solo tipo: el depredador.

    Ignoramos, y nunca imaginamos, que también existe otro tipo de Imperio: el generador. Tenemos una visión maniquea de la historia y al parecer hay intereses que han hecho predominar en la sociedad nuestra imperiofobia. En el caso de Venezuela, toda valoración positiva de su «independencia» depende de una valoración negativa del imperio español.

    ¿Pero fue realmente un imperio cruel o se trata de una demonización al servicio de la narrativa independentista? ¿Es siempre la versión del vencedor necesariamente cierta, o es más bien un complemento previsible en su ejercicio del poder? En otras palabras, ¿ganan siempre los buenos? O mejor aun, ¿sólo triunfa la verdad?

    La historia real se verifica en los hechos, no en el relato de quienes vencieron en algún conflicto bélico y escribieron la historia. Ello no significa que los justos no puedan vencer, pero los hechos también pueden ser deliberadamente sepultados por quienes detentan el poder institucional para hacerlo si no se corresponden con la narrativa del vencedor que les legó dicho poder. Para ello está la revisión factual, la investigación histórica, objetiva de los hechos.

    Como podemos imaginar, por definición la idea misma de revisión histórica no carece de detractores y es también demonizada sistemáticamente. Lo cual, lejos de hacer de la revisión histórica un tabú constituye un incentivo para emprenderla.

    La consideración de todas las fuentes históricas es un deber de principio y el ejercicio de tal deber demuestra que las fuentes más incuestionables no siempre son las más conocidas ni las más «oficiales». Incidentalmente, en Venezuela contamos con una fuente factual especialmente importante por su solidez testimonial, por su veracidad histórica y su coherencia y racionalidad argumentativa. Pero es de las que no peinan al poder post-independentista en el sentido de su pelambre, y por ello éste la mantuvo fuera del conocimiento público en nuestro país por 192 años.

   José Domingo Díaz es esta fuente. Una sólo conocida de los historiadores venezolanos y administrada por la Academia Nacional de la Historia. Deliberadamente restringida al ámbito de esta institución eminentemente bolivarista, se trata sin embargo de la fuente que cuestiona y derrumba todo el aparato republicano. José Domingo Díaz es el testigo criollo mejor informado e implicado de la época, no sólo por su activismo periodístico y otras iniciativas que tomó en medio de las guerras secesionistas —que hoy conocemos como «de independencia»—, sino por habernos legado en 1829 un libro explosivo que el poder republicano supo ocultar desde entonces. El autor tuvo además, en sus desempeños previos al conflicto, a su disposición durante años los archivos oficiales de la Provincia de Venezuela (¡los de todo un siglo!).

    Es así como este testigo clave de nuestra historia nos cuenta en su obra Recuerdos Sobre la Rebelión de Caracas (1829) —entre muchas otras cosas de una importancia tan incalculable como desconocida por los venezolanos— lo siguiente a propósito de la esclavitud:


« Sólo el nombre del rey les ha hecho soltar la azada y el arado, para tomar la lanza y el fusil. El ejército de Boves, en la segunda batalla de La Puerta, contaba un gran número de ellos que voluntariamente se habían presentado a su ser­vicio, y que volvieron a sus labores del campo y al de sus amos concluida la campaña, sin que nada les hubiese detenido. Esta conducta, que parece un fenómeno de la sociedad, fue la conse­cuencia necesaria de los bienes que gozaban en Venezuela, en esa esclavitud que espanta en Europa; porque no la han considerado bajo las leyes españolas en aquellos países, sino bajo el terrible gobierno colonial de los extranjeros. Aquellas leyes que son el modelo de un gobierno paternal, y la expresión de los sentimientos más generosos de un soberano debieron producir, como produjeron, tan noble y constante adhesión de los esclavos hacia él. Los esclavos de Venezuela no eran aquellos seres degradados que se ven en otros países, y sobre los cuales sus amos tienen aún el derecho de vida. Ellos en su condición eran tan felices cuanto era posible serlo. Sus tareas eran tan moderadas, que un esclavo activo las concluía para las doce del día. El resto de él y todos los de fiesta estaban a su disposición. Cada cabeza de familia tenía como de su propiedad, en el mismo terreno de su dueño, aquel espacio que podía cultivar, sin que éste pudiese disponer de sus frutos ni de su trabajo. Era una propiedad tan sagrada como la del hom­bre libre. Los amos estaban obligados a darles diariamente su correspondiente alimento, y a asistirlos en sus enfermedades, pagando cuanto era necesario a su asistencia; y a suministrarles anualmente dos vestuarios completos para el trabajo, y uno para los días festivos. Los amos estaban también obligados a asistir debidamente a las negras en sus partos, cuyas tareas se disminuían proporcionalmente según su estado. Los amos también lo estaban para satisfacer a los curas párrocos todos los derechos parroquiales de bautismos, entierros, etc., los cuales eran un equivalente de la cantidad con que les contribuían bajo el nombre de estipen­dio. Esta cantidad era generalmente de doscientos pesos fuertes anuales [20.000 €] por aquella denominación, y cincuenta [5.000 €] para la oblata. Se repartía entre todos los dueños de las haciendas de la parroquia, y regularmente tocaba a dos reales o dos reales y medio [200 € o 250 €] por cada esclavo. Los amos estaban del mismo modo obligados a defender en justicia a sus esclavos en todas sus acciones civiles criminales, pagando todos los costos que se ofreciesen. El que se desentendía legalmente de esta obligación, se des­prendía del derecho de propiedad. El esclavo era en cierto modo considerado como un menor. Era muy posible que algunos amos quisiesen ejercer para con sus escla­vos mayores derechos que los que las leyes les señalaban; y para impedir este abuso, ellas les habían designado un protector de su justicia. Los síndicos procuradores de los ayuntamientos tenían este encargo, que desempeñaban con vigor e integridad. Los castigos correccionales de los esclavos no dependían del arbitrio de los amos; estaban igualmente designados por las leyes y ordenanzas, y la Real Audiencia vigilaba en su cumplimiento sin respetos ni consideraciones [hacia la nobleza ni la burguesía]. En fin, los esclavos de Venezuela no eran aquellos cuya pintura se hace en la Europa, las leyes españolas los protegían, y desde su alto trono soberanos conocidos en todo el mundo por su religión, piedad y beneficencia velaban en su felicidad. ¡Cuán dignamente ellos han correspondido!».


Ahí tenemos, pues, otro mito más del republicanismo bolivarista echo trizas. El «cruel esclavajismo español» es una burda ficción. La «independencia»: doscientos años de falso discurso igualitarista, antiimperialista, indigenista e hispanófobo.

    Algunos pensarán que el testimonio de José Domingo Díaz es una apología de la esclavitud. Para información de quienes hoy, desde el siglo XXI, estiman inconcebible siquiera la defensa de cualquier forma de esclavitud, la trata de esclavos era en el siglo XIX (y en todos los anteriores a él en la historia universal) corriente y no comenzaba en los imperios sino a nivel doméstico en el propio África y por los africanos.

    Contrariamente a lo diseminado por la leyenda negra anti española, ni la compra ni el comercio de esclavos fueron actividades representativas del imperio español. No siendo un imperio depredador o de extracción, sino generador y civilizatorio, no instaló en América colonias (que son verdaderos campos de concentración) sino que fundó provincias (o territorios para la expansión del reino), donde evolucionar él mismo como Nuevo Mundo, más siéndolo que poseyéndolo.

    Por eso la construcción de universidades, por eso la cristianización, por eso el mestizaje. Por eso todo lo que no hace ningún imperio depredador, como de hecho no lo hizo ninguno de los otros imperios en sus colonias, en sus campos de concentración.

    Gran Bretaña, mientras exterminaba —ella sí— a la población local (razón por la cual virtualmente no hay en Estados Unidos población nativa ni mestizaje) construyó su primera universidad —Harvard — en 1636, dieciséis años después de llegar a las costas norteamericanas, y estaba reservada exclusivamente a los asentamientos anglosajones, al hombre blanco; eso fue 98 años después de la primera universidad fundada por España en América. Gran Bretaña no fundó su segunda universidad en América sino 53 años después de la de Harvard. Pero desde 1538 España venía fundando universidades a razón de una nueva por década. Para 1810 el número de universidades españolas en América excedía el de todas las existentes en Europa entera.

    El español peninsular re-localizado en el continente no sólo no escapaba a la fusión de razas y culturas sino que lo tenía así encargado desde los inicios de la conquista, por la reina Isabel de Castilla. La educación no era para el hombre blanco sino para todos, incluyendo su heterogénea familia, ahora compuesta de blancos, negros, indios y todo lo intermedio.

    Sólo la nobleza y la burguesía se cuidaban del mestizaje, y es precisamente de un reducto de esta élite que surgió la sedición secesionista. Pero aparte de esta minoría oportunista, entre cuyas motivaciones anti imperialistas estaba deshacerse de la estresante vigilancia y protección de la Real Audiencia sobre los derechos de sus esclavos, éstos gozaban de suficiente bienestar como para defender su calidad de vida, lo cual estaban dispuestos a hacer a través de la defensa del Reino, ese estado protector que les garantizaba techo, alimento, vestido, propiedad, salud y… cierta libertad.

    Quién sabe si tal vez debamos el desarrollo de la gran riqueza musical afrovenezolana y otras expresiones artísticas, en parte a esa «cierta libertad» que sólo puede ser consecuencia de una suerte de vanguardismo político, de un proyecto imperial sui generis cuyo cristianismo (base de la doctrina moral Occidental, declinada en humanismo) ya estaba cristalizado a nivel jurídico a comienzos del siglo XIX (Leyes de Indias), dando resultados plenamente positivos a una altura óptima de la historia, cuando irrumpió desafortunadamente en nuestra patria la nefasta influencia del «terror revolucionario» francés (más de 200 mil guillotinados, sumados a más de 300 mil civiles exterminados en el genocidio de La Vandée, a nombre de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, de 1789).

    Fue cuando en Venezuela un grupúsculo mantuano pudo entonces hacerse amo y señor —al estilo revolucionario galo— de la provincia exterminando a poblaciones civiles enteras al grito de «tierra arrasada», liderado por la ambición de un bipolar napoleónico de manufactura británica: Bolívar. La flamante «independencia» acabó con la exuberancia de aquella tierra, «la más apacible y próspera del planeta», tan admirada por Humboldt en el año 1800.

    Adiós para siempre las cartas directas del Rey, ocupándose personalmente de la justicia y el mérito en sus provincias ultramarinas, como aquella misiva Real en que rechaza con su firma las objeciones mantuanas contra el estatus de «Señoras» acordado por él mismo previamente a las hermanas Vejarano, tres negras esclavas caraqueñas cuyos prodigios en el arte de la repostería les valiera la fundación de una empresa, una patente y una celebridad local (ahora monarcal). Adiós a todo ello…

    La República en cambio evidenció su fracaso al no superar el nivel de vida anterior a la «independencia», que contrariamente a lo prometido por sus próceres ni siquiera se dignó abolir la esclavitud.

    El único legado de la «independencia» y de su resultante republiqueta (que junto a las otras 19 sólo consiguió la balcanización y el ínter rivalismo del continente —aparte de la muerte de un tercio de la población venezolana—) es un culto bolivarista hueco, anti histórico, preciado indistintamente por ambos chavismo y socialdemocracia: esos dos esperpentos negrolegendarios que reflejan nuestra presente bárbara desgracia.


X. P.

jueves, 10 de septiembre de 2020

INEFICIENCIA EXITOSA Y PLANIFICADA


INEFICIENCIA EXITOSA Y PLANIFICADA 


Por Xavier Padilla 


Venezuela era también una potencia en gas. Ahora lo será en leña. Un amigo ingeniero, mención en perforación de pozos, me explicó que la vida útil de un pozo de gas es de aproximadamente 170 días, durante los cuales hay que perforar el siguiente que esté listo para operar. Cada pozo extrae entre 5.000 y 7.000 barriles diarios. Pero ya prácticamente no se hacen perforaciones y los pozos se cierran. Hoy sólo trabajan en Venezuela 35 Garzas de hierro de más de 13.000 que había, y de esas 35 no hay dónde almacenar su producción, los tanques están dañados.

    El país ha llevado tanta leña que es al parecer lo único que le queda. Sin entrada de gasolina está al borde del abismo. La arrogante clase política interina, por su parte, en vez de conminar al mundo, mostrándole que la tiranía narco terrorista es un conglomerado armado al margen de cualquier estatus político, y que el restablecimiento del Estado venezolano pasa por la erradicación física de tal conglomerado; y que ya se ha intentado todo el resto, que ninguna diplomacia ni mecanismo de presión distinto de la fuerza militar lo hará abandonar el poder; dicha clase parasitaria en cambio, digo, está más pendiente de asegurar su reconocimiento (a pesar de una gestión inexistente) y de echarle manos a los dividendos financieros del apoyo internacional, que de hablarle claro al mundo, que es para lo cual debería servir su mediación entre él y el país (al cual literalmente desrepresenta).

    La razón de que no haya otra manera que una acción bélica para sacar a la tiranía es de fondo, y está lejos de ser entendida por esta falsa oposición (en caso de interesarle): la destrucción de Venezuela obedece a un plan, no al nuevo fracaso de un modelo sobradamente fracasado. Se trata de una destrucción inducida que ha sido todo un éxito al haberse creado planificadamente las condiciones ideales para transferir de manera legal y progresiva la explotación de las riquezas de la nación a una coalición de países aliados que forman un bloque neo-comunista, decidido a arponear la hegemonía estadounidense y a subvertir el orden cultural Occidental, que es grosso modo un sustrato en evolución de los valores morales del Cristianismo.

    El crimen del chavismo es haber vendido Venezuela a esta cruzada anti occidental, haberla hecho instrumento y punta de lanza de dicha destrucción. Hugo Chávez recorrió el mundo como un magnate del socialismo ofreciendo a Venezuela como supuesta «heroína» voluntaria en la destrucción —a realazos— del capitalismo.

    Lógicamente, forzarla a ser protagonista de ello pasaba por sacrificarla. Para ganar su entrada al club, con pomposidad de ranchero malgastador, el galáctico de la sabana se daba el tupé de ofrendar como una virgen a Venezuela (es decir, las mayores reservas de petróleo del mundo) al Dios de la revolución. Y todo para complacer sus complejos de chorlito bananero.

    La aceptación del proyecto fue instantánea y aplaudida por los interesados extranjeros, y fue puesto en marcha sin demora alguna. Hay que saber que lograr la desaparición de países es necesario en el dogma internacionalista del comunismo, allí la única patria es la patria mundial del proletariado, en función de la cual las naciones particulares no sólo pueden, sino que deben desaparecer.

    Entregar el manejo de toda la riqueza de Venezuela a la sociedad del futuro (à esa Comuna utópica de los tiranillos trasnochados, que es en realidad la granja de sus sueños) requería que antes de ello Rusia y China tuviesen derechos que reclamar y defender en ella. Venezuela: un puerto de beligerancia corrosivo en las faldas del «Imperio». En el mero centro del continente y del hemisferio. Era lo que intentó Fidel en Cuba, pero sin contar con el país perfecto, uno ya subconscientemente adoctrinado —por su antepasado bolivarista— en la veneración de las revoluciones, como Venezuela; uno sumamente ignorante de su verdadera historia, ingenuo y rico; uno que fuese, como el nuestro, producto republicano de una leyenda negra antiimperialista.

    Venezuela simplemente es un país perfecto para estar viviendo lo que actualmente vive, una tiranía. Su desgracia es coherente con una casta política opositora que no cuenta con la cultura para deslindarse del régimen sino apenas vivir parasitariamente a sus expensas. Se trata de una clase incapaz de siquiera esbozar el problema, de ver otra cosa en el régimen que ineficiencia y corrupción, y beneficios que recoger de los escombros; tan incapacitada para el desafío histórico que enfrenta el país que a pesar de las pistas que le son puestas en bandeja de plata no ve otra cosa en el régimen que una dictadura, aun cuando las dictaduras no se caracterizan por tener un pelo de ineficientes en el manejo de las riquezas, todo lo contrario. Ésta, que no es dictadura sino tiranía, sabe perfectamente lo que hace: hacerle creer y repetir a estos oportunistas que todo es culpa del socialismo en tanto que modelo fallido, inviable y sumido en la ineficiencia, y que por tal ineficiencia hasta sus aliados rusos y chinos un día la abandonarán y caerá solita. Lo otro es dejarlos aprovechar de las oportunidades de esa ineficiencia.

    ¿Es esta casta ignara, manipulada a través de sus propias flaquezas, la que cuenta salvar a Venezuela? Sin enterarse de su propia estupidez sólo puede conducirnos al abismo. Jamás será capaz de aportar el verdadero relato. La ineficiente es ella.

    Además, siempre pasiva, sin más propuesta que salirle al paso a las iniciativas del régimen con contra marchitas, comunicados y consultas redundantes, es obvio que se sabe embarrada y sólo busca salvarse.


X. P.

ALGO MUCHO PEOR QUE LA OBRA DE UN HUMANO IMPERFECTO

ALGO MUCHO PEOR QUE LA OBRA DE UN HUMANO IMPERFECTO

Por Xavier Padilla 


    La actual desgracia de Venezuela tiene muchas causas, pero todas están en la historia, en nuestra esencia como país. Devinimos república POR LA FUERZA. Fuimos secuestrados y así lo hemos estado desde la «independencia». Arrancados de raíz por falsos pretextos. Por una falacia, por un inconfesable oportunismo. Por una irreparable traición. Detrás estuvo una élite criolla auto proclamada «libertadora» antiimperialista, pero en alianza con imperios extranjeros. Todo proviene de tales predios liberticidas: la «independencia» y los libertadores. Justo lo que acabó con nuestra libertad y progreso como próspera provincia imperial.

    El caso de Bolívar es bastante peor de lo que podría ser excusado con la lisonjera apología de que fue «un hombre de carne y hueso que cometió errores». Ojalá lo suyo fuese algo tan razonable y pintoresco como eso. Estamos hablando de un hombre de extraordinarios talentos, lo cual agrava sus errores y aumenta su responsabilidad. Y por ende dicha apología no aplica. Los suyos son errores imposibles para el hombre ordinario. Tienen muy poco de prosaicos. Están muy por encima de los comunes. A él le quedan grandes las excusas corrientes del hombre pequeño.

    Para poner todo en su justa dimensión, empecemos por donde todo empieza: la idea misma de «independencia», que es entonces algo así como decir que su vida misma fue un error, si le damos importancia a su título de Libertador. Poco importa lo duro y sacrificado que haya sido lograr la independencia si la misma era de por sí un error, porque si la falta de libertad no era el problema, entonces la solución no podía ser la independencia. La solución de un problema falso es un error absoluto, como dijo Ortega.

    A los venezolanos, por haber nacido en la tierra donde «la independencia» es, más que un patrimonio moral sagrado, todo un monumento en sí mismo, jamás se nos ocurrió sospechar que detrás de nuestra «independización» de España pudiera no haber en realidad una España cruel ni ningún yugo déspota y sanguinario. Difícil allí, en nuestra tierra, por no decir imposible, tener siquiera la ocasión de dudar de tales valores, ya no sólo literalmente intangibles e intocables, sino incuestionables por defecto; son allí censurados de ante mano a la sospecha. ¿No deberían por ello mismo ser tan sospechables? Tal vez sea indispensable haber vivido fuera de Venezuela para percatarse de la realidad subyacente de un entorno nada subliminal, nada disimulado, nada discreto, y en cambio brutalmente impuesto, asfixiante y a la cara, de plazas y monumentos, de cantar obligatorio el himno a la entrada y a la salida del colegio, de escucharlo a diario en 4 horarios, de lemas y frases del libertador estampados por doquiera, o grabados para su difusión omnímoda por voces salidas de los estudios del Olimpo; y una presencia tridimensional infaltable, no como los ojitos de Chávez, sino con el «padre» entero en cada rincón y plaza, con o sin caballo. Bolívar, el santo vigilante de su prole libertada, de plaza en plaza y pueblo en pueblo. Guzmán Blanco, arquitecto, agente inmobiliario y numismático de nuestra memoria, tan masón como Simón, regente póstumo de su herencia afrancesada y antiespañola, demoledor de edificios hispanos en pro del estilo galo. Lo central, rendir tributo a Bolívar, a aquel a quien todos los que se repartían o disputaban todo, le debían todo. En nuestra república, todos los hombres de poder debieron siempre todo a él, todos sus poderes, incluida esa gran capacidad de rapiña y posesión, originada con Simón. Sin libertador, ninguna libertad para depredar; sin independencia, ninguna licencia para expropiar. Al comienzo para vengar al del «yugo del imperio», es decir, aquella brisita observadora en el cogote, incómoda para contrabandear y abusar de los esclavos, porque vaya desgracia la de los mantuanos, la de ser menos «libres» que los británicos y los franceses para tales fines. Oh injusticia provincial. Por eso en república la independencia había que erigirla ella misma en monumento. Y había también que poblar la tierra hacía medio siglo arrasada por los próceres, aún medio vacía de gente, con estatuas a la independencia. Hacer la independencia templo, materia, cuerpo. Llenarla de héroes guardianes y convertir a la Patria en una alegoría al Padre, ella misma. No a la inversa. Crear la intimidante, imponente parafernalia marcial de símbolos y mártires en la que ningún niño, hombre ni anciano no creyese. Pero otra cosa, otro tema, otro asunto muy distinto es que la muy cacareada independencia hubiese valido lo que costó; es decir, que siquiera fuese cierta…

    En lo que a nosotros respecta, henos aquí a los hijitos prometidos de la República futura sumando ya varias generaciones gestados en la misma placenta, en la misma ignorancia amniótica acerca de tan falsa «gesta». ¿Pero pueden ser eternos los mitos sin reposar en verdades? Las leyendas, todas, parece que sí. Pueden ser incluso ilimitadas, como las fantasías que narran. Más grande y más dicha la mentira, más seguro pasa por verdad verídica. A la leyenda negra anti española, creada en Europa por los imperios rivales, había que volverla cierta. Le venía como anillo al dedo al mantuano afrancesado de 1810, productor contrabandista, frustrado por la vigilancia de la Real Hacienda. Oh pobres querubines de pecho, que no tenían la libertad necesaria para tal «empresa».

    Qué decepcionantemente vulgar resulta ser en realidad nuestro origen republicano, cuán patanezco el pretendido grito de libertad de aquella «provincia oprimida». Cuán bajas fueron las pasiones que engendraron a la gran «causa». A tan mezquinos intereses y ambiciosas apetencias se reduce el quid revolucionario, la excusa victimista del oportunismo mantuano. No había otra razón para la independencia que adueñarse del comercio, legitimar el contrabando. Bajo la Corona estaba centralizada la economía, pero en quasi perfecta ganancia y privilegios para el propietario, tanto que se había triplicado la misma en las dos décadas precedentes a la primera «independencia». Pero para los grandes terratenientes, nada era suficiente. ¿No era mejor ser dueños de TODO? Sólo había que tomar prestadas las excusas ideológicas a la revolución francesa, y esperar la oportunidad napoleónica. Montar entonces la conjura con la participación británica y su mano de obra mercenaria. También alemana, francesa, irlandesa. Estaba aún fresco el resentimiento inglés contra España, por haberle Bernardo de Gálvez (49° virrey de Nueva España) fraguado su decisiva derrota en Estados Unidos, consolidando éste su independencia, pasando de colonias a nación. Nosotros no necesitábamos de ninguna revolución, fuimos siempre nación sin pasar por colonización, provincia imperial de pura cepa. Pero bienvenida pues Gran Bretaña al auxilio de esta minoría de apátridas, a cambio de riquezas inmediatas.

    Con Bolívar, acaudalado productor y cuantioso propietario de esclavos, había pacto garantizado. En un principio vía Miranda. Luego solo, a sus anchas. Hay que saber que el astuto sedicioso caraqueño vendía, por supuesto, de cara a la provincia razones propagandísticas muy distintas para la independencia. Una de ellas era prácticamente un «hit»: sus ridículos «300 años de yugo español», que causó la risa entre dientes hasta en los conjurados. Pero de nada se privaba ni nada detenía al odiador serial de pardos, futuro exterminador de indígenas y curas dominicanos. Tenía que legitimar el contrabando, llegar a la cúspide de una gloria imperial, soberana, napoleónica en su lucha antiimperialista (vaya usted a entender la ensalada).

    Maestro en el doble discurso, su bella libertad para americanos era sólo la de comerciar con otros reinos, sin Estado español que le respirase en sus nucas, sin ese asfixiante ejercicio civilizante de una política católica en protección de las clases inferiores; mejor la libertad, la de dejar todo a la rosquita de unos cuantos mantuanos. Para ello estaban todos los mercenarios del universo, ingleses, irlandeses, alemanes, y también unos DDHH importados, franceses («expropiación o guillotina»). No es una pesadilla prechavista, sino una pesadilla superior. ¿El saldo 15 años más tarde? Un tercio de la población venezolana aniquilada, otro tercio en diáspora. Un continente balcanizado. La que una vez fuera «la tierra más próspera y apacible del planeta», según Humboldt, y la primera economía del mundo, ahora era una triste y desolada zona de escombros y peligros, un teatro tropical del horror donde el mal superó sus límites; una cultura y un patrimonio hecho trizas. Iglesias y museos saqueados, universidades perdidas. La gran independencia de unos cuantos, para no saber qué hacer con ella, salvo disputarse los desechos de un triunfo sin cosecha, ahora también sin nada más que responder, ni saber, sino entregarse a otras guerras intestinas por cien años. Aciaga independencia, la de una codicia interminable. Sombría libertad, la de tan absurdos daños. Todo lo alcanzado en aquella proeza inmensa llamada Nuevo Mundo (en cuyas virtudes los ambiciosos no quisieron ver más que defectos y limitaciones a sus avaros intereses), ido al carajo.

    Fue esta gentecilla la que fundó los verdaderos ranchos mentales del futuro, la que nos sembró en el atraso. Gentuzilla, más bien, condenada a encubrir por siempre que su victoria fue un fracaso, una derrota rotunda, un error craso. Su negación de las virtudes del imperio, jamás pudo probarla con su independencia. Nosotros, 200 años más tarde, de dichas virtudes no pudimos siquiera enterarnos. A tal punto fuimos convertidos por ósmosis en defensores, sin saberlo, de una revolución fraticida, parricida y matricida, que no vemos el terrible resultado. Somos hispanófobos de cuna sin saberlo, arrancados a nuestra raíz, admiradores de un tirano pueril elevado a rango quasi divino, negador obtuso del Nuevo Mundo, al cual confundió con otra de sus haciendas. Ese mismo demonio que fue capaz de ordenar pasar por las armas a todos los enfermos de un hospital; a todos los civiles que día tras día rechazaban reclutamiento; a 69 españoles sin juicio; a 600 prisioneros en Acarigua; a 1.253 prisioneros civiles en La Guaira, Caracas y Valencia (aunque según Ricaurte fueron 2.400); a los náufragos de un barco en Margarita; a todos los prisioneros de Boyacá; a la población indígena de Pasto; a asesinar a varias docenas de curas en Angostura; a todos los españoles civiles a su paso por pueblos y ciudades, en lo que se llamó su «campaña admirable». Su figura y la de sus secuaces encarnaba el terror, causaba un trauma colectivo que se traducía en respeto, luego en admiración, y finalmente en culto. Doscientos años después, el que vivamos entre una mezcla de ignorancia y de buena voluntad natural hacia nuestros ancestros nos convierte en defensores compulsivos de esa horrenda tragedia. Pero podemos descubrir la verdad siguiéndole la pista a la cadena de intereses que remonta el tiempo indefectiblemente de élite en élite; y leyendo también la extensa literatura existente (desconocida en Venezuela, como es de comprenderse) sobre la leyenda negra.

    Negamos a España, no sabemos nada de ella, la confundimos con el país actual en la península ibérica, que es víctima de la misma leyenda; incluso solemos lamentarnos de no haber sido colonizados por otros imperios en vez del español, sin advertir que jamás fuimos colonizados, pues no existíamos aún como nación. Sin advertir tampoco que durante la conquista, que fue una conquista por las armas, como todas las conquistas, los nativos muchas veces pactaron una nueva civilización con los conquistadores, y en tal sentido ésta también fue su conquista, una en la que juntos acordaban protegerse sus derechos, incluidos los rangos de nobleza indígena, mientras unidos a los españoles se enfrentaban a las etnias caníbales, que en nuestra ignorancia y progresismo indigenista asumimos como pura fantasía; el mismo indigenismo que habla de una población precolombina de 60 millones (90 millones, según el antropólogo Hugo Chávez), cuando lo cierto es que hoy la población indígena es superior a la de entonces y desmiente todo genocidio. Ya en su tiempo Bolívar (por quien sí hubo, manu-propia, un hispanicidio), se ridiculizó aludiendo al exterminio de unas gentes exóticas que los habitantes de las ciudades veían a menudo aparecer en ellas con sus plumas y pieles pintadas, hablando lenguas no europeas. Según él no existían, insistiendo en su exterminación anterior por los conquistadores. Pero era lo repetido en Europa, y lo que el tonto útil del Viejo Mundo rival antihispánico reproducía en América al caletre. Lo sabemos por buena fuente, porque afortunadamente había otros hombres de talento en nuestra refinada y amada provincia del reino, fieles a la nación y a quienes la providencia dio la ocasión de relatar el otro lado de las cosas. Durante todo el siglo XIX y todo el XX el libro Recuerdos Sobre la Rebelión de Caracas, escrito y publicado en Madrid en 1829, cuando Bolívar aún vivía, fue marginado por la Academia Nacional de la Historia de Venezuela, por tratarse del relato de un mulato venezolano realista, sin pelos en la lengua, y quizás con más talento literario que el propio Bello. Podríamos preguntarnos si Bolívar alcanzó a leerlo, y si no serían las verdades allí expuestas, en una prosa bien superior a la suya, uno de los motivos de peso moral que lo llevara a la tumba.


X. P.


PD: Descargar esta joya aquí en su edición original:


https://drive.google.com/file/d/1NISjqvYtpo5nHLYbkY03PGUVwT4bgvKK/view?usp=drivesdk

sábado, 7 de marzo de 2020

LA INMUNDA RAZÓN DE LA DESTRUCCIÓN DE VENEZUELA


LA INMUNDA RAZÓN DE LA DESTRUCCIÓN DE VENEZUELA

Por Xavier Padilla

ERRÓNEAMENTE se piensa que la desgracia de Venezuela consiste en una de estas dos cosas:
    1) el fracaso de un modelo (socialismo);
    2) la mala aplicación de dicho modelo (tesis defendida por los adeptos del socialismo).
    Pues bien, a priori podríamos pensar, creyéndonos muy listos, que en nuestro caso se trata de las dos cosas a la vez: la desastrosa y por tanto también inútil aplicación de un modelo en sí mismo inviable.
    Pero no, este aglomerado no nos hace tan listos como pudiera parecer. Hete aquí, justamente, que nos hace rotundamente ingenuos, pues es ante semejante conjunción esperpéntica (modelo inviable + aplicación desastrosa) que deberíamos inferir, sin temor a equivocarnos, la existencia de otra realidad que no advertimos y nos pasa de largo. Una razón de fondo, disimulada tras estas fatalidades que percibimos en primer plano, la cual nos indica que lo ocurrido en Venezuela no tiene realmente nada que ver con la ruindad de un modelo ni con su torpe aplicación, sino necesariamente con OTRA COSA.
    Cuando se tiene un modelo, sea el que fuere, sus adeptos indefectiblemente tratan —al menos TRATAN— de aplicarlo. En Venezuela no, la aplicación del modelo se convierte en la antítesis misma de cualquier aplicación, reúne todos los elementos necesarios para garantizar que el modelo NO funcione. Lo que ha habido en nuestro país es un simulacro de aplicación, una parodia de instauración, no simplemente una mala puesta en marcha del socialismo. Y, como sabemos, todo simulacro, toda parodia es un montaje. Lo cual nos lleva a concluir algo terrible: Venezuela ha venido siendo el teatro de un guión tan macabro como astuto, en el que se ha utilizado una caricatura del socialismo y de su instalación (la misma que estamos listos a rechazar por convicción) como una cortina de humo para realmente instalar el socialismo.
   ¿Cómo es esto? Muy simple, el socialismo se ha servido de la imagen típica del socialismo, con toda su parafernalia de ridículas consignas morales y antiimperialistas desprestigiadas desde finales del siglo XX, para empobrecer brutalmente a una nación y con ello dejarla, por decirlo así, en cuatro bloques, esto es, en las condiciones ideales para ser rescatada por una coalición de potencias mundiales antiamericanas, o no alineadas, rivales de EEUU y básicamente lideradas por Rusia y China. El empobrecimiento se trata, pues, de un plan, y todo parece indicar que este plan, llevado a cabo por el chavismo en plena coordinación con dichas potencias, fue concebido por la izquierda internacional después de la caída del bloque soviético como lo único que podía garantizar que las mayores reservas de petróleo (léase energía) del mundo quedasen en el siglo XXI —al igual que muchas otras riquezas venezolanas— al servicio de la GRAN CAUSA INTERNACIONAL DEL COMUNISMO.
    Nada mejor que ocultar una cosa con la cosa misma.
    Mientras tanto, la ingenuidad común de la opinión pública se entretiene en relegar el problema de Venezuela al reino de la imperfección, de la mediocridad, de las fallas, y no al de la planificación; a asimilarlo al fracaso de una ideología errónea, fácil de asociar a la doble moral de delincuentes, criminales, corruptos, mafiosos, asesinos que detentan el poder por las armas, conectados con la inteligencia cubana, el narcotráfico y el terrorismo. Todo lo cual, aun siendo verdad, es sólo parte del guión. Un guión en el cual todas estas mañas no sólo son permitidas sino necesarias para desviar la atención hacia ellas mismas en calidad de causas superficiales, dejándonos eficientemente alejados de las causas reales y fundamentales. La barbaridad que salta a la vista es una pantomima deliberadamente exagerada de las «fallas», para convencernos de que la ineficiencia y la corrupción son causas circunstanciales y principales en el empobrecimiento del país. Es necesaria una enormidad que nos disuada de buscar las causas en otro lado. Por ello todo adquiere un carácter magnificado, desproporcionado; la indolencia en el abandono de la infraestructura productiva es homérica, sobre actuada, presenta una dimensión irreal; la impudicia del soberbio totalitarismo (representado en neroncitos como Diosdado) se mete a complementar por asociación en nuestra ingenua mente el hábitat de la supuesta ineficiencia de estos déspotas. Todo es parte de una fachada hacia la cual se necesita atraer a la opinión pública, que permanece entonces entretenida en lo prosaico de un relato fácil, conocido, como la ya proverbial incapacidad del socialismo, o en el simple anecdotario detectivesco tras las pistas del crimen organizado. El objetivo es mantener la atención del mundo ceñida a temas genéricos que no sugieran para nada la existencia de un plan, sino más bien la existencia de aquello que representa todo lo contrario de algo inteligente: un error.
    La mayoría opositora pisa en masa el peine. Todos sin excepción degustan la versión «ineficiencia + modelo inviable» que el régimen quiere que degusten. La pirueta es exitosa.
    De allí que para los autores del plan sea necesario llevarlo todo a lo vulgar, homologarlo a la categoría del saqueo de malandros; al atraco trivial, que le puede ocurrir a cualquiera, en pleno día, a los ojos del mundo. Incluso a un país. A la escala de un país la acción no cambia de categoría, sólo de dimensión, sigue siendo corriente, de igual naturaleza casual; constituye otra escena cotidiana y pintoresca del mal haciendo de las suyas incontroladamente. Todo lo cual es, para explicar a Venezuela, evidentemente INSUFICIENTE!
    Imposible que sólo se trate del hampa común instalada en las altas esferas, haciendo de las suyas por pura maldad cavernaria. Por mucho que se trate de bestias depravadas ocupando la cúpula del poder, ellas solas no llegan a explicarlo todo. Porque la pura bestialidad no llega a explicarlo todo. Lo de Venezuela es demasiado inaudito, demasiado perfecto.
    No existe tal cosa como la lotería de la mala racha, ni algo como el país pendejo de turno. Lo que está viviendo el que hasta no hace mucho era por todos conocido como «el país más rico de Latinoamérica» no es fruto del azar, ni el producto de una historia nacional llena de errores, que no es más imperfecta que la de cualquier otro país. Lo que ocurre en Venezuela no tiene nada que ver con la suerte. Es una operación perfectamente deliberada, que no se reduce a la simple naturaleza hamponil de unos sátrapas incapaces. Corresponde, en cambio, a un diseño, bien concreto y comprensible. Hagamos un breve recuento.
    Si recordamos bien, el régimen no profesaba al comienzo una tendencia ideológica muy definida, fue forjándose gradualmente una identidad socialista. Esto fue ocurriendo en la medida en que iba siendo captado por ella, desde el exterior. Luego el régimen llegó a consagrarse como el portavoz mundial del Socialismo y el símbolo renovador de la izquierda internacional. Chávez, chequera en mano, vio que esa imagen le funcionaba de maravilla y se dedicó a explotar ese perfil, literalmente a realazos. Pero al lanzarse por ese sendero, haciendo alianzas económicas por todo el mundo bajo el signo ideológico del Socialismo, no sabía muy bien lo que estaba creando en realidad. Ignoraba que estaba entregándose a algo mucho más grande que él, y que estaba poniéndole un precio al futuro de su poder.
    Habiéndose comprometido con la izquierda internacional, tenía que asumir obligaciones. A escala internacional, nada es de gratis, ni siquiera la explotación de una bandera ideológica resentida, recientemente derrotada y llena de frustradas ambiciones. Mucho menos para un aspirante a gloria novato, rico y botarata. El asunto se tornó en algo serio para su aspiración y culminó siendo una decisión de vida, porque la ideología comunista tiene principios muy específicos que la comprometen a una ética y a una serie de acciones y misiones, muy específicas también, que deben ser adoptadas de manera estricta y obligatoria por quien quiera que haga suya la doctrina; más aun por quien pretenda representarla. Esto es universalmente así, especialmente en materia de explotación de la marca. Cuestión de copyright…
    En suma: ¡existen compromisos! No es un juego de carritos: si entras en la Logia —dicen los estatutos doctrinarios—, tienes que asumir sus reglas. Es una ortodoxia, una tradición engreída, muy orgullosa de sí misma, ultra narcisista; y no importa en el extranjero si eres chistoso y haces reír a la gente; si cantas y declamas; si vienes del trópico y hablas con los árboles…
    Chávez y su régimen entraron a formar parte de algo superior a su gobierno; algo en ningún modo limitado al territorio nacional, ni a ningún territorio nacional. El Manifiesto del Partido Comunista nos recuerda que el objetivo fundamental del Socialismo es la DESTRUCCIÓN DEL CAPITALISMO. El Socialismo es el instrumento, la etapa intermedia para llegar al Comunismo, y para llegar a él hay que destruir al capitalismo. Y nos recuerda también que el Comunismo es una doctrina INTERNACIONALISTA que reúne a todos sus adeptos en una gran nación virtual, por encima de sus naciones particulares. Chávez y su liderazgo contrajeron un doble compromiso: el de la destrucción del capitalismo y el de supeditar su nación particular, Venezuela, a la supra nación internacional del Socialismo. ¿En qué se traducía esto en concreto? En que Chávez asumía también la misión de operar el traspaso de todas las riquezas del país a la Gran Causa, liderizada por supuesto por las grandes potencias históricas del Socialismo. Las cuales ostentan derechos jerárquicos por antigüedad y poder económico-militar. Simple cuestión de dinástica revolucionaria para los acérrimos críticos de las dinastías.
    También el régimen de Cuba, vale señalar, tiene sus letras de nobleza en la dinastía revolucionaria, no sólo siendo el lambucio intermedio de siempre, sino también la interface estratégica —para nada inútil—legada por Fidel. Pero Rusia y China, los llamados grandes aliados de la Revolución Bolivariana, son los verdaderos líderes y herederos milenarios —así se auto perciben— del proyecto comunista.
    Chávez, ahora supremo líder pero en la galaxia, virtualmente firmó ese pacto desde que se entregó voluntariamente a las filas de la izquierda internacional y se convirtió en el ícono milenarista del socialismo. El compromiso era ineludible. Y el precio más que claro. Precisamente a eso aluden sus herederos cuando hablan del “Legado”: LA DEUDA en cristiano.
    No hay que dejarse confundir por la orgía de corrupción y destrucción desatada por el régimen tras la muerte de Chávez. Es parte esencial del Gran Plan socialista (de CUOTAS…).
    La corrupción, el desvalijamiento del país, la destrucción de la institucionalidad, la creación de un Estado de facto a través de la Constituyente, la hegemonía de todos los poderes, el control de las gobernaciones, de las alcaldías, la destrucción de la economía, la hiperinflación inducida: todo es esencial en la GRAN MISIÓN de transferir las riquezas del país a la GRAN CAUSA. Dicho conjunto de carencias y aberraciones crea las condiciones necesarias para ello. Porque para poder poner esas riquezas al servicio de ese objetivo máximo que es la DESTRUCCIÓN DEL CAPITALISMO, primero hay que destruir al país, llevarlo a un ESTADO DE MISERIA tal que deba recurrir inexorablemente a la asistencia extranjera (pre-seleccionada) y quede así endeudado IRREVERSIBLEMENTE hacia sus acreedores predeterminados; pero tanto que no pueda pagarles lo recibido y pasen a ejercer su derecho legal de embargar nuestras riquezas y explotarlas legítimamente (en favor de la Gran Causa).
    Teóricamente, es un triunfo porque haberle traspasado las riquezas venezolanas a la GRAN PATRIA del socialismo internacional es, según la retórica antiimperialista, habérselas arrebatado de las manos al IMPERIO.
    Esto es lo que está pasando realmente detrás de las fachadas funcionales de la ineficiencia y la corrupción, ambos instrumentos de la película y no la película misma. Pero no lo entendemos, nos vamos quedando en la narrativa equivocada, torpe y tercamente enfocados en lo superficial: que se trata de una narcotiranía (que sin duda lo es, pero …); de una mafia corrupta (que lo es…); de un modelo fracasado (que evidentemente lo es…); pero en eso nos quedamos, sin tocar el meollo, deambulando en lo periférico, en lo anecdótico; sin explicar cabalmente el problema, sólo presintiendo —parcamente— que alguien estaría tirando de los hilos, pero sin que siquiera intuyamos la profundidad REAL de la escena.
    Allí donde los vemos, Rusia y China comprometen, por el legado de Chávez, al régimen a delinquir contra su propia nación en favor de LA CRAN CAUSA, lo cual éste hace por supuesto de pleno acuerdo con dichas potencias enemigas de Occidente, las cuales se convierten en sus únicos futuros destinos de escape. Por eso, una vez comenzado el enmiseramiento deliberado de Venezuela, que para el régimen es tanto misión como sobrevivencia, ya éste no puede volverse atrás, debe continuar destruyendo a su país. Porque al igual que en la mafia, una vez adentro ya no hay salida.
    A los venezolanos nos parece extraño haber llegado a tanta miseria, siendo a nuestro país al cual toda Latinoamérica emigraba hasta hace poco. ¿Cómo es posible semejante prodigio? Es allí que uno debe decirse: "Un momento, esto no ha ocurrido en ninguna parte del planeta, esto no tiene precedentes, esto no es conocido, ESTO NO EXISTE!"
    ¡Es demasiado extraño y demasiado extremo! Pero es precisamente por esta vía de no creer en lo imposible que debemos meternos sin vacilación para encontrarnos con lo posible, por muy inaudito que sea. Lo inaudito sólo tiene razones inauditas y no por inauditas dejan de ser ciertas. Como tampoco dejan de ser inauditos los hechos, la destrucción inaudita de Venezuela.
    La explicación más plausible es que nos encontramos ante un plan en curso, en pleno ejecútese ante nuestras narices. Nada de esto puede corresponder a una simple casualidad. En política semejantes catástrofes no ocurren por azar, ocurren calculadamente, como todo en política. Quienes piensen que exagero, que invento una teoría conspiracionista para explicar lo inexplicable, pregúntense entonces por qué lo que ocurre en nuestro país no podría tener una explicación fuera del ámbito de la suerte. Explicarlo todo con la casualidad, con la buena o la mala suerte, es siempre muy cómodo.
    Venezuela ha estado comiendo de la basura y eso no ocurre por sí solo, sin intereses. Un país rico no sucumbe por sí mismo, sin un plan inteligente. Donde hay riquezas y recursos nunca hay inercia, hay vectores, intención; y para romper esas tendencias (que son propias por defecto a cualquier sitio donde haya valores y riquezas) se necesita primero de una agenda que vuelva pedazos al lugar. Justo como en Venezuela.
    La riqueza, al igual que la energía, nunca se pierde, sólo se transforma, se transfiere, cambia de manos… Con el discurso del antiimperialismo, un país rico como Venezuela estaba condenado a perderlo todo. La doctrina no perdona, compromete a sus soldados a probar su fidelidad, y la prueba consiste en que den todo lo que tiene su país a LA GRAN CAUSA; los militantes están dispuestos a poner a su país a comer de la basura. Porque la izquierda, que se felicita de ser materialista, no tiene país, tiene entelequias, dogmas y sueños húmedos con fantasmas. Es internacionalista.
    Venezuela, con su codiciado petróleo, no podía cometer error más grande que caer en manos del socialismo. A un país así le toca automáticamente la gran misión: hacerse la heroína comiendo de la basura para poder operar el GRAN TRASPASO.
    ¿Se han dado cuenta de que no faltan riquezas en Venezuela, solamente dinero? Las cosas cuando no tienen pies ni cabeza, tienen pies y cabeza… Si esta tragedia continúa, veremos que las más grandes reservas de petróleo del mundo, una vez transferidas legalmente a sus acreedores, dejarán al pueblo al que le pertenecen moribundo y zombie en un principio, pero dando las gracias luego, al ver funcionar de nuevo —gracias al «traspaso»— los servicios básicos y ver mejorarse ligeramente la economía. ¡Qué tristeza! Un pueblo que llorará de alegría al ver los anaqueles otra vez medianamente llenos, las colas reducirse de algunos metros, la inflación bajar de 6 a 5 cifras porcentuales… No parará de aplaudir, porque fue entrenado para ello al haber sido objeto de un condicionamiento brutal durante el proceso de empobrecimiento material y de conculcación de todas sus libertades, en el marco de un experimento social del cual nadie sale ileso.
    A menos que haya una intervención militar extranjera cuanto antes, ese es el pronóstico más probable, el de una esclavitud infinita. Y sí, es materialmente imposible que la solución venga desde dentro, la masa crítica del problema superó esa posibilidad hace una década.
    De ahora en adelante lo que queda es llamar a las cosas por su nombre, explicarle al mundo por todos los medios posibles que Venezuela es apenas un paso intermedio en una revancha a muerte del Socialismo contra el mundo liberal. No somos nosotros nada más, hay que hacer entender que esto es una cadena, que sólo somos la víctima momentánea a través de la cual los enemigos del mundo civilizado ya han comenzado a adquirir un empoderamiento fatal para el hemisferio. Nuestro problema no es exclusivamente nuestro, es de todos en el planeta. Se justifica, pues, de urgencia una intervención militar extranjera; a menos, claro, que hayamos decidido cooperar, por omisión, en la planificación de nuestro propio exterminio.

X. P.

sábado, 1 de febrero de 2020

¿REPÚBLICA O REBATIÑA?


¿REPÚBLICA O REBATIÑA?

Por Xavier Padilla 

Me preguntan mucho si Páez, a diferencia de Bolívar, era entonces bueno… Pero por supuesto que lo era, como jinete y lancero.
    ¡Por favor! Lo que hay que entender es que todos los que participaron de la idea de «independencia» fueron unos oportunistas que querían principalmente quedarse con aquellas tierras y repartírselas. De Miranda para abajo.
    Claro que engrupían con su retórica, usaban un lenguaje ilustrado que muchos aún no reparan en lo extremadamente demagógico y fanático que era, tomado directamente de la revolución francesa, arrobado en el delirio ideológico ultra fetichista de un racionalismo al servicio de la guillotina, el igualitarismo y unos derechos del hombre que despenalizaban el robo y convertían la revolución laica en religión de Estado. Y el Estado en rebatiña.
    En lo que respecta a Hispanoamérica, el problema hoy no es para nosotros discernir entre la crueldad de uno de estos «próceres» y la bondad de otro, sino comprender que todos estaban básicamente en lo mismo. España no representaba ningún yugo ni despotismo. El despotismo lo tenían estos caudillos (piratas de tierra) contra sus esclavos y subordinados, el cual pusieron sin vacilación a la primera de cambios al servicio de sus intereses. En vez de defender a España de Napoleón, conspiraron contra ella en su peor momento. Algo sumamente bajo como «gesta».
    Ya es hora de que redescubramos la verdadera historia, la escrita por ellos la conocemos demasiado y no cuadra. Primero hubo un enorme complot internacional en forma de propaganda contra España, que por supuesto continuó después de la «independencia» como política educativa. Pero todo comenzó desde Gran Bretaña, Holanda, Francia, Alemania y el protestantismo. Una conflagración, en suma, geopolítica y variopinta, tan universal como la masonería en el auspicio de estos cipayos locales que hablaban de belleza y piedad en sus cartas, mientras perpetraban genocidios fraticidas y parricidas; los vencedores que se auto glorificaron más rápido que inmediatamente con títulos militares inventados como «Generalísimo» y «Libertador». Pero lo que no se debe perder de vista es que todo el movimiento independentista es una farsa, no éste o aquél personaje.
    Hay que entender que esta república nació por violación, y que somos por tanto un país bastardo (e inventado) al cual le borraron la memoria y le fabricaron otra. Por eso no sabemos quienes somos. Ignoramos haber sido una provincia española y lo importante que ello era en el mundo. Cada provincia era España, la nación múltiple, diversa, novedosa y más próspera del planeta. Había más novedad por definición en el Nuevo Mundo que en el viejo, y la parte peninsular del reino estaba también más interesada en el desarrollo de esta novedad que en el revanchismo europeo, sobre todo el decimonónico de los auto iluminados. Eso no le interesaba a la Corona, llevaba tres siglos construyéndose otro universo aparte.
    Nuestro continente quedó arrasado y desmembrado tras las guerras; Venezuela perdió un tercio de su población y los «patriotas» saquearon hasta las iglesias. Bolívar mismo asesinó a un montón de curas en Angostura; y sus tropas quemaron iglesias con gente dentro. Es apenas un detalle anecdótico entre muchos, muchos más. Había importado para ello no sólo a casi la totalidad de sus tropas, sino al terror de Marat, al genocidio de la Vendée. El salvajismo de Boves no es gratuito.
    En fin, en Hispanoamérica había triunfado la leyenda negra anti española, y a la «independencia» lógicamente sólo pudieron seguirle cien años de guerras intestinas por el poder. Y otros cien de corrupción.
    Henos aquí, pues, estando como estamos...
    ¿Qué más queríamos?

X. P.

jueves, 30 de enero de 2020

IMPONER LA «INDEPENDENCIA» EN UNA PROVINCIA SOBERANA SÓLO APORTABA UNA LIBERTAD ESCLAVA


IMPONER LA «INDEPENDENCIA» EN UNA PROVINCIA SOBERANA SÓLO PODÍA APORTAR UNA LIBERTAD ESCLAVA

Por Xavier Padilla 

Bolívar impuso su mando por el chantaje, su liderazgo por el terror, su propia «figura» por el pánico que infundió. Era el objetivo de sus frecuentes y alegres fusilamientos, individuales y masivos. Logró un síndrome de Estocolmo colectivo, de esos que acaban con la memoria y te implantan una nueva identidad, a la cual darle las gracias.
    Eso que hoy conocemos como Venezuela, una república fallida en vez de una provincia española, es por supuesto el resultado del triunfo de la independencia. Porque hay que decirlo: la independencia no era entonces, ni lo es siempre, un bien en sí mismo. A veces es todo lo contrario.
    El país conocido hoy como «República de Venezuela» no es realmente un triunfo, porque la independencia de la cual proviene no era, por su contexto, un bien.
    En 1810 la solución a los problemas de nuestra nación, que era España, no era escindirnos y balcanizarnos en múltiples países, sino unirnos y resistir a la invasión napoleónica y a las taras circunstanciales de nuestra corte borbónica, para continuar siendo la potencia global que veníamos siendo, y mantener el nivel superior de vida que resultaba de dicha condición. La independencia sólo constituía un bien relativo a la ambición exclusiva de una minoría privilegiada, esclavajista, contrabandista y codiciosa, a la que no le bastó la reciente prosperidad que venía de experimentar a finales del siglo XVIII, que triplicó tanto su población como su economía.
    Si coincidimos con Ortega y Gasset en que «la solución de un problema falso es un error absoluto», el triunfo de dicha independencia fue un error total. Y, como a todo error sólo le sobreviven sus nefastas consecuencias, a tal independencia le sucedieron inevitablemente las décadas más atroces jamás vividas por ninguna de las regiones americanas de la era provincial (mal llamada colonial).
    Se dice, erróneamente también, que al menos al cabo de un siglo la joven república finalmente logró su estabilidad republicana con Juan Vicente Gómez, cuyo capatazgo del país fue suerte de puesta de «orden en la pea» (borrachera), la cual un siglo antes difícilmente hubiera sido considerada —incluso por cualquier desaforado independentista— como una opción: osar la independencia al costo de 100 años de guerras y atraso. Pero ello fue exactamente lo que se emprendió y lo único que inexorablemente podía ocurrir tras la independencia: la muy tardía semi pacificación del caudillismo por un —también— caudillo como Gómez, que al cabo de su longevo reinado diese paso, con su muerte natural un tercio de siglo más tarde, a unas escasas pre-condiciones favorables para la eventual configuración de un Estado republicano. En total, ciento treinta años para apenas comenzar…
    Si esto no muestra que detrás del proyecto independentista sólo había un vulgar oportunismo secesionista y una hipocresía libertaria secular, entonces sentémonos a esperar que nuestra historia republicana consiga mejores excusas que las ofrecidas hasta ahora desde el poder y la oficialidad para convencernos del triunfo, gesta y heroísmo de nuestros supuestos «próceres».
    Lo cierto es que España era, contrariamente a lo que la ignorancia enseñada en nuestras escuelas logró injertarnos en el tallo de nuestro cerebelo, un imperio sui generis, anticolonial, el más grande y próspero durante tres siglos; el mismo cuya magna obra no obstante despertó dentro de sí, aunque sólo fuese en una minoría, la codicia y la traición.
    Pero también la codicia fuera de sí, la inconfundible de sus rivales. La monarquía española sucumbió a una red de traiciones locales auspiciada por potencias concurrentes, a las cuales bastaba con dicha infiltración grupuscular de sus élites criollas para que los estragos terminaran alcanzando a todas las regiones, incluida la peninsular metropolitana.
    Nada tan nocivo como la traición, por eso el séptimo círculo del infierno Dante se lo reservó a ella. Se nos vendió, para inaugurar la rapiña, las ideas de independencia y libertad como bienes absolutos, y con ellas, después de la quasi total destrucción del Nuevo Mundo por aquella revolución malandro-ilustrada, se nos recompuso el imaginario de un triunfo, una conquista, una epopeya, aun en la miseria y devastación más absolutas. Triste ver que hoy volvamos, frente a la desgracia chavista, a cantar el mismo himno al «bravo pueblo» con que se adornó nuestra primera desgracia.
    Llevamos doscientos años siendo los mismos chavistas pobres enseñados a venerar su pobreza. La ilustración de Bolívar, su cultura iluminista, la fineza de su labia, su determinación y perseverancia no lo redimen ni separan de la desgracia ocasionada, antes bien agravan su responsabilidad. Tanto Bolívar como Chávez encarnan el mismo numen que reescribe nuestra realidad y nos hace persistir en una historia equivocada, probadamente errónea. La independencia no fue un bien ni Bolívar nos liberó de ninguna «escoria», como sus hijos (todos los venezolanos) acostumbramos a pensar desde nuestro inconsciente postizo acerca de España.
    La independencia sólo logró nuestro patético extravío histórico y adiestrarnos en el curioso ejercicio de repudiar nuestros orígenes, como unos acomplejados de por vida que, oh casualidad, idealizan —y lamentan— no haber sido colonizados por otros imperios, aun jamás habiendo sido colonizados por ninguno.
    Pero si Ud es venezolano, y por tanto hispanoamericano, hoy sólo tiene dos opciones: o desecha su propia, virtual y prestada hispanofobia, y reivindica su hispanidad pidiendo cuentas históricas al falso triunfo paradigmático de Bolívar y su legado, o continúa chavistamente reverenciando la gloria fabulada de doscientos años de anti historia. No ambas cosas.

X. P.

jueves, 16 de enero de 2020

¿PARAGUAS O CASCO?


¿PARAGUAS O CASCO?

Por Xavier Padilla 


Un lector indignado por mi hilo me pregunta: «¿De dónde sacaste tanta basura y tantas falacias acerca de Simón Bolívar? Porque si tú vives en Francia, sólo vas a encontrar puras bestialidades escritas por los españoles allá».

Muy Señor No Mío, todo está documentado desde la época... Simplemente, todos hemos sido embaucados con este semi-dios de Bolívar; nuestra bastarda republiquita de 200 años, su independencia y su parafernalia de plazas y próceres es una gran farsa. Ud puede creer lo que quiera, pero no importa hoy en día dónde vivamos paraenterarnos. Busque Ud mismo, y llévese un paraguas porque le lloverán los datos. O mejor un casco, porque la paja esa que lleva en la mollera, de una cruel España (la del yugo y del sanguinario imperio), no amortiguará el peso. Usted, como el resto de la población venezolana, pero también más o menos la de cualquier latitud (incluso la española actualmente), porta la leyenda negra anti española como un chip en el hipotálamo, aquel triunfo de la propaganda con que lograron justificarlo todo, lo indecible, la barbarie contra el Nuevo Mundo; la de aquellos traidores que Ud, el ciudadano común, el peatón lamda, venera y perpetúa en la más inconsciente, inocente, desinformada y contradictoria arrogancia. Revise sus orígenes en vez de negarlos (que tiene bastante de español, por la foto, pero de español lobotomizado, como prácticamente cualquier —repito— venezolano). Descendemos de un exterminio del cual ni tenemos memoria. Cuando le hablen de Boves y Monteverde, vaya a ver cómo comenzó la monstruosidad, y por qué los ejércitos realistas y anti revolucionarios estaban compuestos casi en su totalidad por criollos de todas las clases sociales. Vaya a ver por cuáles intereses sólo una minoría mantuana «insurgió» contra nuestro Reino (que así lo llamábamos con orgullo los venezolanos, excepto un criollo afrancesado, aspirante al tropical trono). Hoy es facilísimo encontrar las verdaderas razones detrás de todo, si se aventura Ud fuera de las fuentes escolares y oficialistas del mito que ha formateado a un país durante 200 años, administrado por todas las élites subsidiarias del poder gracias al triunfo de Bolívar, gracias a la victoria de ese burdo secesionismo que llamaron independencia. Vaya a ver lo que éramos como nación española, abarcando lo comprendido entre la península ibérica, la Patagonia, el Canadá y las Filipinas: ciudadanos de la primera economía mundial y de la moneda internacional (el Real de a Ocho); y vea lo que es el continente americano desde entonces: un territorio desmembrado en países y comunidades enfrentadas, que jamás se recuperaron ni volvieron a alcanzar su nivel de vida ni de integración (descrito en detalle por Humboldt en 1800 —lo cual convierte el proyecto de la Gran Colombia en un chiste— ), entre otras cosas porque fue gracias a la caída del imperio español, precisamente propiciada por la revolución cipayo-británica de Bolívar, que Estados Unidos se pudo (ayudado por la propia España en respuesta a Gran Bretaña), expandir sobre lo que habían sido tierras españolas, y devenir el enorme país que eventualmente devino. Y luego, como lo que heredamos de dicha oportunista revolución mantuana fue la traición, el pillaje y la componenda, nunca hemos superado la «gracia» que cometimos con la bendita «independencia». De todas maneras, de aquella «tierra arrasada», con más de un tercio de la población exterminada (en una guerra que fue la más larga del continente, sangrienta de 15 años), no era probable que surgiésemos y no pudimos, de hecho, surgir, ni remotamente alcanzar lo que éramos, hundidos en el atraso como quedamos. Ni siquiera el petróleo nos salvó de la cultura de rapiña patriota que de nuestra flamante casta libertadora heredamos. Sepultados, sobre todo en el falso discurso independentista de una narrativa anti histórica, deformante, anti española que aspira a echar por tierra nuestro verdadero acervo: la colosal epopeya inter-civilizadora que fue el Nuevo Mundo. Claro, muy violenta al comienzo, porque así son todos los comienzos, y todos los comienzos son conquistas; pero también porque la región ya era muy violenta ella misma. ¿Por qué tanto alarde indigenista en el discurso secesionista, sino para ocultar un deseo de convertir lo obvio en un secreto a voces: que fue sólo con la alianza masiva de las poblaciones locales que se logró bajar dicha violencia? Muchas poblaciones, dicen los cálculos, se habrían extinguido de haber llegado los españoles algunas décadas más tarde, habrían desaparecido exterminadas por las industrias de sacrificio y canibalismo religioso de las prerrogativas imperiales incaica y azteca. Esto no es hacer leyenda rosa a la inversa. Sus víctimas eran etnias virtualmente en vía de extinción, que se unieron a los españoles en lo que terminó siendo el establecimiento y desarrollo de una nueva sociedad jamas vista, en la cual, 300 años más tarde, había más de 25 universidades y un nivel superior de vida (por ejemplo en los Virreinatos de Nueva España, Nueva Granada, Perú y Río de la Plata) al británico, alemán, holandés (en ciertos casos incluso al español peninsular). Lea en cambio cómo todo cambió con los susodichos «patriotas». No necesita leer a españoles, por cierto, lea a colombianos, argentinos, ecuatorianos, peruanos, mejicanos. Y a también ingleses y estadounidenses. En todo caso, historiadores hispanoamericanos no faltan. Solamente en Venezuela faltan —aunque los hay agazapados—, por haber sido el país más devastado por la guerra y el genocidio bolivariano, y por ser el país donde la tesis bolivarista ha dominado más, hasta volverse cultura (pues la nuestra es una historia también escrita por vencedores). Venezuela, en su actual crisis humanitaria, tiene también escasez de historiadores que puedan desprenderse del mito y hablar con libertad. Y el principal grillete es cultural. El país adoptó para seguir su camino a una figura referencial que castró con una revolución injustificada su destino; una que representa en realidad una épica históricamente errada, hoy por hoy sedimentada en un romanticismo marmóreo, que es imperativo romper. Aquí le dejo, para que luche su propia batalla de desintoxicación, una conferencia dictada por un colombiano, llena de estadísticas y fuentes históricas, que le cambiará la ingrata y errática idea que Ud tiene de España: el Reino imperial atípico, generador en vez de depredador, que fue nuestro verdadero país, como oriundos hijos legítimos que fuimos de la antiguamente digna y feliz Provincia de Venezuela; y en cambio, desde hace 200 años, como hijos bastardos, que ahora somos, ilegítimos de la triste República venezolana.

No olvide el casco: youtu.be/daxOqREcTz8

X. P.