domingo, 11 de octubre de 2026

LO QUE CRUZÓ EL ATLÁNTICO CON COLÓN

 


Por Xavier Padilla 

Colón ocupa demasiado espacio en nuestra representación de 1492. La escena es irresistible: un hombre frente al océano, una intuición contra el mundo, tres naves que se internan en lo desconocido y, al otro lado, un continente. Pero la potencia narrativa de una imagen puede ocultar la estructura histórica que la hizo posible. Colón fue decisivo como navegante y promotor de la empresa; no basta para explicarla. Detrás de sus cálculos, errores, mapas y convicciones había una Monarquía que había alcanzado la capacidad política, militar, científica, náutica y religiosa necesaria para desbordar la Península. Colón explica quién cruzó el Atlántico. No explica qué cruzó con él.

    El año 1492 suele partirse en dos episodios que la cronología reúne y nuestro relato histórico vuelve a separar. En enero cae Granada y termina la Reconquista; en octubre Colón llega a América y comienza otra historia. Pero basta ampliar la perspectiva para advertir que aquella división, tan cómoda para ordenar los acontecimientos, separa procesos que pertenecían a una misma transformación histórica. La toma de Granada culminaba un movimiento secular de expansión de los reinos cristianos frente al islam, mientras Castilla llevaba ya décadas proyectándose sobre Canarias y el Atlántico y el Mediterráneo occidental ofrecía otra prolongación hacia las costas africanas. Granada no inauguró aquellas empresas ni clausuró el movimiento que las había precedido. Su caída consumó la recuperación de la Península y dejó ante una Monarquía fortalecida horizontes que ninguna frontera terrestre podía contener.

    Colón no salió a «descubrir América»: América ni siquiera existía todavía como objeto histórico para los europeos y él mismo creyó haber alcanzado las Indias. Su error geográfico produjo una consecuencia histórica gigantesca. Pero un navegante podía equivocarse sobre la distancia que separaba Europa de Asia, interpretar equivocadamente las tierras encontradas y morir convencido de haber alcanzado las proximidades del continente asiático; para transformar aquel viaje en una empresa de poblamiento, incorporación territorial y formación de sociedades permanentes hacía falta algo que ninguna audacia individual podía proporcionar: una sociedad política dotada de recursos materiales, conocimientos acumulados, instituciones y una concepción del mundo capaz de proyectarse más allá de sus fronteras. La hazaña fue atravesar el océano. El acontecimiento histórico fue que detrás de aquel hombre existiera una civilización capaz de atravesarlo con él.

    Aquella Monarquía se formaba en un mundo donde las fronteras estaban lejos de ser definitivas. Durante siglos, los reinos cristianos peninsulares se habían constituido frente a otra potencia cuya pretensión tampoco terminaba en una frontera. El islam pertenecía a un mundo político y religioso expansivo que había ocupado territorios de tres continentes; Constantinopla había caído en 1453 y los otomanos ocuparon Otranto en 1480. Castilla participó militarmente en su recuperación. Durante la guerra de Granada, los nazaríes buscaron además auxilio en el mundo islámico mediterráneo. Para los contemporáneos de los Reyes Católicos, aquella amenaza pertenecía a la realidad estratégica de una Europa que todavía podía ser atacada, cercada y conquistada, cuya memoria conservaba la experiencia de invasiones, pérdidas territoriales y guerras religiosas, y donde ninguna generación podía dar por definitivamente aseguradas las fronteras heredadas de la anterior. Mirar aquella época desde las fronteras inmóviles de nuestros mapas nacionales equivale a atribuirle una seguridad geopolítica que sus protagonistas jamás conocieron.

    Granada y África están, de hecho, documentalmente enlazadas. Durante la guerra granadina, Berbería se perfilaba como prolongación de una empresa cuyo horizonte más ambicioso alcanzaba Jerusalén. Después de 1492, aquella dirección tomó cuerpo político y militar. Melilla fue ocupada en 1497; Mazalquivir en 1505; Orán en 1509. Las concesiones pontificias de Cruzada que habían contribuido a financiar la guerra granadina reaparecieron desde 1495 vinculadas a las empresas norteafricanas. Los instrumentos que habían servido para sostener la guerra peninsular movilizaban ahora recursos, hombres y legitimaciones al otro lado del Mediterráneo.

    Pero el Atlántico introdujo en aquel horizonte una contingencia formidable. La expansión castellana buscaba rutas, territorios y oportunidades comerciales; encontró inesperadamente un continente. América fue imprevista; la expansión no lo era. Colón había navegado hacia las Indias y terminó abriendo un espacio histórico cuyas dimensiones desbordaban la comprensión de sus propios protagonistas. Ninguno de ellos podía imaginar todavía que aquel viaje terminaría engendrando un mundo.

    La expansión española tenía, además, un fundamento que excedía sus objetivos militares, territoriales y comerciales. La Monarquía que atravesó el Atlántico se entendía dentro de una cristiandad cuya verdad aspiraba a ser universal. Nuestra época, acostumbrada a interpretar la religión como instrumento del poder, encuentra dificultades para comprender que esa universalidad podía servir simultáneamente de fundamento a la empresa imperial y de límite a la voluntad de sus gobernantes. Gustavo Bueno condensó la primera dimensión mediante una inversión formidable: frente a «por el Imperio hacia Dios», propuso «por Dios hacia el Imperio». La idea de Dios, universal por definición, proporcionaba el horizonte desde el cual podía concebirse una construcción política que rebasara pueblos, territorios y fronteras. Pero aquel Dios tampoco era una criatura de la Corona, ni su verdad dependía de las necesidades de los reyes, de las victorias de sus ejércitos o de la extensión de sus dominios. El poder podía invocarlo; no podía decretar su verdad ni modificar a voluntad el orden moral que decía reconocer.

    Aquí adquiere toda su fuerza el Eje vertical. Ningún poder humano que se reconozca subordinado a un orden superior puede considerarse al mismo tiempo fuente absoluta del bien, del derecho y de la verdad. El rey gobierna, pero no crea al hombre que gobierna. Antes de ser súbdito, este ya es criatura. La soberanía opera sobre sujetos cuya condición humana precede a su incorporación política y cuyos derechos y obligaciones, en la concepción cristiana del orden, remiten a una instancia que ninguna autoridad terrenal puede sustituir por completo, por extensa que sea su jurisdicción, formidable su fuerza o indiscutida su victoria. Sobre la Corona permanece un orden que la trasciende. Y precisamente porque permanece sobre ella puede obligarla.

    Esta arquitectura permite comprender uno de los fenómenos más extraordinarios de la expansión española: la discusión, dentro de la propia Monarquía, acerca de los títulos que legitimaban su presencia en América. Francisco de Vitoria sometió a examen las razones por las cuales podía ejercerse dominio sobre los pueblos encontrados; Domingo de Soto llevó los problemas de justicia y derecho al terreno de principios universales; las Leyes de Burgos y posteriormente las Leyes Nuevas intentaron traducir jurídicamente obligaciones derivadas de aquella concepción del hombre. Hubo intereses, resistencias y contradicciones, pero la controversia tenía una particularidad decisiva: quienes ejercían el poder debían responder, al menos en principio, ante criterios de justicia cuya validez no dependía de que la conquista hubiera triunfado, de que los territorios conquistados fueran ricos o de que la Corona estuviera dispuesta a renunciar a ellos. La fuerza conquistaba territorios; no conquistaba el principio desde el cual podía juzgarse la fuerza.

    De ese fundamento se desprende la idea de imperio generador. Si los hombres incorporados pertenecen al mismo universo humano y religioso que quienes los incorporan, el territorio adquirido no puede concebirse únicamente como espacio exterior del cual extraer riqueza. Su integración reclama instituciones capaces de organizar una vida política y social duradera. La expansión española fundó ciudades, cabildos, audiencias, hospitales, iglesias, colegios, imprentas y universidades; extendió un derecho y una lengua; organizó virreinatos y reinos; levantó sociedades destinadas a permanecer donde habían sido fundadas. La codicia de un conquistador, la violencia de una campaña o los abusos de una autoridad podían contradecir los principios invocados por la Monarquía, pero ninguna de esas realidades agota la naturaleza histórica de una empresa que, mediante sus estructuras políticas, jurídicas y religiosas, contribuyó a constituir, a miles de kilómetros de la Península, sociedades que terminarían poseyendo una vida propia.

    Tampoco la conquista americana cabe en la imagen elemental de unos españoles que sometieron a «los indios». Nunca existió políticamente un sujeto americano llamado «los indios» enfrentado como bloque a otro sujeto homogéneo llamado «los españoles». Los europeos llegaron a sociedades atravesadas por sus propias alianzas, guerras, hegemonías, enemistades y sistemas de dominación. Su inferioridad numérica era abrumadora. Algunas de las grandes conquistas sólo pudieron realizarse porque numerosos pueblos americanos vieron en aquellos recién llegados aliados contra poderes indígenas que los dominaban o contra enemigos con los que ya combatían. Tlaxcala no constituye una nota al pie de la conquista de México: obliga a comprenderla de otra manera. Cortés con unos centenares de españoles no explica la caída del poder mexica. La participación de decenas de miles de aliados indígenas empieza a explicarla.

    Españoles e indígenas combatieron contra españoles e indígenas, pactaron entre sí, se incorporaron a estructuras comunes, se mezclaron y engendraron sociedades muy pronto irreductibles a cualquiera de sus componentes iniciales. De aquel proceso surgió una América española. Virreinatos como Nueva España o el Perú no fueron factorías europeas plantadas frente a poblaciones exteriores a ellas: fueron enormes sociedades americanas integradas por pueblos diversos dentro de una arquitectura política común, con sus propias jerarquías, conflictos, intereses, tradiciones y formas de pertenencia, cuya existencia excedía con mucho la presencia de funcionarios enviados desde la Península y las relaciones económicas que mantenían con ella. Tres siglos después, cuando aquella arquitectura imperial se fragmentó, las nuevas repúblicas heredaron una realidad humana, cultural y política que ya les pertenecía. Incluso muchas de las fronteras por las cuales lucharían entre sí tenían su origen en el mundo que acababan de desmembrar.

    La diferencia entre un imperio generador y uno depredador se reconoce en la naturaleza de sus frutos históricos. Una factoría puede abandonarse cuando desaparece su rentabilidad. Una sociedad generada permanece. El Imperio español perdió sus dominios continentales americanos, pero no pudo retirar consigo aquello que había producido porque aquello ya pertenecía a los americanos. México no regresó a 1518 cuando se independizó, ni el Perú a 1531. Tampoco podían hacerlo. Tres siglos habían creado realidades humanas nuevas. El español sobrevivió a España; el catolicismo sobrevivió a la Monarquía; las ciudades sobrevivieron a los virreyes; las universidades a la Corona. Lo generado sobrevivió al generador.

    Pero aquella permanencia tenía una dimensión humana cuya trascendencia excedía las instituciones. Si todos los hombres están comprendidos en un mismo orden universal de salvación, ninguna diferencia étnica puede constituir una frontera ontológica absoluta. El otro puede poseer otra lengua, otras costumbres, otros dioses, incluso combatir contra nosotros, pero no pertenece a otra especie moral. La universalidad católica contenía así la posibilidad de una comunidad que rebasara la sangre y reconociera la humanidad del extraño, aun cuando la práctica histórica estuviera atravesada por jerarquías, violencias y abusos que tantas veces desmentían los principios proclamados. Aquellos principios conservaban, sin embargo, una fuerza que sus infractores no podían anular: la posibilidad de ser juzgados conforme a la misma verdad que invocaban para justificar su autoridad.

    Colón conserva intacta su grandeza cuando lo devolvemos a su verdadera escala. Tuvo la audacia de navegar hacia occidente, sostuvo su proyecto contra enormes dificultades y realizó uno de los viajes más trascendentales de todos los tiempos. Pero el navegante no llevaba únicamente hombres, madera, velas y provisiones. Detrás del hombre estaba la Monarquía; detrás de la Monarquía, siglos de formación histórica; dentro de ella, una concepción imperial; y sobre el Imperio, una universalidad que pretendía abarcar al hombre precisamente porque no procedía del hombre. Colón cruzó el océano. Lo extraordinario es qué fue lo que cruzó con él.


X. P.

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